En la Albufera de los noventa, el agua no se veía primero; se sentía en la nuca como un peso húmedo. El aire venía cargado con olor a lodo removido y juncos secos, atravesado por el zumbido de los insectos que parecía el propio motor del mediodía. El camino de tierra blanca soltaba un polvo fino que se nos quedaba en las pestañas, dándole al mundo un borde desenfocado, como si todo fuera a deshacerse por el calor. Era una mezcla de arrozal, madera vieja y ese aroma a salitre estancado que subía de los canales. Nosotros íbamos con las rodillas sucias y camisetas tres tallas más grandes, dejando que la tarde se nos pegara a la piel. Atravesábamos aquello sin decir nada, como si no fuera un sitio, sino un trozo de lo que éramos: el coche mal cerrado, la cinta de casete rebobinando voces distorsionadas y el aire caliente entrando a golpes por la ventanilla. Entonces la vi. No me fijé en su cara, sino en su quietud. Parecía la única cosa en todo el marjal que no estaba sudando. Miraba el agua con una concentración rara. No hacía ningún esfuerzo; solo estaba ahí, sosteniendo un estado que […]
Fran Medianoche
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