Queridas hijas,
Hoy, mientras la tarde cae lenta y la casa guarda ese silencio cómodo de las cosas bien vividas, me viene a la mente un hombre que bien podría ser un personaje de novela, aunque él nunca lo pretenda. Es un hombre de ahora, de carne y hueso, que camina por estos días nuestros, y que, sin buscarlo, enseña con cada gesto.
Es un hombre que nunca está quieto. Parece que lleva en sus pies la urgencia de quienes saben que el mundo es demasiado vasto para quedarse en un solo lugar. Le imagino, como tantas veces, con sus hijos en el coche, la ventanilla bajada, y en el radiocasete suena Mike Oldfield, las notas de Tubular Bells flotando en el aire, mientras recorren carreteras secundarias rumbo a la estación, para ver cómo los trenes parten con su estruendo habitual, o buscando un descampado desde donde observar cómo los aviones cortan el cielo.
Lo curioso es que, pese a moverse siempre, nunca parece agotarse. Siempre tiene algo entre manos, algo nuevo por aprender, algo por construir, sin esperar que nadie venga a enseñárselo. Es, en esencia, autodidacta: de los que encuentran respuestas en los libros, en el trabajo bien hecho, o simplemente observando.
Pero además, hay algo más importante en él. Sin discursos grandilocuentes, sin imponerlo, ha sembrado en su hija esa misma inquietud por aprender. Le ha hecho mirar el mundo con preguntas, con la curiosidad despierta. Le ha enseñado que no hay que quedarse quieto, no solo en los pasos, sino tampoco en el pensamiento. Que uno puede —y debe— buscar siempre una respuesta más.
Y aún así, a pesar de esa energía que lo impulsa, es un hombre reservado. No necesita hacer ruido para dejar huella. Sus gestos son sencillos, casi invisibles, pero quienes lo conocen saben que ahí está todo. En cada sábado rumbo a la granja de los abuelos, en cada tarde donde el olor a campo se mezcla con la risa, en cada pequeña broma suya. Con voz ronca y solemne, amenaza con un castigo imposible: un año entero sin yogur de espinacas —que nadie quiere comer, claro está—. Y luego, bajando la voz, lanza la frase que sus hijos esperan: «Yo soy tu padre», con esa media sonrisa de quien sabe que la risa es también una forma de amor.
A veces pienso que ser padre no es cuestión de grandes hazañas, sino de saber estar ahí: conduciendo un coche viejo mientras suena Oldfield, señalando aviones en el cielo, encendiendo en sus hijos las ganas de saber más.
Él sigue ahí, sin detenerse. Y aunque no lo diga, aunque parezca que solo observa, sus hijos lo saben: cada paso suyo es una enseñanza.
Y si uno escucha bien, en ciertos días, entre los sonidos del mundo, puede oír su voz ronca diciendo, con una media sonrisa: «Yo soy tu padre.»
Con todo mi cariño,
Vuestro padre,
Sr. March