Buen viaje de vuelta

Hay pueblos que siguen en pie, aunque ya no quede nadie para habitarlos.

Desde lejos parecen abandonados, y quizá lo están.

Vilanova de l’Ebre no se vació poco a poco, ni necesitó del paso de los siglos para venirse abajo; el fuego y la metralla lo reventaron de golpe. A pesar de todo, sigue en pie, aunque ya no quede nadie para habitarlo. Desde lejos parece abandonado, y lo está, pero con una ruina distinta: una donde los tejados hundidos y las puertas cedidas no son obra del tiempo, sino de los bombardeos. Ahora, décadas después, es cuando entran las zarzas, la lluvia y los animales. Las ventanas, que un día volaron por los aires, siguen rotas, y la hiedra sube por las fachadas como si quisiera tapar las cicatrices de lo que allí pasó.

Pero siempre permanece algo.

Un número oxidado junto a una entrada. Los muelles desnudos de un colchón. Una cazuela rota. Una silla vencida contra una pared. Objetos pequeños, humildes, que bastan para recordarnos que allí hubo manos, voces, rutinas. Que alguien cerró una puerta por última vez sin saber que era la última.

Cuando se entra en uno de esos pueblos, el cuerpo lo nota antes que la cabeza. Hay una presión rara en el estómago. No es miedo todavía, pero se le parece. Una sensación de estar mirando algo que no nos pertenece del todo. Como si las vidas que pasaron por allí no se hubieran ido, sino que siguieran rozando las piedras.

El pueblo del que hablo está en una loma sobre el Ebro. Ese río que ha dado de beber, trabajo y memoria a tanta gente. Durante la guerra quedó reducido casi a nada. De día aún se podía mirar sin que impresionara demasiado: una iglesia sin techo, casas abiertas por la mitad, una plaza cubierta de hierba seca, paredes de piedra con hierros viejos asomando entre las grietas.

De noche, en cambio, todo era distinto.

Allí la Batalla del Ebro no parecía una fecha en un libro de Historia. No era una placa ni una excursión escolar. Era algo más cercano. Algo metido en los muros. En el frío que salía de las casas. En el sonido del viento al pasar por habitaciones donde ya no había muebles.

Edurne llegó poco antes de medianoche.

Llevaba una mochila pequeña, una grabadora digital y unos auriculares de aislamiento que le apretaban demasiado. Se los había comprado para registrar sonidos en lugares abandonados, aunque nunca explicaba del todo a sus padres por qué le atraían esos silencios. A ellos les decía que salía a caminar, que hacía rutas, que se iba de excursión. Todavía vivía con ellos, y a sus treinta años seguía dando explicaciones que sonaban a mentira incluso cuando no quería mentir.

Bajo la chaqueta negra llevaba un jersey de lana que le había regalado su abuela las últimas Navidades. Le daba calor, pero también cierta seguridad. Como si aquella prenda, hecha para las comidas familiares y las tardes tranquilas, pudiera protegerla de lo que había ido a buscar.

Entró en la iglesia de Sant Pau por un hueco donde antes debió de haber una puerta. La nave estaba abierta al cielo. No quedaban bóvedas, solo muros partidos, piedras sueltas y un altar medio derrumbado al fondo.

Edurne avanzó despacio, alumbrando con el móvil.

No era la primera vez que grababa en lugares abandonados. Había estado en masías, fábricas, sanatorios viejos y estaciones sin trenes. Casi siempre volvía con horas de viento, interferencias y algún crujido que luego, escuchado de madrugada, podía parecer cualquier cosa.

Pero aquella noche el silencio tenía algo distinto.

Se le pegaba a la ropa. A la nuca. A la lengua.

Se detuvo frente al altar y encendió la grabadora. El piloto rojo empezó a parpadear.

—¿Hay alguien aquí conmigo?

Su propia voz le sonó débil. Demasiado pequeña para aquel sitio.

Durante unos segundos no ocurrió nada. Solo la estática de la grabadora, ese ruido blanco que siempre parece doméstico, casi tranquilizador, como agua corriendo al otro lado de una pared.

Entonces oyó un arrastre.

Algo pesado desplazándose sobre piedra.

Edurne contuvo la respiración.

Después llegó otro sonido. Una respiración húmeda, trabajosa, tan cercana al micrófono que parecía estar justo delante de ella.

Se quitó un auricular de golpe.

En la iglesia no sonaba nada.

Ni pasos. Ni respiración. Ni ramas movidas por el viento.

Volvió a colocárselo.

La respiración seguía allí.

Lenta.

Paciente.

Como si la hubiera estado esperando dentro del aparato.

Edurne dio un paso atrás y chocó contra algo.

No fue una piedra. Ni una pared.

Era una masa fría, compacta, ligeramente húmeda. Algo con la firmeza absurda de un cuerpo.

Se giró tan deprisa que la linterna del móvil cortó la oscuridad de lado a lado.

No había nadie.

Solo la iglesia abierta, las piedras, el altar partido y el cielo negro sobre su cabeza.

Intentó gritar, pero no pudo. La garganta se le cerró. Sintió la boca seca, los dientes enormes, la lengua torpe.

El móvil se le resbaló de la mano y cayó entre los cascotes. La pantalla se agrietó con un chasquido limpio. Durante un instante, de forma absurda, pensó en lo caro que sería arreglarla. Después se odió por haber pensado en eso.

Entonces llegó la presión.

Primero en el pecho. Luego en las costillas.

Era como si algo invisible se cerrara sobre ella. Como una habitación entera quedándose sin aire.

El olor apareció de golpe.

Pólvora vieja. Barro removido. Tabaco. Desinfectante. Sangre seca en vendas sucias.

Edurne cayó de rodillas.

El altar empezó a iluminarse.

No había ninguna lámpara, ninguna linterna apuntando hacia allí, nada que pudiera explicar aquella luz amarillenta y temblorosa.

El ruido blanco de los auriculares cambió. Se volvió más bajo. Más hondo.

Y una voz de hombre, ronca pero tranquila, dijo:

—Duerme.

Edurne abrió los ojos con una bocanada violenta, como si hubiera salido de debajo del agua.

Ya no estaba en la iglesia.

O sí.

Estaba en el mismo lugar, pero no en el mismo tiempo.

El techo era de lona. Bajo, sucio, deformado por la luz de unos candiles de carburo. El aire pesaba. Olía a humo, sudor, fiebre y carne podrida. Quiso incorporarse, pero algo le tiró de las muñecas.

Estaba atada.

Unas cuerdas gruesas le sujetaban los brazos a los hierros oxidados de una cama de campaña. Al mover los tobillos sintió el roce áspero del cáñamo en la piel, y el dolor le arrancó un sonido que no reconoció como suyo.

A su alrededor había hombres heridos. Algunos gemían. Otros hablaban solos. Uno rezaba en voz muy baja. Otro pedía agua con una insistencia infantil que nadie atendía.

De lejos llegaba el retumbar de la artillería.

Cada golpe hacía vibrar las piedras.

Luego oyó motores. Un sonido grave, lento, creciendo sobre el valle. Aviones.

La puerta de madera se abrió con un quejido.

Entró un hombre con una bata médica manchada. Caminaba despacio, no por calma, sino por cansancio. Llevaba unas gafas redondas empañadas y una bandeja metálica entre las manos. Sobre la bandeja había pinzas, gasas oscuras y una jeringa de cristal.

El sonido del metal hizo que Edurne empezara a temblar.

El hombre se acercó a la cama.

—Bienvenida al puesto de clasificación número cuatro —dijo.

Era la misma voz que había escuchado en la grabadora. Sin estática, sin distancia. Real.

Edurne intentó hablar, pero solo le salió un gemido.

El médico dejó la bandeja a un lado. Olía a desinfectante fuerte y a tabaco frío.

—No te muevas. Las cuerdas son por tu bien. Si te agitas, la hemorragia irá a más.

Edurne negó con la cabeza. No entendía. No podía entender.

El hombre se inclinó sobre ella y le abrió la camisa a la altura del pecho.

—Tenemos dieciocho intervenciones pendientes antes del amanecer —dijo—. Y la aviación no va a darnos tregua.

Afuera, los motores seguían creciendo.

—No nos queda anestesia. Tampoco sulfamidas.

Edurne empezó a llorar en silencio.

El médico cogió unas pinzas.

—Así que tendrás que ser fuerte. Vamos a limpiar esa herida antes de que cierre mal.

Ella miró hacia abajo.

En su pecho había una mancha oscura. Redonda. Rígida. La tela estaba pegada a la piel.

—No —consiguió susurrar.

El médico no pareció oírla.

—Cuenta conmigo para mantener el pulso.

Le tomó la muñeca con una mano fría.

—Tres.

El metal tintineó.

—Dos.

Alguien sujetó los hombros de Edurne contra la cama. No vio quién era. Solo sintió unas manos firmes, huesudas, apretándola sin rabia.

—Uno.

Un golpe de viento helado le cruzó la cara.

Edurne abrió los ojos.

El cielo estrellado estaba otra vez sobre ella.

La iglesia en ruinas.

Las piedras.

El altar partido.

La linterna del móvil, encendida en el suelo.

Durante unos segundos no se movió. Solo respiró. Respiró como si acabaran de devolverla a un presente frágil, pero suyo.

Después empezó a llorar.

No fue un llanto escandaloso. Fue peor. Un llanto pequeño, avergonzado, de quien ha visto algo que no sabe contar y teme no poder olvidarlo nunca.

Entonces notó los auriculares sobre las orejas.

Seguía llevándolos puestos.

La grabadora continuaba encendida.

Y estaba reproduciendo.

Edurne oyó su propia voz, débil, deformada por la estática.

—Tres… dos… uno…

Después sonó la voz del hombre.

Clara.

Tranquila.

Demasiado cerca.

—Buen viaje de vuelta. Ahora mira tus muñecas.

Edurne bajó la vista.

No había marcas finas, como las que dejarían unas correas modernas. La piel de sus muñecas estaba abierta. Levantada. En carne viva. La sangre fresca le resbalaba hacia las palmas y se mezclaba con el polvo del suelo.

Un mareo la atravesó.

Entonces miró su ropa.

La chaqueta negra había desaparecido.

El jersey de lana también.

Llevaba una camisa masculina, vieja y demasiado grande, de hilo basto. Estaba sucia de barro seco y cerrada con botones distintos, algunos claramente arrancados de uniformes militares.

En el pecho, la tela tenía una mancha circular de sangre seca.

Edurne quiso levantarse.

El suelo bajo sus rodillas ya no era cascote.

Era tierra apisonada.

Tierra húmeda.

Tierra pisada por botas, por camillas, por gente que corría sin mirar atrás.

Desde los auriculares llegó de nuevo el siseo de la grabadora. Luego la voz del médico, ahora mezclada con el espacio que la rodeaba:

—El Ebro nunca se cruza en una sola dirección, muchacha.

Edurne se quedó inmóvil.

—Sujétale los hombros, enfermera.

La iglesia empezó a apagarse.

No se derrumbó. No cambió de golpe. Simplemente se fue borrando, como una imagen reflejada en agua sucia.

En su lugar aparecieron los faroles de queroseno, las lonas manchadas, las camas de hierro, los barreños con vendas usadas y los hombres a quienes la guerra había dejado sin nombre en la penumbra.

Una enfermera cruzó frente a ella a toda prisa. Tenía el rostro hundido, los labios partidos y las manos rojas hasta las muñecas. No miró a Edurne. No parecía verla.

Afuera, sobre el valle oscuro del Ebro, los motores de los bombarderos empezaron a crecer otra vez.

Lentos.

Pesados.

Inevitables.

Edurne comprendió entonces que no había regresado.

Cerró los ojos, esperando el impacto.

Pero el estruendo de los motores empezó a deformarse. El ruido metálico se alargó hasta convertirse en otra cosa. Poco a poco, fue pareciéndose al silbido del viento al pasar por la hierba seca del valle.

El olor a desinfectante y sangre se deshizo.

Quedó solo la tierra fría.

Y el olvido.

Cuando abrió los ojos, el hospital de campaña ya no estaba.

La iglesia volvía a estar en ruinas, bajo el cielo estrellado del presente. No había camas. No había faroles. No había médicos ni enfermeras. Solo piedras, viento y silencio.

En el suelo, la grabadora digital seguía encendida.

Registraba únicamente el aire del siglo veintiuno atravesando los muros partidos.

Pero en las piedras del altar, justo donde el pasado se había cerrado, quedaba una mancha oscura y fresca.

El tiempo tardaría años en borrarla.

DEDICATORIA

Este relato está dedicado a todas las personas que vivieron la Batalla del Ebro: a quienes la sufrieron en primera línea, a quienes la padecieron desde sus casas, a quienes tuvieron que huir, a quienes cuidaron de otras personas en medio del miedo y a quienes atendieron a los heridos en iglesias, refugios, casas y espacios improvisados como hospitales de urgencia.

Vilanova de l’Ebre, tal como aparece en estas páginas, no es un lugar real. El pueblo, los personajes y los hechos narrados pertenecen a la ficción, aunque se inspiren en la memoria histórica de una época dolorosa.

Este relato no pretende convertir el dolor, la guerra ni sus escenarios de memoria en una experiencia de entretenimiento. Hay lugares que merecen ser mirados con respeto. La memoria merece cuidado, silencio y dignidad.

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