Febrero no llegó con frío, sino con una claridad cruel.
Mis ojos se volvieron demasiado precisos: empezaron a ver los hilos tensos de las intenciones, la humedad secreta de las mentiras. En la penumbra de la casa, incluso la luz dolía, como si mirarla fuera ya una forma de herida. No supe, entonces, cómo volver a cerrar los ojos.
En las cornisas, las gárgolas gemían. Nunca fueron piedra verdadera.
Eran personas que yo había detenido en el tiempo, convencida de que la inmovilidad podía enseñar lo que el mundo no había sabido. Les hablaba de igualdad, de silencio, de reflexión. Les decía que la piedra era refugio. Y mientras tanto, les robaba el movimiento con manos limpias y conciencia tranquila.
Una noche, el aire se espesó.
El viento dejó de obedecerme. Y desde lo alto, con la boca endurecida por el granito, una de ellas logró pronunciar una sola palabra:
Injusta.
No fue rabia lo que sentí, sino un terror blando, dulzón, como la revelación de una enfermedad lenta. Comprendí que mi justicia se había vuelto hambre. Que mi cuidado era control. Que los había inmovilizado no para que aprendieran, sino para que no perturbaran mi idea de orden.
Los liberé antes del alba.
No fue un gesto noble. Fue miedo. La piedra cayó de sus cuerpos con un sonido seco, íntimo, como algo que se rompe dentro. Los vi huir hacia el jardín, sangrando vida, escapando de mí como de una fe demasiado perfecta.
La casa quedó en silencio.
Pero no vacía.
Ahora siento el gris subir por mis pies, fijarme al zócalo, apagar el pulso hasta volverlo mineral. Me he convertido en lo que vigilaba. Desde fuera, la casa tiene una sola gárgola.
Soy yo.
Con los ojos abiertos.
Viendo pasar el mundo que ya no puedo tocar.