Hay momentos en la vida que te nombran antes de que tú decidas cómo llamarte. El mío ocurrió en noviembre, subiendo hacia O Cebreiro.
Quienes han hecho el Camino saben que esa subida es una conversación a solas con tus pulmones. Aquel día, el mundo se había borrado. No había montañas, ni castaños, ni horizonte; solo una niebla espesa que parecía querer tragarse mis pasos. Caminaba en un vacío blanco, convencida de que esa soledad era mi única armadura.
Subía sola. O eso era lo que yo creía.
Entonces, un quiebro. La niebla se rompió. Justo cuando vislumbraba las primeras piedras rústicas y ese tejado cónico de paja y escarcha, la nieve empezó a caer. Y allí, recortados contra el blanco, estaban ellos. Mi familia. En ese instante, el frío dejó de doler.
No se puede explicar con lógica lo que se siente al encontrar a los tuyos en el lugar más inhóspito, justo cuando creías que solo te tenías a ti misma. En aquel abrazo bajo los copos, entendí la gran mentira de mi autosuficiencia: yo había movido mis piernas, pero ellos habían sostenido mi meta.
Llegué sola, pero no estaba sola. La nieve no fue un muro, fue el puente hacia la verdad.
Ese día, la palabra Ultreia dejó de ser un saludo de peregrinos para convertirse en mi brújula. «Sigue adelante, ve más allá». Pero no más allá en la distancia, sino más allá de tu propio miedo y de tu propia soledad.
He decidido que este sea mi nombre porque entendí que escribir es exactamente igual que caminar por aquella ladera: a veces avanzas a ciegas, entre la niebla y la duda, pero siempre lo haces con la esperanza de que, al otro lado del papel, haya alguien esperándote.
A partir de hoy, me llamo María Ultreia.
Porque ya no escribo para estar sola. Escribo para encontrarte.
Ultreia. Seguimos, juntos.
Una idea sobre “Ultreia”
Maravilloso relato, me emociona mucho como escribes, sigue que cada día lo haces mucho mejor. Enhorabuena María.