Donde no se mira

Relato de terror psicológico con dos finales
Una mujer. Un piso alto. Una imagen que no es la suya. O sí.

Advertencia

Este relato contiene elementos de terror psicológico, obsesión y distorsión de la identidad.
No hay sangre. Solo un reflejo… que no debería haber devuelto la mirada.

El octavo piso y las vidrieras rojas

Sofía siempre sospechó que los reflejos no eran simples imitaciones,
sino ventanas.
Ventanas que devolvían más de lo que tomaban.

No era miedo, exactamente.
Era prevención.
Como si el mundo del otro lado del cristal no siguiera las mismas reglas.

De niña, cubría los espejos con toallas.
De adolescente, aprendió a pasar de largo frente a vitrinas.
Ya adulta, evitaba incluso la pantalla apagada del móvil o el brillo traidor del mármol en cocinas demasiado iluminadas.

Cuando se mudó al octavo piso de un bloque antiguo del centro, creyó que por fin tendría algo de paz.

El edificio había sido elegante hace más de medio siglo. Ahora era un eco gastado:
pintura descascarada, pasillos apagados, un ascensor lento que gemía al subir.

Le gustaba.
Nadie preguntaba nada.

El piso tenía una distribución simple. Ventanas angostas.
Un espejo fijo en el baño.
Y en el portal, unas vidrieras rojas opacas, descoloridas por el sol, que deformaban la calle como si todo estuviera a punto de arder.

Sofía colgó cortinas gruesas.
Pegó papel mate en los cristales.
Cubrió el espejo con un trapo viejo.
Rayó el brillo del horno con una esponja metálica hasta dejar surcos.

Ella necesitaba no verse.
Y lo controlaba todo.

Hasta que el mundo comenzó a recordarle lo que había olvidado.


El vecino que dijo demasiado

Un domingo por la mañana, mientras bajaban en el ascensor, un vecino del séptimo le soltó sin mirarla:

—Octavo, ¿verdad? El anterior vivía ahí también.
Lo encontraron frente al espejo del baño.
Con una expresión como si hubiera… visto algo imposible.

Sofía no respondió.
Solo sonrió por costumbre.

Esa noche, reforzó la cinta adhesiva que cubría el cristal del microondas.
Y puso trapos también sobre los grifos.


Lo que no necesitó espejo

Jueves. 19:00.

El sol entraba a través de las cortinas como si sangrara.

Sofía estaba en la cocina cuando su móvil cayó de la encimera.
Pantalla apagada.
Hacia arriba.

Y ahí estaba. Su cara.

Pero no era del todo ella.

Los ojos: demasiado abiertos, demasiado fijos, vacíos.
La sonrisa: una curva leve, premeditada.
Como si ya supiera lo que iba a pasar.

Sofía parpadeó.

El reflejo, no.

Y entonces, movió los labios.

Sin sonido.
Pero ella entendió.

—Por fin me miraste.


Dos finales. Una elección inevitable.


Final A

Sofía retrocede.
Apaga el móvil.
Y esa misma noche, comienza a tapar todo lo que pueda reflejarla.

Papel opaco sobre ventanas.
Paños sobre pantallas.
Cucharas, grifos, vitrinas… todo cubierto.
Incluso las vidrieras rojas del portal, ahora bloqueadas con bolsas negras y cinta.

Durante semanas, no se ve.
No se cruza consigo misma.
No recuerda del todo quién es.

Pero hay momentos.

En el reflejo tembloroso del agua…
En la sombra al pasar frente a un marco sin cristal…

Cree ver algo. O alguien. Que parpadea justo un segundo después que ella.


Final B

Sofía no se aparta.
Mira. Fija.

Y recuerda.

El cuerpo en el baño.
El espejo en la mano.
La cara desencajada de terror.

No era otra historia.
Era su historia.

Ella nunca fue la nueva inquilina.
Nunca salió del reflejo.

Todo lo demás —las cortinas, el horno, el móvil—
fue solo una copia.
Un eco.

Y ahora, ha llegado el momento.

Sofía toca el cristal.
Y cambia.

La verdadera Sofía vuelve.
La otra… queda detrás. Borrosa. Encerrada.
Quizás confundida.
Quizás sonriendo.

Y esta nueva Sofía ya no evita los espejos.
Ni las vidrieras rojas.

Ahora, cuando pasa frente a ellas…
se detiene.
Y sonríe.

👁‍🗨 ¿Y tú?

¿Taparías los reflejos? ¿O los mirarías hasta el fondo?

Déjalo en los comentarios.
Y si pasas por una vidriera roja esta noche…
no mires demasiado tiempo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *