Lo que me traje de Capri

Lo primero que pensó fue que Capri no era para ella.
Una isla más, se dijo. Demasiado pintoresca. Demasiado ordenada.
Como si no tuviera ya suficientes imágenes bonitas archivadas en la memoria.

Y, sin embargo, desde el primer instante, algo fue distinto.

El aire tenía otra textura.
El sol no quemaba: se derramaba suave, como si supiera posarse en los hombros sin dejar marca. Las fachadas no buscaban llamar la atención, pero una no podía dejar de mirarlas. Las calles se curvaban como recuerdos, y todo parecía haber estado ahí esperándola.

Subieron por el funicular entre murmullos, y al llegar a La Piazzetta, la isla se abrió como un secreto bien guardado: mesas diminutas, camareros que parecían conocer la vida entera, flores trepando en silencio por las paredes.
Ella pidió café. Él miraba el mar.
Ella lo miró a él.
Y fue suficiente.

—No me dejes comprar nada con estampado de limón —le dijo, mientras acariciaba un imán repleto de ellos.
Él no respondió. Sabía que ciertas batallas no se pierden: se disfrutan.

Pasearon entre tiendas donde todo brillaba como si hubiera sido barnizado por el sol.
Ella hablaba poco. No porque no tuviera qué decir, sino porque sabía que había cosas que solo se piensan. Como el modo en que el tiempo parecía estirarse, hacerse más lento, más generoso.
Como si Capri les estuviera enseñando a vivir en otra frecuencia.

Comieron espaguetis con frutos del mar en una terraza con vista al olvido.
La comida sabía a alegría sin pretensión.
El vino, a conversación larga.
La risa, a hogar.

En una tienda con una fuente de chocolate, ella mojó un dedo con aire solemne. Él sonrió sin decir nada. Aquel gesto era parte del ritual, como si todo lo que importara estuviera contenido en pequeñas decisiones sin importancia.

No compró ningún vestido.
Aunque los miró todos.
Aunque uno —amarillo, con limones bordados como soles diminutos— la miró de vuelta.

Pero no hizo falta.
Se llevó otras cosas.
Las fotos.
La calma.
La certeza.

Desde entonces, sueña con volver.
A veces, en mitad de un día cualquiera, el recuerdo se cuela: el sonido de una Vespa, la sombra de una buganvilla, el sabor ácido y dulce de algo que no sabe nombrar.
Y en el sueño, siempre hay sol.
Y él está.
Y Capri la espera.

No sabe cuándo, pero volverá.

Porque hay lugares que no se visitan.
Se habitan.
Aunque sea en la memoria.

No compré el vestido, pero sí me traje algo mejor: la certeza de volver… contigo, claro.
(P.D.: El imán de limones sigue en la nevera.)

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