Bajé sin contar los escalones. No era necesario.
La grieta en el suelo se abrió como si hubiese estado ahí desde siempre, esperando el momento exacto.
El aire cambió al cruzar. Más espeso, más quieto. Sin relojes. Sin ojos que midan. Solo el murmullo de las piedras, el polvo que se adhiere a los dedos, el silencio que no exige.
El túnel era angosto. La humedad descendía por las paredes, resbalando como aliento contenido. Cada paso alejaba el mundo de arriba: las luces que observan, las palabras que corrigen, los cuerpos calculados.
Cuando llegué a la cámara, las vi.
Mujeres.
No iguales entre sí. Tampoco iguales a lo que allá arriba nos enseñan a ser.
Una caminaba descalza, arrastrando la tierra con los pies, deja huellas sin apurarse a borrar.
Otra tallaba piedra con manos seguras. No delicadas. Solo suyas.
Una reía sin taparse la boca. Otra dormía extendida, el cuerpo sin recogerse, sin esconderse.
Nadie les pedía que se contuvieran. Nadie esperaba dureza ni suavidad. No tenían que elegir entre ser frágiles o invencibles. Aquí no había papeles que sostener.
El cuerpo podía simplemente ocupar espacio.
Me dejé caer contra la pared húmeda. Sentí la tierra en mis palmas, sin necesidad de limpiarla.
Arriba, tantas reglas no escritas. Sabemos sin que nos digan.
No reír demasiado fuerte. No andar sola. No ser demasiado. No molestar.
Y aún más: Cuidar. Sostener. Servir. Dar sin pedir nada de vuelta.
La mujer que recoge. Que acomoda. Que escucha. Pero no demasiado.
Presente, pero sin peso.
Aquí abajo, no.
Aquí, puedes dejar caer el plato. Puedes no cuidar. Puedes no sostener. Puedes no ser útil para nadie más que para ti.
Las manos libres. La espalda suelta. La risa sin medida.
Y entonces, lo escuché.
Pasos al borde del túnel. Un compás distinto. No urgente. No invasivo.
Levanté la mirada. Un hombre.
Se detuvo. No habló. No ocupó espacio.
Las mujeres no ajustaron sus cuerpos. El aire no cambió.
Él se quedó allí, quieto, como quien llega sin permiso, pero tampoco pide perdón.
Y fue ahí cuando lo supe.
Sus manos, las de ellas, las mías, las suyas, no diferentes.
Aquí abajo, el suelo no pregunta. La piedra no exige. La grieta no distingue.
Respiramos. Juntas. Juntos. Al mismo ritmo.
Ya no importa quién vino antes. Ya no importa qué fuimos arriba.
Aquí, las máscaras han caído. Aquí, los cuerpos no cargan nombres. Aquí, las voces no pesan.
Y es entonces que lo siento. Sin palabra. Sin mirada.
Como algo antiguo, algo que siempre estuvo. Que nuestras almas, quietas, abiertas, se reconocen. Se tocan.
Como si bajo la tierra, sin reglas, sin papeles, lo único que quedara fuera la misma raíz, una sola red, una sola corriente, donde no hay más que ser humanos, desnudos, iguales, sin medida.
No supe nunca el nombre de ninguna. Ni el suyo. Ni importaba.
Porque aquí, por fin, las almas se funden. Sin diferencia. Sin deber. Sin más máscara que la piel.
Y en esa fusión callada, inevitable, respiro.
Aquí abajo, no somos mujeres. No somos hombres. Somos algo anterior, más hondo, más verdadero.
Somos lo que queda cuando todo lo demás cae.
Somos. Y basta.
3 ideas sobre “Bajo la piel de la ciudad – Capítulo II: Almas abiertas”
¡Qué relato más bonito! Ojalá fuera real y todos fuéramos iguales en este mundo. ¡Espero que hayan más capítulos!
Brutal, que mundo más increíble, felicidades María.
Mil gracias 😊