Lo que El maravilloso mago de Oz me devolvió sin pedirme permiso

Hamnet (3)

Abrí el libro creyendo que iba a recordar una historia; terminé recordando a alguien que ya no soy del todo. Me lo regaló una amiga especial, convencida de que, por alguna razón que yo aún no alcanzaba a ver, esta historia era para mí. Y hay algo inquietante —y muy hermoso— en que alguien te entregue un espejo antes de que tú sepas que necesitas mirarte en él.

La edición venía de la que muchos llaman la librería más bonita del mundo, la Lello en Oporto. No era un libro cualquiera: tenía ilustraciones originales, un prefacio de Luis Onofre, y ese cuidado casi artesanal de los objetos que parecen hechos para quedarse. Quizá por eso el peso en las manos era distinto.

Noté el peso del ejemplar antes de leer la primera línea. Era un peso limpio, como si no perteneciera del todo al presente. Olía a papel nuevo, pero debajo había otra cosa, algo más antiguo, como cuando abres un cajón y no sabes si lo que sale es olor o memoria. Estaba sentada, sin prisa, y de pronto sentí esa incomodidad leve que da empezar algo que sospechas que no es nuevo aunque no sepas por qué. Quizá ella ya lo sabía.

Pasé las primeras páginas sin reconocer nada. Y, sin embargo, mi cuerpo sí sabía. Había una especie de déjà vu torpe, como cuando intentas recordar un sueño y solo te queda la sensación de haber estado allí, de haber caminado ya ese camino sin saber cuándo. Entonces apareció el color. No en la página —que también—, sino en la cabeza. Me vi a mí misma mirando un sendero amarillo que no sabía que recordaba.

No sé en qué momento exacto empecé a leer a L. Frank Baum como si estuviera excavando algo. No era una lectura hacia adelante, sino hacia abajo. Como si cada escena tuviera una capa debajo, y debajo otra, y todas llevaran a la misma niña sentada frente a la televisión viendo la película sin saber que ese mundo se le quedaría pegado de una forma tan extraña. O incluso más atrás, a alguna función de teatro en el colegio, con decorados de cartón y zapatillas pintadas, donde Oz fue, quizá, el primer lugar que pisamos fuera de casa.

Porque lo que me pasó no fue “recordar la película”. Fue descubrir que la película me había recordado a mí antes. Hay algo en la forma de contar de Baum que no empuja, que no obliga, como si nadie quisiera enseñarte nada y aun así todo terminara quedándose. El viaje no necesita justificarse. Y, aun así, duele en sitios raros.

Recuerdo al Espantapájaros no por lo que decía, sino por cómo estaba quieto, como alguien que lleva demasiado tiempo esperando a que alguien le pregunte algo. Recuerdo al Hombre de Hojalata por el sonido —ese crujido leve, casi un suspiro metálico— y al León por esa vergüenza que se le quedaba en los hilos de la voz. No eran personajes. Eran personas que había conocido antes y no sabía dónde.

Y ahí es donde el libro y la película empiezan a separarse como dos recuerdos de la misma vida. Porque el libro no se siente como un sueño; se siente como un lugar. En la película, en cambio, hay algo que ahora no puedo ignorar: todo parece nacer de Dorothy, como si el mundo estuviera hecho con piezas de su propia vida, reorganizadas mientras duerme. Las caras de Kansas se repiten en Oz, las voces se doblan sobre sí mismas, y de pronto entiendes que nada de eso existe fuera de ella. El libro no hace eso. El libro te deja salir de casa de verdad.

Y luego están las zapatillas. En el libro son plateadas. Lo leí y me detuve. Como si alguien hubiera cambiado un recuerdo sin avisarme. Porque en mi cabeza siempre fueron rojas, de un rojo casi imposible. Pero ese rojo no viene del libro; viene de otra parte, de alguien que decidió que debía brillar más. Ahí entendí algo, aunque no sabría explicarlo del todo: yo no recordaba la historia, recordaba lo que alguien había querido que yo viera.

Recordaba el momento en que Kansas deja de ser mundo y se vuelve sepia. Recordaba ese instante en que el color aparece como una promesa. Y, por supuesto, la melodía de Over the Rainbow. Aquí, en España, esa canción casi no necesita la película. Va sola. Como si fuera la banda sonora de esa melancolía tan nuestra de querer estar siempre en otra parte.

El libro respira de otra manera. Es más lento, más ancho. Te deja quedarte. La película, en cambio, te arrastra; te lleva de la mano, pero no te deja soltarla. Hay algo más que no esperaba: descubrir que Oz no se quedó en esa infancia. Que alguien como Salman Rushdie dijera que esa película fue su primera influencia literaria me hizo detenerse. A veces no aprendemos a escribir leyendo, sino mirando. Y que Margaret Atwood vuelva a Oz en sus textos me hace pensar que este camino no es solo una historia. Es algo más parecido a un idioma que se aprende sin darte cuenta y que luego aparece donde no lo esperabas.

Luego han ido apareciendo otras puertas, como suele pasar aquí, entre conversaciones de sobremesa y librerías donde los libros parecen conocerse entre ellos. Un buen amigo —de esos que hablan de Wicked como si fuera algo personal— fue quien me explicó lo que significaba mirar a la bruja desde dentro. Y de pronto Oz dejó de ser un refugio y se volvió otra cosa. Más incómoda. Más adulta.

También aparecieron títulos como Dorothy debe morir, que suenan casi como una provocación, como si alguien hubiera decidido tensar el recuerdo hasta que deje de ser cómodo. Incluso volví a cruzarme con otras ediciones preciosas —como las de Reino de Cordelia—, pero ninguna tenía exactamente esa sensación de haber sido elegida antes de ser leída. Como si, de alguna manera, el viaje ya hubiera empezado en aquella librería de Oporto.

No sé si llegaré a recorrer todos esos caminos. Aquí, a veces, los libros se quedan esperando. Como si supieran que no todos los viajes tienen que hacerse de inmediato. Lo que sí sé es que ahora no puedo separar las versiones. Cuando pienso en Dorothy, no sé si la veo o la leo. Cuando recuerdo el camino, no sé si es dibujo, recuerdo escolar o imagen en movimiento.

Y hay algo hermoso en no poder decidir dónde empieza una cosa y termina la otra. Quizá por eso este libro ha sido una experiencia tan rara. Porque no me ha contado algo nuevo. Me ha devuelto algo que ya era mío, pero que yo no sabía que seguía ahí, esperando, como el Espantapájaros en su poste, a que alguien volviera a mirarlo.

Y desde entonces, cada vez que cierro el libro, me queda esa sensación leve de haber regresado de un sitio que no sé si existe. O peor: de un sitio que sí existe, pero no en el mundo.

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