La biblioteca líquida

El aire en la bodega subterránea de Santa Marina olía a roble viejo, a humedad encerrada y a ese rastro agrio que deja el vino cuando se evapora en la sombra.

Joan se apoyó en el muro de piedra oscura. La bodega se había vuelto demasiado silenciosa. Hacía meses que el Sr. Pau se había ido con el frío de enero, pero Joan todavía esperaba oír el golpe seco de las tijeras de podar sobre la mesa, o aquella voz áspera que aparecía siempre detrás de su espalda.

—Así no, “noi”. Si cortas con miedo, la cepa lo nota.

Lo había dicho mil veces. Y mil veces Joan había fingido no escucharlo.

Sobre la repisa de madera, la botella seguía allí, sepultada bajo una capa gris de polvo: una Garnacha de 1945. Su maestro le había prometido que la abrirían al acabar la vendimia. No dijo de qué año. Pau era así. Dejaba las promesas en el aire, como si el tiempo fuera cosa de otros.

Joan estiró el brazo. La mano avanzó decidida, pero, a unos centímetros del vidrio frío, los dedos se le quedaron quietos. Llevaba toda la semana bajando a la bodega para lo mismo, y toda la semana acababa igual: sudor en las palmas, un nudo en la garganta y ese dolor torpe en el pecho que no sabía si era pena, rabia o simplemente vejez llegando antes de hora.

No era que no quisiera abrirla.

Lo que no quería era abrirla solo.

Muy atrás quedaban los años en que entró por primera vez a trabajar en la bodega, con diecisiete años y más orgullo que oficio. Entonces el Sr. Pau le parecía un hombre temible. Después aprendió a respetarlo. Mucho más tarde, sin darse cuenta, empezó a quererlo.

Mientras todo eso le ocupaba la cabeza, la mano seguía ahí, suspendida en la penumbra.

Miró la etiqueta gastada a la luz de la vela. Pensó en la llicorella, en esa pizarra rota que obliga a las raíces a clavarse hondo para encontrar una gota de agua. Una tierra dura de las que te dejan las manos abiertas y la espalda torcida. Pero también una tierra que sabe guardar lo que pasa arriba, aunque nadie se lo pida.

Joan cerró el puño, como si aún pudiera aplazar algo, y apoyó los nudillos contra el estante.

Entonces le vino de golpe un recuerdo absurdo: Pau sentado en la puerta de la bodega, una tarde de agosto, pelando un melocotón con la navaja. El zumo le bajaba por los dedos y él, tan serio para todo, se reía porque una avispa no lo dejaba en paz. Joan no supo por qué aquel recuerdo, y no otro, fue el que le aflojó el pecho.

Respiró despacio. Una vez. Luego otra.

Abrió la mano de nuevo, esta vez sin solemnidad, casi con cansancio. Aseguró los dedos alrededor del cuello de la botella, notó el polvo áspero acumulado durante décadas y la descolgó del estante con cuidado. Pesaba menos de lo que esperaba.

Se la acomodó bajo el brazo, protegiéndola contra el costado. Luego se inclinó sobre la vela y la apagó de un soplo. El olor a cera quemada se mezcló con el del vino viejo.

En la penumbra total, avanzó de memoria hacia la escalera. Conocía cada piedra, cada desnivel, cada pequeño engaño del suelo. Subió los peldaños uno a uno, sintiendo cómo el aire frío del subsuelo se iba templando a medida que se acercaba a la puerta.

Cuando salió a la calle, el sol ya caía detrás de las viñas. Dejó la botella de pie sobre el murete de piedra. No la abrió. Tantos años de posos no se despiertan de golpe; tendría que dejarla reposar hasta el día siguiente si no quería beber fango.

Joan miró el suelo calcinado, las capas de pizarra rota que se abrían como hojas de un libro viejo, y por fin entendió lo que Pau quería decir cuando llamaba a la bodega una biblioteca líquida. Allí abajo guardaban los años buenos y los malos, las heladas, las lluvias que llegaron tarde, las discusiones, las manos partidas, las vendimias pobres y las que parecieron un milagro.

Mañana traería el sacacorchos de láminas y abriría el 1945. Quizá serviría dos copas, aunque una quedara intacta. Quizá le parecería una tontería. Quizá no.

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2 ideas sobre “La biblioteca líquida”

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    • María Ultreia