El aire en la bodega subterránea de Santa Marina olía a roble viejo, a humedad encerrada y a ese rastro agrio que deja el vino cuando se evapora en la sombra. Joan se apoyó en el muro de piedra oscura. La bodega se había vuelto demasiado silenciosa. Hacía meses que el Sr. Pau se había ido con el frío de enero, pero Joan todavía esperaba oír el golpe seco de las tijeras de podar sobre la mesa, o aquella voz áspera que aparecía siempre detrás de su espalda. —Así no, “noi”. Si cortas con miedo, la cepa lo nota. Lo había dicho mil veces. Y mil veces Joan había fingido no escucharlo. Sobre la repisa de madera, la botella seguía allí, sepultada bajo una capa gris de polvo: una Garnacha de 1945. Su maestro le había prometido que la abrirían al acabar la vendimia. No dijo de qué año. Pau era así. Dejaba las promesas en el aire, como si el tiempo fuera cosa de otros. Joan estiró el brazo. La mano avanzó decidida, pero, a unos centímetros del vidrio frío, los dedos se le quedaron quietos. Llevaba toda la semana bajando a la bodega para lo mismo, y toda […]
#Duelo
El balcón no es alto cuando lo miro ahora, o quizá sí, pero la altura no se mide en metros sino en esa inclinación de la luz que cae y no se va, que se demora como si supiera que aquí se la espera, que aquí nadie le exige avanzar, que puede apoyarse en la barandilla con la misma confianza con la que yo dejo caer los codos, tibios, un poco húmedos todavía, y dejo que el sol haga ese trabajo lento, casi obstinado, sobre la piel, como si nombrara sin palabras que estoy, que sigo estando, incluso en esta forma incompleta en la que tú ya no estás, no como antes, no con esa voz tuya que apenas era sonido y ya bastaba, ese hilo bajo que no decía nada y lo decía todo. El libro —uno de esos del oeste, de Marcial Lafuente Estefanía— permanece abierto sobre unas rodillas que no sé si son tuyas o mías o de alguien que solo existe cuando cierro un poco los ojos, lo justo para que la luz deje de ser precisa y empiece a parecerse a un recuerdo, y entonces aparece el papel amarillento, la letra apretada, tu dedo siguiendo […]
Salí del cine con la sensación de haber atravesado algo que no me pertenecía del todo y, sin embargo, se había quedado en mi cuerpo, como si me hubieran confiado un dolor antiguo que ahora late despacio, sin prisa por irse. Había un silencio espeso cuando se encendieron las luces, uno de esos que no incomodan, pero pesan; me noté las manos frías, la garganta cerrada, y durante unos segundos me quedé sentada sin moverme, como si levantarme significara traicionar algo que aún estaba ocurriendo dentro de mí. Pensé en lo extraño que es hacer las cosas al revés. Haber leído Hamlet hace tantos años, casi sin memoria ya, y entrar aquí sin haber tocado la novela de Maggie O’Farrell, como si hubiera llegado tarde a una conversación que en realidad me estaba esperando. Una amiga me dijo que esta película era para mí. Lo dijo sin dramatismo. Y tenía razón, de una forma que todavía me incomoda admitir. No recuerdo la historia como algo ordenado. La recuerdo como se recuerdan los sueños que duelen: por fragmentos que no encajan del todo pero que se sienten verdaderos. El cuerpo de Agnes en el bosque, tan unido a la tierra que […]
Querid@ amig@: Hoy me vas a permitir que tome prestada, aunque sea un instante, la voz de Fermín Romero de Torres, ese personaje inolvidable de El Cementerio de los Libros Olvidados que tanto sabía de pérdidas, supervivencias y dignidad. Fermín, con su forma tan suya de mirar la vida, entendía mejor que nadie que incluso en medio del dolor puede quedar espacio para una sonrisa torcida, una palabra certera y un poco de luz. Creo que él te diría algo parecido a esto: que uno nunca deja del todo a quienes ama, ni ellos nos dejan del todo a nosotros. Que lo aprendido de un padre no desaparece con su ausencia. Se queda en la casa, en la memoria, en los gestos que repetimos sin darnos cuenta, en ciertas frases, en la manera de mirar el mundo. Hay heridas que no se ven, pero que nos cambian para siempre. Cicatrices del alma que marcan un antes y un después. Y aunque ninguna palabra pueda quitar el dolor, a veces sí puede acompañarlo un poco, hacerlo menos frío, menos solitario. Hoy, más allá de cualquier personaje o de cualquier libro, quiero hablarte desde mí: te entiendo. Entiendo ese hueco extraño que […]