Reseña conjunta: La niebla y El subastador

Lo que el grupo nos hace cuando dejamos de mirarnos a nosotros mismos

⚠️ Aviso a navegantes: Este artículo analiza en profundidad las tramas de La niebla (Stephen King) y El subastador (Joan Samson), por lo que contiene spoilers sobre el desarrollo y el desenlace de ambas obras.

Hay historias que no hablan del miedo, hablan de ese instante casi invisible en el que empiezas a pensar como los demás sin darte cuenta, y, cuando quieres volver atrás, ya no sabes cuál era tu propia voz. Hay un patrón que me inquieta más que cualquier criatura o amenaza: ese momento en el que alguien dice una frase y el resto asiente. No porque estén de acuerdo, sino porque es más fácil.

Y ese gesto, tan pequeño, tan cotidiano, es el que une a dos obras tan distintas como La niebla y El subastador de una forma que me ha costado sacudirme.


El golpe y el refugio que aprieta

En la historia de Stephen King todo empieza con un choque brusco. El mundo cotidiano deja de ser reconocible tras una tormenta, y una niebla anómala aísla a un grupo de vecinos, entre ellos David Drayton, dentro de un supermercado de Maine. Dentro, encerrados y acorralados por criaturas letales, los personajes empiezan a cambiar. No de golpe, eso sería demasiado fácil; cambian porque necesitan darle sentido al caos. Y, cuando entender no es posible, la urgencia vuelve atractiva cualquier voz que prometa orden.

Aquí es donde entra en juego el fanatismo de Mrs. Carmody, convirtiendo el miedo en un credo y empujando al grupo hacia una lógica sacrificial. Hay un matiz en esto que me incomodó reconocer: el alivio. Ese pequeño descanso que aparece cuando dejas de pensar por ti misma y alguien asume el mando, aunque sea con un orden torcido y violento. Me dolió ver esa forma en que el pánico no solo asusta, sino que disciplina. Poco a poco el refugio colapsa moralmente y el grupo se convierte en un corsé que aprieta.

Allí la presión es visible. Se nota. Empuja.


La costumbre y el terror administrativo

En la novela de Joan Samson, publicada a mediados de los setenta, no hay golpe ni una ruptura clara. La historia nos traslada a una comunidad rural de Nuevo Hampshire, centrada en la familia de John y Mim Moore. Todo está en su sitio: la vida gira en torno a la tierra, la vecindad y la repetición de costumbres. Y, sin embargo, el suelo empieza a ceder con la llegada de un forastero, Perly Dunsmore.

Aquí no hay monstruos; el mecanismo inicial es la simple deferencia comunitaria. Una primera subasta benéfica abre la puerta, y nadie quiere parecer mezquino o desleal negándose a participar. Solo crece una incomodidad constante, una serie de cesiones que se aceptan porque siempre hay un motivo para donar un poco más. Pero ese «un poco más» nunca se detiene. Lo que empieza como caridad acaba como requisa y dominación.

Lo que me dejó más tocada de El subastador es que el grupo no se rompe. Funciona. Pero funciona como una maquinaria de vaciamiento que sigue girando aunque esté triturando a quienes la forman. Aquí también existe alivio, aunque sea más silencioso: el de no destacar, el de no enfrentarse, el de ceder tus bienes antes que exponerte al aislamiento o a las represalias.

Allí la presión no empuja. Se filtra.

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Por qué preferimos la tensión

Creo que la diferencia que me hizo conectar más con una lectura que con la otra radica en el tipo de resistencia.

En La niebla, el colectivo implosiona bajo presión extrema. Hay bandos visibles, fricción y decisiones morales inmediatas. La amenaza exterior es innegable, pero no sustituye al horror humano, lo intensifica. Todo se mantiene en tensión, obligándote a mirar cómo se pelea por no ceder.

En El subastador, en cambio, desaparece por completo la posibilidad de ruptura. Samson trabaja el horror por pura erosión. Nadie estalla. Y, cuando quieres darte cuenta, ya no hay un momento claro donde decir: «Aquí empezó todo». Porque el abuso se fue instalando con modales de costumbre.

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Hay una verdad profundamente humana —y también incómoda— en ambas historias: la necesidad de pertenecer incluso cuando pertenecer te desposee. En la primera, el miedo te empuja a aferrarte a un líder fanático, aunque eso implique dañar a inocentes. En la segunda, es la normalización la que te va limando hasta que ya no sabes si realmente quieres oponerte. Y en las dos hay un punto en común:

Lo peor no siempre es el monstruo, sino la facilidad con la que una comunidad aprende a obedecer.

Vuelvo más a La niebla porque ahí todavía siento el choque, el pulso entre rendirse y mantener la cordura. Hay vida en esa lucha, un nervio que me mantiene despierta. El subastador, en cambio, me deja vacía, con una sensación lenta y pesada; como si me estuviera enseñando algo que ya sabía, pero que no quería mirar de cerca: que a veces no hace falta que ocurra nada extraordinario. Basta con que nadie quiera quedarse fuera.

Me cuesta admitirlo del todo, pero se me ha quedado grabado como una piedra en el zapato: quizá el abismo no está delante del grupo, sino dentro de él. Quizá también sea ese instante en el que cansa pensar.

Ese segundo en el que alguien habla por ti y descubres el terrible alivio de dejarte llevar.

Y a vosotros, ¿qué tipo de terror os inquieta más: el estallido violento de un grupo bajo presión o la obediencia silenciosa de todo un pueblo? Me encantaría leer vuestra opinión en los comentarios.

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