El balcón

El balcón no es alto cuando lo miro ahora, o quizá sí, pero la altura no se mide en metros sino en esa inclinación de la luz que cae y no se va, que se demora como si supiera que aquí se la espera, que aquí nadie le exige avanzar, que puede apoyarse en la barandilla con la misma confianza con la que yo dejo caer los codos, tibios, un poco húmedos todavía, y dejo que el sol haga ese trabajo lento, casi obstinado, sobre la piel, como si nombrara sin palabras que estoy, que sigo estando, incluso en esta forma incompleta en la que tú ya no estás, no como antes, no con esa voz tuya que apenas era sonido y ya bastaba, ese hilo bajo que no decía nada y lo decía todo.

El libro —uno de esos del oeste, de Marcial Lafuente Estefanía— permanece abierto sobre unas rodillas que no sé si son tuyas o mías o de alguien que solo existe cuando cierro un poco los ojos, lo justo para que la luz deje de ser precisa y empiece a parecerse a un recuerdo, y entonces aparece el papel amarillento, la letra apretada, tu dedo siguiendo una línea que no necesita ser seguida, como si tocarla fuera una forma de asegurarte de que la historia no se escapa, de que pasa por ti antes de existir del todo, y el sol entrando de lado, siempre de lado, como si también leyera, como si entendiera que hay momentos en los que no conviene interrumpir.

No pasa nada, en realidad, nada que se pueda ordenar o contar sin romperlo, y sin embargo todo ocurre a la vez, superpuesto, como capas que no terminan de separarse: el calor en la cara ahora, el eco de tu respiración entonces, ese peso leve del libro que no sostengo pero siento, como si la memoria tuviera volumen, como si fuera posible rozarla con la yema de los dedos y notar aún un relieve, una pequeña resistencia, algo que dice aquí hubo, aquí sigue habiendo aunque no puedas señalarlo.

“Sal a coger vitamina D y que se te seque allí el pelo”, pero la frase no llega como frase, llega como una costumbre que me habita, una forma de empujarme sin empujar, de inclinarme hacia la luz sin que me dé cuenta, y estoy aquí, obedeciendo sin decidir, dejándome secar, dejándome estar, y en ese gesto mínimo —no hacer nada, apenas inclinar la cabeza, cerrar los ojos un segundo más de lo necesario— algo se abre, algo que no cabe en el ahora, que lo desborda sin romperlo.

Porque ahora soy yo en el balcón, pero también soy la niña que mira sin interrumpir, que aprende sin saber que aprende, que entiende —sin palabras, siempre sin palabras— que la felicidad puede ser esto, tan pequeña que casi no se ve: un hombre leyendo despacio, una mujer cosiendo con una máquina que respira a golpes, tac-tac, tac-tac, como si también tuviera pulso, y ese ritmo se mezcla con el pasar de las páginas, con el zumbido lejano de un coche en el parking que nunca importa, que no tiene derecho a importar, porque todo lo que importa está aquí concentrado, comprimido, suficiente: tú leyendo, ella cosiendo, yo mirando, y ese mirar que ya era una forma de guardar sin saberlo.

Y de pronto el tiempo se espesa en algo diminuto —una mota de polvo suspendida en la luz, casi invisible— y se queda ahí, sin caer, sin avanzar, como si hubiera encontrado su lugar exacto, y todo se organiza alrededor de ese punto mínimo: la mota, tu voz baja, el hilo atravesando la tela, el frío dulce del helado de chocolate que empieza a ceder entre mis dedos pequeños, demasiado rápido, siempre demasiado rápido, el arcón abierto, la tapa levantada como una boca que guarda inviernos para el verano, y no hay antes ni después, solo esta densidad donde todo convive sin molestarse, donde no tengo que elegir entre estar contigo o estar sin ti.

Y sin aviso la mirada se desplaza, como si algo dentro de la luz también cambiara de sitio, y ya no soy solo la que mira, soy también esa espalda encorvada desde el umbral de la puerta, la curva leve de los hombros sosteniendo el tiempo sin saberlo, y hay un objeto —la máquina de coser— que llama la atención más de lo necesario, su insistencia, su manera de marcar un ritmo que no pide permiso, y desde ahí la escena se vuelve otra, más quieta, más frágil, como si bastara un gesto para romperla.

En ti, el libro deja de ser solo un libro, es una pausa que te has ganado, un pequeño territorio donde nadie te reclama, después del desayuno preparado, de las cosas colocadas con ese cuidado que no se nombra, para que el día empiece bien sin que nadie tenga que notarlo, y lees, sí, pero también escuchas sin levantar la vista, atento a esos sonidos mínimos que confirman que todo sigue en su sitio: la máquina, el helado, una respiración cercana.

Y en ella —mi madre, entonces hija— hay ese gesto que empuja hacia afuera, hacia la luz, como si intuyera que quedarse dentro demasiado tiempo apaga algo que luego cuesta volver a encender, “sal”, y en ese sal hay una forma de sostener sin tocar, de decir sin decir que la vida también ocurre en la piel que se calienta, en el pelo que se seca, en aprender a estar sola sin terminar de estarlo.

El balcón no cambia, sigue siendo casi nada, sigue dando a un parking que no ofrece nada digno de ser mirado, y sin embargo todo está aquí, todo lo necesario, como si la pobreza de lo visible afilara lo invisible, como si cuanto menos hay fuera más espacio quedara para que permanezca lo que importa.

Y vuelvo —o algo vuelve— a este cuerpo, a este ahora que no termina de cerrarse, como si el instante se resistiera a ser solo presente, el libro que no tengo pesa un poco en las manos, el sol no es solo calor sino continuidad, y tú, que no estás aquí, estás en la forma en que sostengo esto, en cómo no necesito añadir nada, en esta manera —que no sé si es mía— de quedarme

aquí
en el balcón
donde el tiempo no pasa, donde algo se queda apoyado, insistiendo en no irse, como la luz, como el calor en los codos, como ese resto de voz que no termina de apagarse todavía.

Hamnet (8)

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2 ideas sobre “El balcón”

  • Fran
    • María Ultreia