El aire en la bodega subterránea de Santa Marina olía a roble viejo, a humedad encerrada y a ese rastro agrio que deja el vino cuando se evapora en la sombra. Joan se apoyó en el muro de piedra oscura. La bodega se había vuelto demasiado silenciosa. Hacía meses que el Sr. Pau se había ido con el frío de enero, pero Joan todavía esperaba oír el golpe seco de las tijeras de podar sobre la mesa, o aquella voz áspera que aparecía siempre detrás de su espalda. —Así no, “noi”. Si cortas con miedo, la cepa lo nota. Lo había dicho mil veces. Y mil veces Joan había fingido no escucharlo. Sobre la repisa de madera, la botella seguía allí, sepultada bajo una capa gris de polvo: una Garnacha de 1945. Su maestro le había prometido que la abrirían al acabar la vendimia. No dijo de qué año. Pau era así. Dejaba las promesas en el aire, como si el tiempo fuera cosa de otros. Joan estiró el brazo. La mano avanzó decidida, pero, a unos centímetros del vidrio frío, los dedos se le quedaron quietos. Llevaba toda la semana bajando a la bodega para lo mismo, y toda […]
#Memoria
El balcón no es alto cuando lo miro ahora, o quizá sí, pero la altura no se mide en metros sino en esa inclinación de la luz que cae y no se va, que se demora como si supiera que aquí se la espera, que aquí nadie le exige avanzar, que puede apoyarse en la barandilla con la misma confianza con la que yo dejo caer los codos, tibios, un poco húmedos todavía, y dejo que el sol haga ese trabajo lento, casi obstinado, sobre la piel, como si nombrara sin palabras que estoy, que sigo estando, incluso en esta forma incompleta en la que tú ya no estás, no como antes, no con esa voz tuya que apenas era sonido y ya bastaba, ese hilo bajo que no decía nada y lo decía todo. El libro —uno de esos del oeste, de Marcial Lafuente Estefanía— permanece abierto sobre unas rodillas que no sé si son tuyas o mías o de alguien que solo existe cuando cierro un poco los ojos, lo justo para que la luz deje de ser precisa y empiece a parecerse a un recuerdo, y entonces aparece el papel amarillento, la letra apretada, tu dedo siguiendo […]
¿Se puede viajar a Chichén Itzá sin salir de casa? Jorge Esquirol convierte la arquitectura maya en un mapa de autodescubrimiento que, además, tiene un propósito benéfico. Hay lugares que no conocemos en persona, pero que ya forman parte de nuestro imaginario. Lugares que, de alguna forma, nos llaman. A veces, para entender un monumento no hace falta haber caminado por sus explanadas, sino comprender la intención que lo levantó. Eso es lo que me pasó al leer «La pirámide del alma» de Jorge Esquirol. El autor no nos da una clase de historia seca sobre Chichén Itzá. Lo que hace es usar la grandeza de la cultura maya —esa mezcla de astronomía, tiempo y piedra— y traducirla en una experiencia interior. No es una postal turística; es un símbolo de elevación. El poder de una civilización que miraba al cielo Incluso sin haber pisado México, todos sabemos que los mayas tenían una conexión especial con el equilibrio y el tiempo. El libro honra esa herencia con una sensibilidad que asombra, convirtiéndola en la columna vertebral de una reflexión muy necesaria hoy: cómo crecer como seres humanos. Porque una pirámide, en el fondo, es: Lo más bonito es cómo Esquirol […]
Querid@ amig@: Hoy me vas a permitir que tome prestada, aunque sea un instante, la voz de Fermín Romero de Torres, ese personaje inolvidable de El Cementerio de los Libros Olvidados que tanto sabía de pérdidas, supervivencias y dignidad. Fermín, con su forma tan suya de mirar la vida, entendía mejor que nadie que incluso en medio del dolor puede quedar espacio para una sonrisa torcida, una palabra certera y un poco de luz. Creo que él te diría algo parecido a esto: que uno nunca deja del todo a quienes ama, ni ellos nos dejan del todo a nosotros. Que lo aprendido de un padre no desaparece con su ausencia. Se queda en la casa, en la memoria, en los gestos que repetimos sin darnos cuenta, en ciertas frases, en la manera de mirar el mundo. Hay heridas que no se ven, pero que nos cambian para siempre. Cicatrices del alma que marcan un antes y un después. Y aunque ninguna palabra pueda quitar el dolor, a veces sí puede acompañarlo un poco, hacerlo menos frío, menos solitario. Hoy, más allá de cualquier personaje o de cualquier libro, quiero hablarte desde mí: te entiendo. Entiendo ese hueco extraño que […]