El balcón no es alto cuando lo miro ahora, o quizá sí, pero la altura no se mide en metros sino en esa inclinación de la luz que cae y no se va, que se demora como si supiera que aquí se la espera, que aquí nadie le exige avanzar, que puede apoyarse en la barandilla con la misma confianza con la que yo dejo caer los codos, tibios, un poco húmedos todavía, y dejo que el sol haga ese trabajo lento, casi obstinado, sobre la piel, como si nombrara sin palabras que estoy, que sigo estando, incluso en esta forma incompleta en la que tú ya no estás, no como antes, no con esa voz tuya que apenas era sonido y ya bastaba, ese hilo bajo que no decía nada y lo decía todo. El libro —uno de esos del oeste, de Marcial Lafuente Estefanía— permanece abierto sobre unas rodillas que no sé si son tuyas o mías o de alguien que solo existe cuando cierro un poco los ojos, lo justo para que la luz deje de ser precisa y empiece a parecerse a un recuerdo, y entonces aparece el papel amarillento, la letra apretada, tu dedo siguiendo […]
#escritura
No hubo gritos ni descorche de botellas. El salón se quedó de pronto en uno de esos silencios espesos, casi sagrados, que solo aparecen cuando la vida decide dejar de golpearte por un momento y te concede una tregua. Se miraron entre ellos con una incredulidad pesada. Ya no tenían que correr. Ya no tenían que esconderse. Estaban eufóricos, sí, pero era una euforia cansada, la de quien acaba de soltar una piedra que ha cargado durante años. Y yo, que solo estaba allí como testigo de paso, sentí que el nudo en la garganta también era mío. El peso del cielo recuperado Vi a la madre acariciar el borde de la mesa como si por fin le perteneciera. Vi al hijo mirar por la ventana un cielo que, de repente, ya no era prestado. Podían quedarse. Pero en sus ojos, bajo el brillo del alivio, habitaba una sombra: el recuerdo de los que se quedaron al otro lado del mapa, apretando el pecho como una cuenta pendiente que nunca se termina de pagar. En ese instante, me dolió España. No la España de postal, sino la de los trenes de madera y las maletas de cartón atadas con cuerda […]
Aviso de Contenido Este relato contiene elementos de terror psicológico, sensaciones corporales intensas y atmósferas inquietantes.Si eres sensible a este tipo de contenido, léelo con precaución o siéntete libre de saltarlo. La canción no empieza; te cae encima. La primera nota revienta en el local y se me clava en el pecho, justo ahí donde duele cuando te falta el aire. Nada de ventanas abiertas ni brisas suaves; es un golpe seco. Supongo que estoy tan harta de aguantar el tipo que cualquier golpe me atraviesa. Entonces sale ella a la luz. Flaca, ojerosa, con una pinta de haber visto cosas que te quitarían el sueño. No sonríe, ni saluda, ni falta que hace. Abre la boca y el bar se calla de golpe. No es respeto, es instinto. La gente no baila, se inclina hacia el escenario como si algo los arrastrara. Hasta yo, que siempre estoy a la defensiva, siento que me pesan los párpados. A mi lado, la chica de la mandíbula torcida se ha quedado quieta. Demasiado quieta. Intenta decirme algo y solo le sale un ruido húmedo, pastoso. Antes de que pueda preguntar qué le pasa, la cantante suelta otra nota. Esta no golpea. Esta […]