La pulsera roja arde en mi muñeca como si guardara un fragmento de luz, como si de algún modo pudiera atrapar el sol y llevarlo conmigo.
Al fondo, el faro espera.
No importa si llego hoy, mañana o nunca: su luz me alcanza igual.
Quizá por eso lo busco, no para tocarlo, sino para seguir viéndolo.
Este blog de literatura —desde septiembre— será así: sin calendario fijo, sin compás marcado, como el mar que a veces se agita en terror y a veces se abre en emoción; siempre sincero, más natural, más de corazón.
En Las Vidrieras Rojas, la pulsera era un escudo: sostenía un sistema vídrico que retenía las emociones, impidiendo que se rompieran.
Hoy late con la misma misión mientras camino hacia mi faro, protegiendo todo lo que he vivido, todo lo que aún no puedo nombrar.
Porque ir al faro y llevar la pulsera son lo mismo: avanzar con todo lo que soy y todo lo que guardo.
El mar respira lento; yo respiro con él.
Cierro el puño y siento el metal calentarse en mi piel.
No es un pulso contra nadie, sino contra la pausa, contra el olvido, contra todo lo que intenta apagar la luz.
En ese latido regresan Iván y su sombra alerta; Alicia, firme ante la noche; Pedro, viajando por Italia con olor a mandarina y la prisa de los domingos.
Capri me trae su azul imposible, su fragancia de limón recién cortado, las risas que se quedaron en una calle vacía.
Y Bajo la piel de la ciudad me recuerda que hay paredes que respiran y mujeres que caminan sobre un suelo que duele y sostiene a la vez.
Septiembre se acerca y con él una forma más libre de estar aquí.
No siempre se escribe cuando toca; se escribe cuando arde.
Este blog me ha devuelto voces, manos que se tienden, reencuentros que parecían lejanos.
Todos los que me leen, me ayudan, me asesoran… son mi bien más preciado.
Mi familia —cercana, extensa, elegida—, mis amigos que el camino me regaló. Los que están, los que vuelven, los que se quedan en la distancia… todos ellos mantienen encendida la luz
En septiembre, el faro brillará de nuevo.
Iré hacia él con la pulsera roja en la muñeca, como guía y amuleto.
Y nadie apaga un faro que late en el corazón; aunque la noche asuste y el amanecer prometa, lo que importa no es llegar, sino seguir viendo su luz en la distancia.
