El refugio, el mapa y el silencio: por qué ‘Una quinta portuguesa’ se quedó conmigo

No buscaba una obra maestra. Solo buscaba algo que no me exigiera pensar demasiado un martes por la noche. Ya sabes, de esas noches en las que el cerebro pide tregua y el cuerpo solo quiere sofá. Y sin embargo, me encontré con Una quinta portuguesa, de Avelina Prat. Y menos mal.

A veces, el cine no llega para entretenerte, sino para detenerte.


El hombre del mapa

Todo empieza con Fernando. No es un tipo corriente: es un profesor de geografía que vive rodeado de coordenadas. Hay un detalle en su casa que me enamoró y que define quién es antes de la huida: en su salón no hay televisión, hay un mapa.

En una era donde vivimos con el cuello bajado mirando pantallas negras, él levantaba la vista hacia la pared. No miraba píxeles, miraba el mundo. Pero a veces, tener el mapa delante no impide que te pierdas.

La huida hacia la tierra

Fernando llega a una finca en Portugal buscando trabajo como jardinero. Busca desaparecer. Dejar atrás ese mapa, esa identidad y un dolor que pesa toneladas en la mirada cansada de Manolo Solo.

Podría haber sido el típico thriller. Podríamos haber tenido flashbacks dramáticos o gritos. Pero la directora hace algo más valiente: elige el silencio. Elige las manos manchadas de tierra y el sonido del viento.

«Yo, desde mi lado de la pantalla, sentí que la película me pedía bajar las revoluciones. Dejar de intentar descifrar la trama y, simplemente, estar allí.»

El arte de no hacer nada (y hacerlo todo)

La «quinta» (la casa portuguesa) funciona como un bálsamo. Me enamoró la química entre María de Medeiros y Manolo Solo. No es una química explosiva, es una complicidad de supervivientes.

Me fascinaron sus conversaciones. Son susurros. Hablan mientras cocinan, mientras pasean, sin interrumpirse, sin esa necesidad neurótica de llenar el vacío. Tienen un ocio «de los de antes»: leen, se escuchan y juegan a las cartas —a un juego cuyo nombre, por cierto, soy incapaz de recordar ahora mismo—. Pero en esas partidas lentas, sin notificaciones de móvil vibrando en la mesa, sentí que se decían más cosas que en cualquier diálogo de guion.

¿Por qué verla?

Porque es un antídoto. Una quinta portuguesa no es cine rápido. Se toma su tiempo y te obliga a tomártelo tú también.

Apagué la televisión con esa mezcla extraña de paz y melancolía que te dejan las cosas buenas. Pensando en que, a veces, cuando todo se derrumba y los mapas ya no sirven, lo único que necesitas es un lugar tranquilo y tiempo para volver a florecer.

No todo mapa busca un puerto. Algunos existen solo para enseñarnos la belleza de naufragar.

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