El corazón del hayedo

A los treinta y cinco años, Laura llevaba consigo una certeza como una cicatriz, aunque a veces era solo un murmullo bajo la piel, un eco en los huesos: había crecido en un lugar que nunca la quiso.

La casa —siempre con olor a resina abierta, con polvo de serrín que se pegaba a las pestañas, con ese zumbido metálico de las sierras que parecía no terminar nunca— la había marcado como se marca un tronco con pintura roja: ya destinada, ya condenada, ya cortada antes de tiempo. Su padre, su hermano, contaban árboles como se cuentan monedas: cuerpos reducidos a cifras, a volúmenes, a metros cúbicos. Ella, sin embargo, se sabía más próxima a lo que caía al suelo, al despojo: viruta, astilla, lo que sobra.

Una vez, de niña, quiso desafiar. Plantó en secreto un ave del paraíso, en una maceta que escondió tras la leñera. Pequeño milagro de hojas gruesas, oscuras, brillantes, promesa de flores naranjas y azules como alas. Allí se refugiaba, regándola, tocando el tallo como quien acaricia un secreto. Soñaba: si la planta vivía, quizá ella también resistiría.

Un día volvió y encontró la maceta volcada, la tierra derramada como un cuerpo deshecho, el tallo arrancado de raíz. La risa de su hermano, corta, cruel, todavía le resonaba en los oídos. Y la voz de su madre, desde la ventana, firme y seca:
—Aquí no caben plantas así.

No lo dijo con furia, sino con la calma de quien dicta una ley antigua, una sentencia que no admite réplica.

En el pasillo colgaba un retrato: la mujer vestida de negro, ojos grises como piedra húmeda, boca cerrada como tumba. La bisabuela. La matriarca. Nadie hablaba de ella, y sin embargo todos parecían obedecerla. Laura, niña, pasaba deprisa frente a esa mirada: juraba que podía escucharla, un crujido bajo el marco, una censura que no se pronunciaba y que, sin embargo, la encerraba.

Abu

Los años en la ciudad no la liberaron. Creyó que sí, que el ruido, que los edificios, que los cuerpos anónimos la salvarían. Pero no: en cada silencio aparecían las frases de siempre: “cállate”, “no hagas ruido”, “aparta”. Como si su propia sangre siguiera marcando el compás.

Por eso, cuando quiso huir de todo, buscó el único lugar donde de niña había sentido que la familia no podía alcanzarla: el hayedo.

Y allí estaba, como templo húmedo, solemne, con un aire espeso, casi líquido, saturado de moho y hojas podridas. El suelo cedía bajo sus botas como si quisiera tragárselas. Los troncos rectos, infinitos, cerraban el cielo en un dosel que apenas dejaba pasar la luz. Y aquella penumbra, más que sombra, era una piel que la envolvía, la hundía en sí misma.

En la infancia había creído que allí estaba a salvo: ningún camión, ninguna motosierra se adentraba. Pero ahora, al recorrerlo, el refugio parecía vigilarla. No había flores ni brotes, nada distinto: solo hayas, idénticas, repitiéndose hasta el mareo.
Los hayedos son territoriales, pensó. Expulsan lo ajeno, envenenan lo distinto.
Como su familia.

Entonces, el crujido. Apenas un suspiro bajo su bota. Y el latigazo vivo en el tobillo, punzante, súbito. Dos colmillos hundiéndose, y el fuego líquido trepando por la carne.

El dolor la dobló. El tobillo palpitaba, como si un corazón extraño naciera allí, bombeando veneno. El aire se espesó, imposible de tragar. Y sintió, con claridad, cómo el veneno avanzaba: primero un cosquilleo, después un ardor lento, después raíces invisibles extendiéndose por dentro, buscando unirse a algo más hondo, más viejo.

El bosque se cerraba. Los troncos se inclinaban hacia ella. La niebla reptaba, fría, como un animal buscando cubrirla.

Y entonces vinieron las voces.
Su madre: “no hagas ruido”.
Su padre: “cállate”.
Su hermano: “apártate, no estorbes”.

Cada palabra era un golpe.

Y luego otra voz, más áspera, más antigua, como madera que se astilla. La de la mujer del retrato.

“Yo soy la raíz que no muere. Vigilo el territorio para que nada ajeno brote. La víbora es mi lengua, la savia es tu sangre. No desaparecéis: os enraízo. Os vuelvo haya o madera, lo mismo da. Mi imperio cubrirá la tierra: hayedos y cunas, hermanas convertidas en vigas, en mesas, en cunas. Así ha sido siempre, porque así lo manda la sangre.”

Laura lo entendió: la mordedura no era azar. Era mandato.

Corrió. El suelo cedía, la hojarasca tragaba sus pasos, las ramas la arañaban como uñas, el aire sabía a hierro. El corazón en su pecho: pum, pum, pum.

La silueta de su hermano apareció entre la niebla. Inmóvil, con esa expresión que nunca cambiaba. Ella gritó, pero el grito se quebró. Giró, corrió, y los troncos se alzaban como barrotes, la niebla como muro.

Un destello: luces, voces, sirenas, manos ásperas alzándola.

Después, la habitación blanca, olor a desinfectante, la aguja en el brazo, la sábana áspera contra la piel. Había sobrevivido, decían.

Su hermano junto a ella, con el mismo gesto imperturbable.
—Te llevaremos a casa.

Quiso hablar, pero de su boca salió un sonido seco, como rama al quebrarse. El tobillo palpitaba. Las venas duras, tensas, como raíces.

Buscó una ventana. No había. Solo un resquicio de luz verde, filtrada, como si viniera de hojas.

Parpadeó. El techo se manchaba de sombras, los tubos se arqueaban como ramas, las sábanas ásperas eran corteza.

Quiso moverse, pero sus brazos ya no eran brazos, eran ramas, llamadas al ejército idéntico del hayedo. Comprendió: no estaba en un hospital. Nunca la habían rescatado.

Era un tronco más.

Las estaciones pasaron, sin medida. El frío la endureció, el calor la agrietó, las lluvias la hincharon, el viento la azotó. Solo resistir, en silencio.

Hasta que llegó de nuevo el zumbido. El mismo de su infancia.

No hubo dolor, solo oscuridad. Luego, el taller: barniz, serrín, la madera trabajada.

Y lo supo.

Era una cuna, tallada con paciencia en su carne endurecida.
Dentro, el hijo de su hermano dormía, meciéndose sobre su cuerpo transformado.

El designio era claro: los bosques cubrirían la tierra, y en las casas el linaje dormiría sobre muebles vivos. Hermanas convertidas en vigas, en mesas, en cunas. Nada afuera, nada distinto. Todo haya. Todo familia.

Las manos que acunaban al niño no sabían que lo arrullaban sobre la madera de una hermana borrada.
Y el linaje respiraba así: lo que una vez fue cuerpo se convertía en cuna, lo que una vez fue grito se volvía arrullo.

Y en el silencio de la veta aún murmuraba la voz materna:
—No hagas ruido.

Cuna

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