CAJA
Habían llegado a Capri al mediodía, envueltos por una claridad que parecía venir del mar.
La isla brillaba como una piedra pulida: casas encaladas sobre la roca, buganvillas en cascada, y ese azul tan vasto que obligaba a callar.
Después de dejar las mochilas en el hotel, Luis propuso lo obvio:
—¿Y si damos la vuelta a la isla?
—Solo si prometes no cantar todavía —dijo Rebeca, divertida.
El barco era pequeño, blanco y azul, con un marinero de sombrero de paja y sonrisa irónica.
El motor vibró y la brisa les empapó la piel con sal.
El mar se abría en reflejos metálicos.
A lo lejos, los Faraglioni se levantaban como gigantes de piedra saliendo del agua.
Luis los miraba en silencio, el rostro afilado por la luz.
—¿Sabes? —dijo—. No sabía que el azul podía cansar.
—¿Cansar?
—De tan perfecto. Está en todas partes. Hasta por dentro.
Rebeca lo miró medio sonriendo.
—Entonces no mires.
—No puedo.
—A ver —dijo ella, extendiendo la mano—. Así.
Le tapó los ojos con los dedos. Luis rió, atrapó su muñeca, y el barco se inclinó.
Ambos tropezaron; ella cayó contra él, él la sostuvo por la cintura.
Por un segundo, quedaron suspendidos en una torpeza cómplice.
Luego se rieron, tratando de disimular.
El marinero los miró de reojo desde el timón.
—Attenti, sposini —dijo con una sonrisa—. Che il mare è geloso.
(Cuidado, tortolitos, que el mar es celoso.)
Rebeca se apartó.
—No somos…
—No, claro —interrumpió Luis—. Solo colegas muy bien sincronizados.
El marinero se encogió de hombros y siguió silbando, incrédulo.
Entraron en la Grotta Azzurra cuando el sol empezaba a caer.
El marinero apagó el motor y la barca se deslizó dentro de la roca.
La luz cambió: el agua parecía brillar desde el fondo, como si respirara.
Todo era azul —no color, sino temperatura.
Rebeca rozó el borde del mar con los dedos.
—Parece mentira —susurró.
Luis hundió la mano junto a la suya.
El reflejo les cubrió los brazos, las manos, las sombras.
Ella pensó: ¿Cómo puede el mundo ser tan hermoso un segundo y tan triste al siguiente?
La belleza la sobrecogía y, al mismo tiempo, dolía.
Le pareció que el mar lo sabía.
—Es como si el mar tuviera voz —dijo en voz alta.
—O memoria —respondió él.
El sonido de sus palabras rebotó en la roca y se disolvió en el agua.
Solo quedó el pulso del silencio.
Al caer la tarde, cenaron en una terraza sobre el puerto.
El mantel olía a sol, el vino blanco estaba helado, y el aire tenía gusto a limón.
Rebeca lo observó un momento.
—Tú siempre hablas tan poco.
—Solo cuando no sé qué decir.
—Pues entonces hablo yo, para tapar el silencio. Es culpa tuya.
Luis sonrió.
—Ah, claro. Yo te obligo.
—Sí —insistió ella—. Callarte es una forma de provocarme.
Él la miró divertido.
—Entonces parece que está funcionando.
Ella intentó mantener el gesto serio, pero la sonrisa se le escapó.
Luis jugó con el borde del vaso, marcando un ritmo leve.
—Tengo algo en la cabeza. Una melodía.
—¿Desde cuándo?
—Desde el barco.
Hizo una pausa.
—No la toco todavía.
—¿Por qué?
—Porque aún no sé si es mía —dijo, con una media sonrisa que no le llegó a los ojos—. O si la soñé.
Rebeca lo miró.
Había en su voz una grieta nueva, una ternura que no conocía.
De repente entendió que Luis callaba para no romperse.
Que esos silencios no eran distancia, sino pudor.
Por primera vez, no sintió la necesidad de llenarlos.
—Entonces recuérdala —dijo, bajando la copa—. Por si mañana se te olvida.
Él levantó la mirada, agradecido.
—No creo que se me olvide.
El camarero retiró los platos.
El aire olía a limón y metal.
El silencio entre ellos ya no pesaba: respiraba.
Esa noche, Rebeca salió al balcón.
El mar era una lámina oscura, apenas rota por las luces del puerto.
Abajo, alguien —quizá él— silbaba una melodía parecida a un pensamiento.
Ella apoyó la frente en la baranda, dejando que el viento le pegara la camisa al cuerpo.
El sonido llegaba como una confidencia.
En su móvil, “Caja” empezó a sonar.
Rebeca cerró los ojos.
Y pensó:
Si no es amor, ¿por qué duele?
El mar respondió con un silencio tan hondo que pareció una respuesta.
🎵Epílogo musical del capítulo
“Caja” – Laura Pausini (2022)
Suena Caja.
Habla de lo que guardamos sin querer,
de lo que sigue latiendo aunque creamos haberlo dejado atrás.El mar brilla bajo la última luz.
Una barca se aleja.
Ella sonríe.
Él calla.Algunas cosas no se pierden.
Solo aprenden a quedarse en silencio.
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Una idea sobre “BILLETES DE IDA (Y LO QUE VENGA) – CAPÍTULO 8”
Me encanta 😊
a la espera de más