Imagen cortesía de RebGart Photo (IG: @rebgartphoto)
INCOMPARABLE
Rebeca & Luis: la bahía de Nápoles
—¿Pero no íbamos a Pompeya? —preguntó Rebeca, cuando el cartel de Porto di Napoli apareció como una broma privada del destino.
Luis no apartó la vista de la carretera.
—Demasiado tráfico… y el parking allí es un atraco. Aquí salía más a cuenta.
—¿A cuenta? ¿Un barco en Capri es “a cuenta”?
Él se encogió de hombros, con esa calma que desesperaba.
—El capitán me dijo que tenía wifi.
Rebeca lo fulminó con la mirada, pero al subir al velero se le deshizo la ironía. El olor de las cuerdas empapadas en sal, el crujido de la madera bajo los pies, un capitán con cara de haber sobrevivido a todas las tormentas del Mediterráneo.
Cuando la embarcación rodeó los farallones, Capri se desplegó como un escenario de ópera. Jazmín, limón y mar mezclaban su perfume, y el viento le enredaba el pelo con una dulzura casi insolente. Rebeca cerró los ojos y metió los dedos en el agua helada, como queriendo comprobar que no soñaba.
Por un instante, pensó en Diana.
Si su hija la viera allí, ¿qué pensaría? ¿Que estaba jugando a tener veinte años otra vez? ¿O que, por fin, estaba dejando de ser solo madre?
Se le encogió algo en el pecho.
Luis, sentado en la otra punta, fingía revisar un nudo inexistente. Pero cada tanto levantaba la mirada y la veía sonreír con la naturalidad de quien ha olvidado que sonríe. Entonces respiraba más hondo, como si necesitara recordarse que estaba allí, con ella, y no en otro sitio.
Diana, Pedro & Marco: fuga a Sicilia
En Pisa, la torre inclinada parecía cansada de ser fotografiada. Diana también. Fue Marco quien lanzó la chispa:
—Esta noche hay un ferry desde Livorno. Amanece en Palermo.
—¿Sicilia? —repitió ella, como si fuera un continente secreto.
Pedro abrió los brazos, solemne.
—Exactamente el tipo de error histórico que deberíamos cometer.
Diana dudó apenas un segundo, lo justo para imaginar la cara de su madre si lo supiera. Y dijo:
—Vamos.
La estación nocturna de Livorno era un limbo extraño: fluorescentes parpadeando, maletas golpeando el suelo, olor a pizza fría y a sueño acumulado. Pedro trotaba con una energía absurda, Diana escondía los nervios bajo una risa insistente, y Marco caminaba un paso detrás, cargando la mochila de los tres sin decir palabra.
En cubierta, ya en medio del Tirreno, el aire era cortante y salado. Pedro, envuelto en una manta prestada, desafinaba con entusiasmo O sole mio. Marco, con voz grave, recitaba fragmentos de Sciascia. Diana escribía con letra torcida por el viento:
“Estamos huyendo. No sé de qué, pero huimos. Y el mar lo aprueba.”
El amanecer en Palermo fue un choque frontal: bocinas sin tregua, olor a pescado fresco y gasolina, balcones desconchados con sábanas ondeando como banderas improvisadas. Una anciana gritaba Amore! desde un tercer piso a alguien invisible.
Pedro se inclinó hacia Diana, esta vez sin máscara de bufón.
—Si tu madre supiera dónde estás… ¿sabes qué diría?
—¿Qué?
—Que estás loca. Y que ojalá ella también.
Ella se quedó en silencio, sorprendida, y después rió con ganas. Marco regresó con tres cafés humeantes, los apoyó en una mesa oxidada y, mirándola a los ojos, añadió:
—Aquí no necesitas permiso.
La frase quedó suspendida, como un secreto compartido solo entre ellos dos.
Cierre del capítulo
Capri, al atardecer: Rebeca con los labios salados, la pulsera tintineando al ritmo de las olas, un instante en el que se olvidó de ser madre, profesional, doliente. Solo era ella, viva.
Palermo, al amanecer: Diana riendo con las manos manchadas de café, el pelo alborotado por el viento, sintiendo que por fin estaba escribiendo su propia página.
Dos costas opuestas.
Dos mujeres separadas por un mar y un secreto.
Y Luis, escondido detrás de su fingida indiferencia, como si todo lo que había hecho hubiera sido fruto de la casualidad.
Epílogo musical del capítulo
“Incomparable” – Marco Mengoni
Una canción que habla de lo irrepetible,
de esos momentos que no se pueden copiar ni explicar,
solo vivir en carne y piel.
Habla de la magia que aparece sin plan,
del instante que te desarma cuando menos lo esperas.
De lo único, lo esencial,
lo que no se compara con nada.
Como un barco bordeando Capri al atardecer.
Como un ferry llegando a Palermo al amanecer.
Incomparable.
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