Vuelo 7421: Destino Improvisado
El móvil vibró sobre la mesa de centro con ese zumbido insistente y feo que nunca trae buenas noticias en festivo. A su lado, Ron, que dormitaba panza arriba con la desvergüenza de quien no paga alquiler, apenas abrió un ojo. Pedro, en cambio, sintió el pitido directamente en el estómago.
Al leer la pantalla, el aire de la habitación pareció volverse más frío.
“Baja médica imprevista. Te activamos para el BCN–MEX. Presentación en T1 a las 16:40h. Lo sentimos.”
Pedro dejó caer el teléfono sobre el sofá, como si quemara.
—Cazzo —se le escapó, con ese deje italiano que se le había pegado de tanto escuchar a Marco maldecir cuando perdía la Fiorentina.
Ron detectó el cambio de presión atmosférica. Se incorporó, sacudiéndose la pereza, y apoyó el hocico pesado sobre la rodilla de su humano. Pedro le rascó detrás de la oreja con desgana, sintiendo ya el peso del uniforme.
—Lo siento, gordo. Papá Noel no viene este año. Papá Pedro se va a servir “pollo o pasta” a doce mil metros de altura mientras tú te quedas mirando la puerta.
En Radio Ráfaga…
El espíritu navideño murió de una hemorragia súbita en cuanto Marco leyó el mensaje.
—Se lo llevan —dijo, lanzando el móvil sobre la mesa de mezclas con un golpe seco—. Vuela a México en tres horas.
Rebeca, que estaba intentando colgar una guirnalda en el micrófono de Luis, se quedó con el brazo en alto, petrificada.
—¿Cómo que se lo llevan? ¿Hoy? ¿Ahora?
—Es la vida del reserva —murmuró Luis, frotándose el puente de la nariz con gesto cansado—. Te llaman y vas. Es una mierda, pero es lo que firma en el contrato.
Marco se pasó las manos por la cara, despeinándose por pura frustración.
—Le dije a mi mamma y a mi hermana que no iba a Florencia porque quería quedarme aquí con él. Les dije que esta era mi Navidad. Y ahora voy a cenar mirando a la pared del salón. Fantástico. Bravissimo.
El silencio que siguió fue espeso, de esos que huelen a mazapán rancio y decepción.
Hasta que Diana, desde su esquina, vio ese brillo característico en los ojos de Rebeca. El brillo del peligro.
—Rebeca, no. Lo que sea que estés pensando, no.
—Diana —dijo Rebeca, ignorándola y abrochándose el abrigo con la determinación de un general en batalla—. Busca vuelos. Nos vamos a México.
Luis soltó una carcajada nerviosa que se le estranguló al ver que nadie más se reía.
—¿Me estás diciendo que quieres cruzar el Atlántico, gastarte el sueldo de un mes y meterte en un tubo de metal diez horas solo porque se ha ido un auxiliar de vuelo? ¡Que vuelve en dos días, por el amor de Dios!
—Luis —respondió Rebeca, mirándose las uñas—, es Navidad. La lógica se ha ido de vacaciones. Diana, ¿hay sitio?
Diana tecleó a la velocidad de la luz.
—Quedan cuatro billetes. Tarifa completa. El precio es un atraco a mano armada.
Marco se levantó de la silla como un resorte.
—Lo pago yo. Me da igual lo que cueste. No le voy a dejar solo esta noche.
—Muy romántico todo, Romeo —interrumpió Luis—, ¿pero qué hacemos con el perro? Porque no veo a Ron facturando su propia maleta en la T1 y tú no tienes familia en este código postal.
Marco se congeló. La realidad logística le golpeó en la cara.
—Mierda. Es verdad. No podemos dejarlo solo.
Luis suspiró, esa clase de suspiro que contiene toda la paciencia del mundo.
—Llamad a Carmen.
—¿Quién?
—La vecina del cuarto, la señora mayor —explicó Luis—. Pedro me contó el otro día que le da galletas de estraperlo cuando se cruzan en la escalera. Esa mujer tiene más amor por los perros que por los humanos, y está sola. Tiene llave por si hay fugas de agua. Llamadla.
Marco ya estaba marcando el número de Pedro con manos temblorosas.
—Luis, si esto sale bien, te pongo un altar en la entrada.
—Con que no me hagáis hablar con nadie durante el vuelo me conformo.
La entrega de Ron fue una operación militar exprés. La señora Carmen abrió la puerta con un delantal de flores y la sonrisa de quien, por fin, tiene una excusa para sacar los dulces buenos. —¡Ay, el rosset! —exclamó al ver al perro—. Pasa, pasa, hijo, que tengo la calefacción puesta.
Ron entró en el piso como si fuera un rey conquistador reclamando sus tierras. En cuestión de cinco minutos, el golden retriever ya había reorganizado la vida de Carmen: localizó sus zapatillas de felpa, descubrió la bandeja de turrón de Jijona que estaba prohibida (y se comió un trozo antes de que nadie pudiera reaccionar), activó la tele pisando el mando a distancia y declaró la alfombra persa como territorio independiente para revolcarse.
Carmen lo miraba con una mezcla de horror y adoración absoluta. —Ay, criatura… si fueras persona, tendrías a media escalera detrás de ti. Ron movió la cola, golpeando un jarrón que, milagrosamente, no cayó. Estaba en el paraíso.
Mientras tanto, la Terminal 1 era el escenario de una pesadilla festiva. Pedro caminaba hacia el control de empleados arrastrando la maleta y el alma. A su alrededor, familias felices con gorros de Papá Noel se abrazaban. Él solo quería meterse en la cama y despertar el día 26.
Justo cuando iba a cruzar el arco de seguridad, oyó el grito. —¡¡PEDRO!!
Se giró, esperando alguna alucinación por estrés. Pero no. Allí venían. Parecían el elenco de una película de comedia de bajo presupuesto: Marco y Diana corrían sorteando maletas; Rebeca trotaba intentando no perder la dignidad ni los tacones; y Luis caminaba rápido detrás, con cara de preguntarse en qué momento su vida había tomado ese rumbo.
Eran ellos. Sus locos.
Rebeca llegó la primera.
—Cariño, tenemos billetes. Nos vamos contigo. ¡Ándale!
Pedro abrió la boca, pero no salió nada.
—¿Estáis… estáis completamente locos?
—Confirmamos —dijo Luis—. Y que conste en acta que yo hago esto bajo coacción emocional.
Marco llegó jadeando.
—Ron está con Carmen. Luis lo arregló todo. Tiene comida y cama.
—Marco… esto cuesta una fortuna… y tu familia…
—Me quedé en Barcelona por ti, Pedro —le cortó Marco, mirándole a los ojos—. Si tú te vas a México, yo me voy a México. Non ti lascio solo.
Pedro sintió un nudo en la garganta. De los gordos.
—Sois un desastre. El mejor desastre que me ha pasado en la vida.
—¡Venga, menos telenovela! —gruñó Luis—. Que como pierda un vuelo en el que ni siquiera quería estar, quemo la ciudad.
Siete horas después, el Boeing 787 cruzaba el Atlántico envuelto en la oscuridad. La mayoría de los pasajeros dormían. Pedro descorrió con cuidado la cortina del galley trasero.
Allí estaban sus cuatro polizones emocionales, apretujados entre carritos de bebidas y hornos.
Luis dormía de pie apoyado en una salida de emergencia.
Diana escribía en una servilleta.
Rebeca se retocaba el pintalabios en el reflejo metálico.
Y Marco… Marco lo miraba con la mirada más bonita del mundo.
Pedro sacó chocolates y vino en vasos de plástico.
Brindaron en silencio.
Marco rozó sus dedos con los de Pedro.
—Feliz Navidad, amore.
Pedro pensó en Ron, en Florencia, en la locura que era todo aquello.
—Gracias por venir —susurró.
—Calla y sirve más vino —bostezó Rebeca—, que Luis ha empezado a roncar y esto va para largo.
Pedro sonrió. Era Nochebuena, le dolían los pies y estaba trabajando.
Pero no estaba solo.
Epílogo: Ron y la Señora Carmen salvan la Navidad
La señora Carmen jamás habría imaginado que un solo perro pudiera llenar tanto espacio. Por la noche, mientras ponían la gala musical de la tele, Ron decidió que el suelo era demasiado duro para un aristócrata como él.
Carmen le preparó una manta en la alfombra. Ron la miró. La evaluó. La ignoró. Y de un salto, se subió al sofá junto a ella, apoyando su enorme cabeza dorada en el regazo de la mujer.
Carmen se quedó quieta un segundo, sorprendida, pero luego su mano fue directa a acariciar el pelaje suave. —Mira que no me gustan estas fiestas… —le susurró al perro, con la voz temblorosa—, pero contigo aquí es otra cosa, ladrón.
Cuando llegó un mensaje de Pedro al móvil de Carmen que decía: “Dile a Ron que lo quiero. Feliz Navidad, Carmen”, el perro lamió la pantalla del teléfono. Carmen se rió, una risa que hacía años que no retumbaba en ese salón.
Esa noche, cuando Carmen apagó la luz de su dormitorio, notó un peso extra en los pies de la cama. —Pero bueno… ¡esto no estaba en el trato! —protestó ella sin fuerza real. Ron suspiró, haciéndose el dormido con un arte dramático digno de un Óscar. Carmen sonrió en la oscuridad y se tapó. —Venga, va… quédate. Pero no me quites la manta.
Y así, mientras Pedro cruzaba el océano y sus amigos dormían en posiciones imposibles en un avión, una señora mayor y un perro travieso descubrieron que, a veces, la Navidad no es más que tener a alguien que te caliente los pies en la cama.
4 ideas sobre “BILLETES DE IDA (Y LO QUE VENGA)- CAPÍTULO 13- ESPECIAL DE NAVIDAD”
Brutal María, muy emotivo. Aquí estamos tres amigos riendo. Tiene magia de navidad, enhorabuena jefa. Pregunta: El siguiente capítulo para cuando?
Gracias de corazón. Saber que estáis tres amigos riendo juntos con la historia es un regalo enorme. Esa magia de Navidad que mencionas era justo lo que quería transmitir, así que no sabes la ilusión que me hace leerlo. Dadme un poquito más y muy pronto podréis seguir leyendo.😜
Me ha encantado esta narración de Navidad la señora Carmen y Ron le dan una chispa brillante
Enhorabuena
Muchísimas gracias. Me alegra un montón que te haya gustado la narración y que la señora Carmen y Ron te hayan transmitido esa chispa brillante de Navidad. Comentarios así animan a seguir escribiendo con el corazón. Gracias por leer y por tus palabras.