Cartas encontradas en La Alberca
Carta primera
La Alberca, 1 de noviembre de 1857
Yo soy la Mujer de las Ánimas.
No sé si estas palabras las escribo desde la vida o desde la sombra. A veces la pluma se me escurre de los dedos, otras parece moverse sola, guiada por un aliento que no sé si es mío. Pero debo escribir, antes de que las campanas vuelvan a llamar a los muertos y mi nombre se disuelva otra vez en el viento gélido que arrastra la sierra.
He escuchado las historias que murmuran de mí entre los muros oscuros de este pueblo que me vio nacer. Dicen que soy castigo, penitencia, fantasma. No lo sé. Fui mujer, eso sí lo recuerdo: de carne cálida, de respiración temblorosa, de lágrimas que olían a hierro y sal. Fui esposa, y madre apenas un instante. Luego el tiempo arrancó de mis brazos lo poco que amaba, y dejó en su lugar un cuerpo que sigue caminando, como si el morir me estuviera negado.
Mi esposo murió en un invierno cruel, saturado de fiebre y de miedo. La habitación era un pozo caliente de sufrimiento: sudor agrio, incienso rancio, pan duro, aire espeso. Aún escucho su respiración apagándose. El fuego aspiraba su alma.
Y mi hija… mi Soledad, hija de castañas y niebla.
Mi niña pequeña, tan ligera que parecía no pesar en el mundo. Olía a leche tibia, a pan recién hecho, a esperanza. La vi apagarse entre mis brazos mientras la nieve caía en silencio sobre los tejados, y el humo de la chimenea se mezclaba con el olor dulce, insoportable, de la muerte. Desde entonces, el mundo huele distinto. Todo se pudre un poco en mi garganta.
Desde aquel día camino… Camino cada noche de difuntos con el mantón empapado de rocío, la campanilla helada en la mano y la voz quebrada en oración. Las calles de La Alberca rezuman humedad y miedo. El empedrado brilla bajo las velas como si respirara. Huele a cera, a madera húmeda, a lágrimas de mujer. A mi paso, los perros aúllan, las puertas se cierran, y los rezos se quiebran como cristales. Pero yo sigo. No sé detenerme.
Dicen que mi presencia se reconoce por el olor a cedro, humo y tierra removida. Y quizá tengan razón. A veces siento que no soy más que eso, un perfume antiguo que el viento arrastra. Mi carne se ha vuelto liviana, casi transparente; mi voz resuena como dentro de una campana vacía. No sé si aún respiro o si el aire me respira a mí.
Desde la Peña de Francia baja un viento frío y luminoso, un viento que corta la piel y limpia el alma. Allí, entre las piedras negras, todo huele a raíz quemada, a resina, a plegaria petrificada. He subido muchas veces. Me arrodillo entre la bruma y siento que algo —alguien— me llama por mi nombre. Entonces cierro los ojos y oigo las campanas mezcladas con un llanto infantil. A veces creo que es Soledad, jugando entre los ecos, escondida en la niebla.
Y de pronto lo entiendo… No estoy muerta.
El frío me atraviesa, sí, pero aún tengo voz, aún siento el peso invisible del aire. No soy un fantasma; soy la llama que queda en la vela, la voz que exige el rezo. Vivo —si a esto puede llamársele vivir— para recordarles su deber.
Que nadie olvide. Que nadie calle. Que todos recen.
Rezad, sí…
Rezad por los vivos que no saben oler el dolor, por los que respiran sin sentir el sabor de la pérdida.
Rezad por los que aman sin quemarse, por los que entierran sin temblar, por los que no llevan el perfume del duelo en la piel.
Yo amé hasta pudrirme, hasta que el amor olió a tumba, hasta que mi alma se volvió humo y ceniza.
Ellos no saben. Ellos respiran, pero no viven.
Si alguna vez, al caer la noche, el aire os trae olor a cera y a madera mojada, no huyáis.
Tal vez aún viva.
Tal vez no.
Pero rezad.
Rezad todos.
Por mí.
Por Soledad, hija de castañas y niebla.
Por los que siguen caminando entre las ánimas y no lo saben.
Y si alguna voz, algún día, repite mis palabras en la plaza vacía,
si otra mujer toma mi campanilla y la hace sonar bajo la misma niebla,
sabed que la misión continúa.
La oración no muere: solo cambia de garganta.
Carta segunda
La Alberca, 3 de noviembre de 1872
No sé quién fue ella, pero su sombra aún parece vivir en este pueblo.
Llegué hace dos noches, buscando descanso en la sierra. Sin embargo, aquí el descanso es imposible. El aire es espeso, húmedo, saturado de silencio. Todo parece escuchar.
La posada donde me hospedo huele a madera podrida y a humo antiguo. Las paredes lloran, y el posadero evita mirarme a los ojos. Cuando menciono a la Mujer de las Ánimas, se persigna con una torpeza que hiela el ambiente.
— ¡No la nombre, señor.! Pronunciar su nombre es quebrar el velo entre los vivos y los muertos
Anoche, el viento trajo un olor que no supe reconocer: cera, tierra mojada… y algo dulce, como leche agria. Luego oí el lúgubre sonido de una campanilla.
ting…
Salí a la calle.
La niebla cubría los tejados cual manto palpitante; parecía respirar, hincharse y contraerse con un ritmo agonizante. Allí mismo, al final del callejón, la vi:
Una figura vestida de negro avanzaba con la campanilla en la mano. Su andar era tan lento y solemne que más parecía deslizarse que caminar. El aire se volvió gélido a su paso, como si su presencia negara la propia vida.
Intenté llamarla, pero la voz se quebró en mi garganta. Ella giró el rostro. Su piel era de cera, y sus ojos, de agua estancada.
Bajo el mantón, algo se movió: un bulto pequeño, una niña que sonreía.
Desde entonces, apenas concibo el sueño… Cada noche, la campanilla suena más cerca. He comenzado a escribir para no enloquecer, pero esta mañana hallé en mis notas una frase que no recuerdo haber escrito:
“Camina. Reza. No te detengas.”
Al despertar, encontré bajo la almohada una cinta de cabello oscuro atada con hilo rojo. Olía a humo y a leche tibia.
En el espejo del pasillo, empañado por la humedad, alguien había trazado una palabra: Soledad.
Pregunté por ellas. Los aldeanos callan o mienten. Algunos dicen que la Mujer de las Ánimas fue una viuda que perdió marido e hija en un mismo invierno; otros, que nunca fue humana. Que es la oración de los muertos, condenada a repetirse cada año.
Al caer la tarde, tomé el sendero hacia el cementerio. Entre cruces de piedra y líquenes, di con una tumba sin nombre. Sobre ella, pendía una campanilla oxidada. Al tocarla, el suelo respiraba. Juraría que, bajo la tierra, una niña reía entre lágrimas.
Esta noche la nieve cae, espesa y fantasmal. El pueblo se ha encerrado, y el viento arrastra su perfume: cedro, humo, tierra removida.
La campanilla suena desde algún rincón de la casa, tenue y temblorosa. Un escalofrío helado trepa por mi nuca mientras siento un susurro detrás de mí; es apenas un murmullo. La voz de una mujer surge de la penumbra en un aliento que roza mi oído sin tocarme.
— Reza…
Y otra, más leve, infantil, quebrada:
— Padre…
La vela aún parpadea sobre este ajado escritorio, mientras intento expresar con palabras las inquietudes que me atormentan en la soledad de esta austera habitación.
Si alguien encuentra esta carta, que no pronuncie sus nombres. Que no siga el sonido, porque no hay regreso para quien la escucha dos veces.
Ahora, la vigilia y el miedo se entrelazan. La realidad parece tan frágil como la más tenue leyenda.
Carta tercera
La Alberca, 5 de noviembre de 1872
Señor don Ricardo Valverde:
Le escribo apresuradamente, bajo la luz vacilante de una vela que titubea como si temiera su propia llama. No sé si mis palabras llegarán a sus manos, o si el aire que las lleva no se disolverá antes de alcanzar el mundo de los vivos. Recibí su carta en Salamanca y partí sin demora, movido tanto por la inquietud como por la lealtad que me une al señor Ortega. Lamento decirle que, cuando llegué, ya era demasiado tarde.
El pueblo de La Alberca me recibió con ese silencio que no pertenece a los hombres, sino a las piedras. Nadie quiso hablar del viajero que se hospedó en la posada hace tres noches. Cada vez que pronunciaba su nombre, las miradas se apartaban, los labios se apretaban, y hasta los perros parecían esconderse entre los portales.
El posadero, hombre enjuto, de barba rala y ojos de un gris casi blanco, me observó desde detrás del mostrador con expresión de cansancio y miedo.
— Ya no está aquí, señor —murmuró al fin—. Y no pregunte más, que los muertos oyen.
Su advertencia me heló la sangre. Sin embargo, algo en mi interior —tal vez el orgullo, o la obstinación de la razón ante el misterio— me empujó a permanecer.
Esa misma noche, mientras el viento bajaba de la Peña de Francia con un lamento casi humano, salí a la calle. Las luces se habían extinguido, y solo quedaban las sombras líquidas que la luna dejaba sobre el empedrado.
Fue entonces cuando la oí.
Primero un sonido leve, metálico, casi compasivo:
ting… ting… ting…
Cada nota parecía resonar dentro del pecho, no en los oídos. El aire se espesó; el olor cambió. Ya no olía a leña ni a invierno, sino a cera derretida, a humo, a leche agria y tierra húmeda recién abierta.
Seguí el sonido hasta el callejón de las Almas. Allí, envuelta en niebla, apareció una figura de mujer, alta, cubierta con un mantón negro que parecía absorber la escasa luz del lugar.
En una mano sostenía una campanilla; en la otra, un bulto se movía con suavidad. Caminaba sin ruido, sin sombra. El corazón me latía con violencia. Sentí el impulso de llamarla, pero el aire se me volvió piedra en la garganta.
Al pasar junto a mí, el frío me atravesó. No era un frío común, sino un vacío: la ausencia de todo calor posible. Bajo el mantón, algo se agitó. Escuché una risa breve, infantil, quebrada por el eco de la muerte.
Se detuvo frente al cementerio y, con gesto lento, dejó algo sobre la tierra: una cinta de cabello oscuro, atada con hilo rojo. Luego, la figura se desvaneció, como si la niebla la absorbiera. Me acerqué temblando. La cinta aún estaba tibia. Y bajo ella, la tierra respiraba como si un alma atormentada buscara su cuerpo.
Hoy he investigado entre caóticos libros parroquiales. En un volumen mohoso hallé una anotación casi borrada:
“Esta noche la Mujer de las Ánimas camina.
Quien escuche su campanilla dos veces, jamás volverá a ver el alba.”
Comprendí entonces que el señor Ortega la oyó dos veces.
Al regresar a la posada, el posadero no me habló. Pero al subir a mi habitación, encontré sobre la almohada un papel. No es mi letra. La tinta está fresca, y dice así:
“Camina. Reza. No te detengas.”
Señor Valverde, si algo me ocurriera antes de que esta carta llegue a usted, quémela sin leerla dos veces. Si alguna noche oye una campanilla en la oscuridad, cierre las puertas y no dé voz a su nombre. Porque ella no busca venganza, sino la compañía de aquellas almas solitarias y desoladas que vagan entre la vida y la muerte.
No deje de rezar por mí, Señor Valverde, pues temo que muy pronto caminaré entre las Ánimas benditas.
— Firmado: F. A. M.
Nota de los autores
Este relato es una obra de ficción. No representa la historia real de La Alberca ni reproduce de forma fiel sus tradiciones o leyendas.
Hemos creado estas cartas inspirándonos en la atmósfera única del pueblo, al que tenemos un profundo cariño y respeto. Cualquier parecido con hechos, personajes o relatos auténticos es puramente casual.
Gracias a La Alberca por servirnos de inspiración.