Aviso de Contenido
Este relato contiene elementos de terror psicológico, sensaciones corporales intensas y atmósferas inquietantes.
Si eres sensible a este tipo de contenido, léelo con precaución o siéntete libre de saltarlo.
La canción no empieza; te cae encima. La primera nota revienta en el local y se me clava en el pecho, justo ahí donde duele cuando te falta el aire. Nada de ventanas abiertas ni brisas suaves; es un golpe seco. Supongo que estoy tan harta de aguantar el tipo que cualquier golpe me atraviesa.
Entonces sale ella a la luz. Flaca, ojerosa, con una pinta de haber visto cosas que te quitarían el sueño. No sonríe, ni saluda, ni falta que hace. Abre la boca y el bar se calla de golpe. No es respeto, es instinto. La gente no baila, se inclina hacia el escenario como si algo los arrastrara. Hasta yo, que siempre estoy a la defensiva, siento que me pesan los párpados.
A mi lado, la chica de la mandíbula torcida se ha quedado quieta. Demasiado quieta. Intenta decirme algo y solo le sale un ruido húmedo, pastoso. Antes de que pueda preguntar qué le pasa, la cantante suelta otra nota. Esta no golpea. Esta raspa. Se siente como si me pasaran un dedo helado por la nuca. Alivia, sí, pero de una forma que da mala espina.
Las sombras del fondo se alargan.O quizá es el cansancio… o algo que no quiero nombrar. Ella levanta la vista y me clava los ojos. Me recorre un escalofrío, de esos viejos, de cuando eres un crío y tienes miedo a la oscuridad. Extiende la mano. No está pidiendo nada. Está cogiendo.
Siento un calambre en la clavícula. Rápido, sucio. La melodía se me mete dentro como un parásito buscando sitio. Y la dejo. Estoy reventada, no tengo fuerzas para pelear con una canción. La chica de al lado me agarra la mano; tiene los dedos congelados, pero aprieta con una delicadeza que no le pega. Ahí me doy cuenta: no quieren romperme. Quieren reciclarme. Mi cansancio era la puerta y se han metido en todas mis grietas.
La música me sube por la garganta, no sé si expulsarla o dejar que me use para salir. Me toco el cuello. Normal. Sin marcas. Mentira. Debajo de la piel late algo que no es mío.
Un parpadeo y el escenario está vacío. Se ha largado sin decir adiós. Pero la voz sigue. No en los altavoces, sino detrás de mis dientes, ocupando el hueco donde antes vivía mi pena. Ya no es mi voz. Y creo que ya no me importa.
3 ideas sobre “La Voz que me eligió”
Grande María, una vez más consigues poner los pelos de punta. Una gran historia y una gran ambientación. Aquí en medio del desayuno estamos hoy leyéndote y comentado. Felicidades jefa, deseando leer lo siguiente que hagas
Gracias por leer, por comentar y por ese cariño tan generoso. Prometo seguir escribiendo con la misma ilusión… o más😘
Hola, María, me gusta/incomoda esa ambientación, sin escapatoria, con atracción irresistible por algo que podría ser muy perjudicial.
Quieres gritarle «sal de ahí antes de que sea demasiado tarde» y a la vez «quédate y déjame saber qué pasa y qué sientes».
Un abrazo.