Se sentaron en una terraza al borde de una plaza pequeña, de esas que sólo existen si uno llega por casualidad. El banco torcido. El murmullo amable de libros y pasos. Y ellos tres, como cada 23 de abril, desde hacía tres años.
Pidieron un vermut que sabía a gloria, le pusieron unas aceitunas sin hueso que devoraron porque no habían comido en todo el día. Las bolsas de tela descansaban a sus pies como si también tomaran el vermut con ellos. Cada una contenía un fragmento de alma: su ofrenda al ritual del día.
—Yo he encontrado esta joya —dijo Bram, sacando con un cuidado casi reverencial una edición antigua de Drácula, en inglés, con las tapas negras como medianoche.
—Pero tú no sabes inglés —dijo riendo Edgar, entrecerrando los ojos.
—Precisamente por eso me gusta más. Es como tener un secreto sin saber qué dice —respondió Bram, satisfecho.
—Qué misterioso —comentó Virginia, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Y tú, qué llevas ahí? —preguntó Bram, apuntando a la mochila de Edgar.
Él sacó un pequeño tomo encuadernado a mano, con hojas amarillentas como si hubieran sobrevivido una tormenta de polvo y tiempo.
—Cuentos de Edgar Allan Poe. Traducción castellana. Edición de 1899. Inéditos, o casi. El tipo que me lo vendió hablaba como si tuviera telarañas en los bolsillos.
Virginia silbó.
—Y tú criticando a los que compran libros que no van a leer.
—Yo sí los leo. Solo que despacio. Son joyas literarias. Los clásicos no se devoran: se mastican con calma, y sin distracciones.
Virginia sonrió con suficiencia y extrajo su propio tesoro: una edición única y artesanal de Al faro, de Virginia Woolf. El nombre “Virginia” caligrafiado en dorado en la portada.
—Ya lo sé, sé que no os gusta, pero no podía dejarlo en la tienda a que una Instagramer se lo llevara —dijo. Bram sonreía porque sabía que estaba encantada de tener esa joya para ella.
Se quedaron un rato contemplando los libros, como si hubieran llevado hasta allí trozos de sí mismos. Obras que no se leen para olvidar, sino para recordar que uno también es libro por dentro: lleno de márgenes, tachaduras, y alguna frase que duele de tan cierta que es.
Habían cargado autores como quien carga reliquias: Poe, Stoker, Woolf, Radcliffe, Shelley. Los muertos con más vida.
Virginia se estiró en su silla de hierro como si estuviera en su salón, con bata y todo.
—Lo que siempre me hace gracia —dijo— es que los dos presumís de ser hombres de pocas palabras…
Bram y Edgar la miraron de soslayo.
—Pero basta con que estemos los tres juntos para que habléis como dos jubilados en un banco. Entre silencios dramáticos y anécdotas de hace cinco siglos, no me dais respiro.
—Es el entorno —replicó Bram—. Contigo nos sentimos en zona segura.
—Zona segura no —corrigió Edgar—. Zona literaria. Aquí las palabras no se malgastan. Se invierten. Se viven.
—Sí, claro —dijo Virginia—. Os ponéis poéticos y no hay quien os calle. Deberíais venir con índice temático.
Rieron. Esa risa conocida, sin esfuerzo, sin guión. La que no se fuerza ni se repite. La que solo ocurre cuando uno se ha reído ya muchas veces antes.
Sobre la mesa, el pan con tomate ya casi acabado; las migas, como pequeñas ruinas, hablaban de un festín breve pero honesto. Todo tenía un aire ritual. Un eco lento. Como si cada gesto llevara años repitiéndose.
Virginia giró su copa con suavidad.
—¿Y cuándo empezamos a escribir nuestro libro?
Bram levantó una ceja. Edgar se quedó callado un segundo. Luego, con tono grave y ligeramente teatral, dijo:
—Tengo una idea…
Virginia y Bram se miraron, y estallaron en carcajadas. De las que cortan el aire y despiertan a los muertos.
Edgar sonrió, resignado.
—Qué malos sois —dijo, con una sonrisa—. Me gustaría hacer algo de terror gótico clásico. Algo con vampiros. O mejor aún, un castillo.
—Tú siempre quieres un castillo —respondió Virginia.
—Claro, no me dan miedo los fantasmas. Me dan miedo los que respiran.
Se hizo una pausa suave, como si alguien hubiera cerrado un libro con cuidado.
Virginia bebió el último sorbo de su copa.
—¿Os acordáis del primer año?
—Cómo no —dijo Edgar—. Cuando inventaste lo del Guardián de la llave.
Virginia asintió, cruzando los brazos.
—Cada año, uno distinto. El primero fui yo. El segundo, Edgar. Y este año le toca a Bram. No hay escapatoria.
Bram tragó saliva con lentitud, como si acabara de darse cuenta de que tenía una ceremonia entre manos.
—El primer año fue una muy buena sorpresa. El tuyo, Edgar, fue perfecto. Este año no sé si estaré a la altura…
—No se trata de altura —dijo Virginia—. Es presencia. Vosotros sois mis amigos más lejanos, pero también los más cercanos. Esto lo hacemos por eso.
—A mí me costó no contaros nada del podcast —admitió Edgar—, pero me encantó preparar algo solo para vosotros. Lo volvería a hacer sin dudarlo.
Bram se quedó serio, mirando a sus dos amigos con algo hondo en la mirada.
—No sé si os gustará. Pero está hecho con cariño. Y con respeto.
Virginia se incorporó bruscamente, mirando su reloj con una expresión casi litúrgica.
—¡Son las 23:15! Tenemos que irnos ya.
—¿Llevas la llave? —preguntó Edgar.
Bram no respondió con palabras. Solo asintió, metiendo la mano en el bolsillo interior de su abrigo. La llave era real. Fría. Antigua. Tenía el peso de algo que no se había usado para abrir, sino para recordar.
Se levantaron los tres a la vez, como si estuvieran sincronizados. Dejar la plaza fue como cerrar la última página de un libro leído en voz baja.
Caminaron sin necesidad de preguntar hacia dónde. No por costumbre, sino por acuerdo. El aire se había vuelto más denso, como si supiera lo que vendría.
Las sombras parecían haberse estirado un poco más, apenas perceptibles, y las farolas iluminaban con esa pereza propia de las horas que ya no pertenecen del todo al día ni a la noche.
Cruzaron callejones en silencio. Como cada año, como si los esperara alguien. O algo.
La primera vez que alguien sostuvo la llave fue Virginia. Y no fue sólo por azar. Ella la encontró, o la llave la eligió —como esas cosas que parecen suceder en los cuentos que uno no quiere olvidar nunca.
Aquella noche, hace tres años, Virginia no llevaba solo unas velas ni un mapa secreto. Llevó un texto. Un relato escrito a mano, en tinta negra sobre papel reciclado, doblado con cuidado de alquimista. Lo tituló Donde se cruzan las primaveras y lo leyó en voz baja, rodeada de tumbas antiguas que parecían inclinarse para escuchar.
Era un cuento, pero también era una carta. Y también era una promesa. Hablaba de amistad, de vidas que se cruzan en puntos exactos del tiempo. De tres personas que se conocieron cuando ya parecía tarde para conocer a alguien con quien reír hasta doler el estómago. Era su manera de decirles —sin tener que decirlo— que los quería. Que eran su familia elegida. Que había luz incluso en la noche más larga.
Edgar se lo quedó aquella noche. Lo guarda como quien guarda un amuleto. A veces, cuando tiene insomnio, lo relee y cree oír su voz.
El segundo año, el guardián fue Edgar. Que, fiel a su estilo, hizo un podcast. Lo tituló Ann Radcliffe; Madre del Terror Gótico. Lo publicó sin dar aviso. Lo escucharon solo ellos tres… al principio.
Recordaba, por ejemplo, la discusión acalorada que tuvieron una noche sobre Los misterios de Udolfo. Virginia lo defendía con pasión, diciendo que era una obra adelantada a su tiempo, “una joya del gótico sentimental con más capas que una cebolla victoriana”. Bram, en cambio, aseguraba que era “un catálogo interminable de suspiros, lloros, puertas que crujen y gente que se desmaya sin motivo”.
—Yo solo intentaba leer en paz —intervenía Edgar en el podcast, con su voz resignada—, cuando acabé gritando:
¡¡¡Traedme a Ann Radcliffe y lo resolvemos como se hacía en el siglo XVIII!!!
También mencionaba los momentos técnicos:
—Una vez el canal fallaba tanto que estábamos invocando a alguien. Parecía que estuviera conectado con el Más Allá. Juraría haber oído a Poe toser.
Lo curioso fue que aquel episodio, íntimo y lleno de guiños que solo ellos entendían, se convirtió en el más escuchado de todos sus podcasts. Como si el mundo entero, por un momento, hubiera querido entrar en su pequeña habitación secreta.
Este año, Bram sostenía la llave.
Caminaron sin palabras, porque ya no eran necesarias. El camino era largo, entre sombras que se doblaban sobre sí mismas, entre callejones donde el tiempo parecía haberse detenido por pudor.
Llegaron al cementerio antiguo, ese que fue olvidado cuando las tumbas modernas lo desplazaron, como si la muerte también tuviera moda.
Las lápidas estaban desgastadas, cubiertas de musgo. El aire tenía olor a tierra dormida. Allí aún quedaban huesos. Y recuerdos. Y pactos.
El mausoleo estaba escondido. Ninguna señal indicaba su presencia. Solo ellos sabían cómo llegar. Lo habían recorrido ya con la precisión de una costumbre sagrada: tres giros, dos escalones ocultos, un pasillo bordeado de cipreses que parecían mirarlos.
Bram se adelantó. Sacó la llave, y abrió la puerta. Encendió las velas, y con voz solemne dio la bienvenida al más puro estilo Stoker:
—“Bienvenido a mi morada. Entre libremente, por su propia voluntad, y deje parte de la felicidad que trae.”
Virginia y Edgar entraron muy sonrientes, les hizo mucha gracia la actitud solemne de Bram.
Dentro, el aire era frío y espeso, como si alguien hubiese apagado la vida con un interruptor secreto. Tres sillas. Una mesa. Y una promesa no escrita.
Bram abrió su mochila y extrajo una caja envuelta en tela negra. La colocó en el centro, con ceremonia.
—Esto es para vosotros. Algo nuestro. Algo único.
Virginia y Edgar se inclinaron. Dentro de la caja había tres pequeños libros encuadernados en cuero oscuro. Cada uno llevaba un símbolo distinto, grabado a fuego, y un título:
NoxQuimia.
—Es nuestro lugar. Nuestro refugio nocturno. Donde se cruzan las palabras y la oscuridad. Donde podemos ser nosotros mismos, sin importar lo que piensen de nosotros.
Virginia tragó saliva. Edgar no dijo nada. Ambos tenían los ojos brillantes, y el silencio se volvió una forma de gratitud.
Fue entonces. Un chirrido seco.
La puerta del mausoleo, que ellos mismos habían cerrado, comenzó a abrirse despacio. Como si la piedra recordara su oficio. Como si alguien más tuviera llave.
Los tres giraron al mismo tiempo.
Una sombra oscura, alargada y delgada como un pensamiento, cruzó de un lado a otro por el cementerio. Sin rostro. Sin peso.
Un escalofrío recorrió todos sus cuerpos. Las velas parpadearon. El aire se heló. Era como si el invierno hubiera llegado sin avisar.
Los tres se miraron. Estaban asustados, pero también emocionados, de que por fin algo se les manifestara.
Primero fue Virginia quien se acercó a Bram, con paso lento, casi reverente. Luego lo hizo Edgar, en silencio, como si cada movimiento dijera más que las palabras. Y, finalmente, Bram, que seguía en el centro de los tres, aferrado a la caja como si en ella pudiera contener no solo los libros, sino también la promesa de algo sagrado.
Y sin decir palabra —como ocurre cuando el miedo es antiguo— supieron que no estaban solos. Y que el cementerio quería manifestarse a su manera.
Nota del autor (o algo así):
Todo lo que aquí se narra es producto de mi imaginación… o eso me digo para poder dormir tranquilo por las noches.
¿Realidad o ficción? A estas alturas, ni yo lo tengo del todo claro.
Primero, mis agradecimientos:
A Virginia, por darme su bendición para seguir con esta historia (aunque se la pedí hace siglos y su respuesta fue un “haz lo que quieras, pero que esté bien escrito”). Espero haber estado a la altura.
A Edgar, el extremeño más literario que he conocido, por conectarnos con el gran Poe… aunque, seamos sinceros, cada vez que dice “tengo una idea”, todos nos echamos a temblar y a reír al mismo tiempo.
Y a vosotros —sí, vosotros dos—, gracias por estar siempre, incluso cuando no sabéis que lo estáis.
Con cariño, oscuridad y un punto de locura,
Bram (o Fran Nox, según el día… y el café).
3 ideas sobre “DONDE SE CRUZAN LAS PRIMAVERAS. SEGUNDA PARTE.”
Segunda parte muy buena.Felicidades al autor
Muchas gracias Maria, es un relato muy especial
Donde se cruzan las primaveras segunda parte, gran relato de la amistad y cómo te atrapa con su narrativa excelente .