Febrero no llegó con frío, sino con una claridad cruel.Mis ojos se volvieron demasiado precisos: empezaron a ver los hilos tensos de las intenciones, la humedad secreta de las mentiras. En la penumbra de la casa, incluso la luz dolía, como si mirarla fuera ya una forma de herida. No supe, entonces, cómo volver a cerrar los ojos. En las cornisas, las gárgolas gemían. Nunca fueron piedra verdadera.Eran personas que yo había detenido en el tiempo, convencida de que la inmovilidad podía enseñar lo que el mundo no había sabido. Les hablaba de igualdad, de silencio, de reflexión. Les decía que la piedra era refugio. Y mientras tanto, les robaba el movimiento con manos limpias y conciencia tranquila. Una noche, el aire se espesó.El viento dejó de obedecerme. Y desde lo alto, con la boca endurecida por el granito, una de ellas logró pronunciar una sola palabra: Injusta. No fue rabia lo que sentí, sino un terror blando, dulzón, como la revelación de una enfermedad lenta. Comprendí que mi justicia se había vuelto hambre. Que mi cuidado era control. Que los había inmovilizado no para que aprendieran, sino para que no perturbaran mi idea de orden. Los liberé antes del […]
#LiteraturaOscura
Se sentaron en una terraza al borde de una plaza pequeña, de esas que sólo existen si uno llega por casualidad. El banco torcido. El murmullo amable de libros y pasos. Y ellos tres, como cada 23 de abril, desde hacía tres años. Pidieron un vermut que sabía a gloria, le pusieron unas aceitunas sin hueso que devoraron porque no habían comido en todo el día. Las bolsas de tela descansaban a sus pies como si también tomaran el vermut con ellos. Cada una contenía un fragmento de alma: su ofrenda al ritual del día. —Yo he encontrado esta joya —dijo Bram, sacando con un cuidado casi reverencial una edición antigua de Drácula, en inglés, con las tapas negras como medianoche.—Pero tú no sabes inglés —dijo riendo Edgar, entrecerrando los ojos.—Precisamente por eso me gusta más. Es como tener un secreto sin saber qué dice —respondió Bram, satisfecho.—Qué misterioso —comentó Virginia, con una sonrisa de oreja a oreja. —¿Y tú, qué llevas ahí? —preguntó Bram, apuntando a la mochila de Edgar. Él sacó un pequeño tomo encuadernado a mano, con hojas amarillentas como si hubieran sobrevivido una tormenta de polvo y tiempo. —Cuentos de Edgar Allan Poe. Traducción castellana. Edición […]