Se sentaron en una terraza al borde de una plaza pequeña, de esas que sólo existen si uno llega por casualidad. El banco torcido. El murmullo amable de libros y pasos. Y ellos tres, como cada 23 de abril, desde hacía tres años. Pidieron un vermut que sabía a gloria, le pusieron unas aceitunas sin hueso que devoraron porque no habían comido en todo el día. Las bolsas de tela descansaban a sus pies como si también tomaran el vermut con ellos. Cada una contenía un fragmento de alma: su ofrenda al ritual del día. —Yo he encontrado esta joya —dijo Bram, sacando con un cuidado casi reverencial una edición antigua de Drácula, en inglés, con las tapas negras como medianoche.—Pero tú no sabes inglés —dijo riendo Edgar, entrecerrando los ojos.—Precisamente por eso me gusta más. Es como tener un secreto sin saber qué dice —respondió Bram, satisfecho.—Qué misterioso —comentó Virginia, con una sonrisa de oreja a oreja. —¿Y tú, qué llevas ahí? —preguntó Bram, apuntando a la mochila de Edgar. Él sacó un pequeño tomo encuadernado a mano, con hojas amarillentas como si hubieran sobrevivido una tormenta de polvo y tiempo. —Cuentos de Edgar Allan Poe. Traducción castellana. Edición […]
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