La alarma sonó a las 05:05.
Abrí los ojos y vi el cielo de golpe. Habías dejado la persiana subida del todo. Todavía quedaban estrellas en ese azul oscuro de antes de que amanezca, cuando el mundo aún está en silencio. Siempre dices que lo haces para que no nos perdamos nada, que compartir la noche cuando todavía no es día tiene algo especial.
Me giré para darte los buenos días, pero ya no estabas.
Tu lado de la cama seguía caliente y la almohada tenía el hueco de tu cabeza. Me quedé un momento escuchando, esperando el ruido de la cafetera, pero no sonó. Sé que nunca la enciendes hasta que me oyes aparecer; dices que el ruido es muy brusco para alguien que acaba de despertar, que no quieres que el día me caiga encima de golpe.
—Buenos días —susurré.
Y entonces sí: el clic. El murmullo suave de la máquina y ese olor a café que empieza a recorrer el pasillo.
En la cocina estaba todo preparado, como una pequeña coreografía: dos tazas juntas, el pan sobre la encimera, el tomate en la tabla y el jamón fuera de la nevera. Nada del otro mundo, y a la vez, lo era todo. Es esa repetición de los cuidados que no hacen ruido.
De repente, el móvil empezó a vibrar:
- “Papá: Feliz sábado.”
- “Mamá: Buenos días.”
- “Tu madre: Bonito día.”
- “Un amigo: Disfrutad del día, pareja.”
Sonreí. Me di cuenta de que el amor no viene de un solo sitio. Viene de muchos. Se cruza en la cocina, en el cielo y en esos mensajes que nos hablan siempre en plural.
Miré por la ventana. Las estrellas ya casi se habían ido. Quizá el amor no es un gran espectáculo, sino algo tan sencillo como subir la persiana para que el otro no se pierda el cielo.
Una idea sobre “05:05”
Enhorabuena María un relato muy emotivo y especial para este día.