BILLETES DE IDA (Y LO QUE VENGA) – CAPÍTULO 10

PIAZZA SAN MARCO

Venezia apareció entre la niebla como una ciudad que respira lento.
El vaporetto avanzaba por un canal que parecía un espejo agitado, y Rebeca era la primera en bajar, empujada por una energía que no sabía contener.

—¡Mirad esas fachadas! ¡Y ese azul! ¡Y ese olor! —iba señalando todo, como si la ciudad necesitara una narradora urgente.

Luis la seguía con calma entrenada.
Pedro trataba de no caer en cada puente húmedo.
Diana, con la pierna vendada, caminaba detrás: sin prisa, sin queja, sin ser llamada.

Marco no estaba.
Había vuelto a Florencia por trabajo, y sin él el grupo parecía un acorde al que le faltaba una nota.

Venezia, luminosa incluso empapada

La ciudad era un torbellino: niños con máscaras de cartón, turistas con ponchos amarillos que se pegaban al cuerpo, tenderos que gritaban ofertas imposibles, góndolas que rozaban los muros y dejaban un eco sutil.

Una cafetería expulsaba olor a café fuerte.
Un músico callejero afinaba mal.
Un gato cruzó con la dignidad de quien conoce todos los secretos del agua.

Rebeca continuaba hablando como si el mundo dependiera de su velocidad.

—¿Habéis visto ese escaparate? ¡Me muero! ¿Cuánto falta? ¿Pedro, puedes mirar el mapa sin contármelo? Diana, ¿te duele? No, no me lo digas. Vale. ¡Sigamos!

Luis la observaba desde un costado, atento a ese exceso que siempre anuncia que algo dentro de ella está a punto de desbordarse.

Il Sogno Veneziano

El taller parecía un sueño exagerado: terciopelo rojo, máscaras con relieves dorados, pelucas, plumas enormes, espejos que deformaban la luz y la volvían teatral.

Rebeca entró con un brillo en los ojos.

—¡Es perfecto! ¡Todo es perfecto! ¡Quiero vivir aquí! —dijo mientras se probaba tres máscaras en menos de diez segundos.

Pedro sacó una pluma de un estante.
—¿Esto está vivo?
—No lo toques —dijo Luis—. Tiene pinta de ser caro.

Diana encontró una máscara dorada, sobria, elegante.
Se la probó frente a un espejo pequeño.
La máscara le iluminó los ojos, incluso en silencio.

Rebeca pasó detrás de ella sin detenerse.
Ese gesto fue suave, casi invisible, pero dejó una grieta.

Diana respiró hondo y volvió a guardar la máscara…
pero al segundo volvió a sacarla.
Decisión.
No palabras.
Un gesto pequeño que la enderezó por dentro.

Venezia acelera

Al salir, el aire se había vuelto más frío y la ciudad más ruidosa.
Las campanas soltaban golpes dispersos, el agua subía un poco más y la gente parecía caminar a ritmos distintos, como si cada uno viviera en su propio tiempo.

Rebeca apretó el paso.

—¡Nos quedan veinte minutos! ¡Y el escenario está al otro lado! ¡Luis, dime que llevas las baterías! ¡Pedro, no comas ahora! ¡Diana, cariño, cuidado con ese escalón! ¡Ay, Dios, todo brilla demasiado!

Pedro murmuró:
—Se está poniendo nerviosa.
Luis contestó:
—No. Eso ya pasó. Ahora está en fase volcán.

Diana soltó una risa inesperada.
Una risa pequeña, pero viva.

San Marcos

La plaza estaba casi sumergida.
Los charcos reflejaban las luces como si fueran duplicados perfectos del cielo.
Las gaviotas se movían entre los focos como si también quisieran salir en el directo.

Los técnicos parecían actores improvisados:
uno secaba cables con toallas, otro gritaba por una batería perdida, otro intentaba salvar un micrófono que resbalaba hacia el agua.

La humedad lo cubría todo: manos, telas, respiraciones.

Rebeca entró como si fuera la directora de orquesta del caos.

—¡Ese cable está mal! ¡El micro tres no suena! ¡Pedro, no te acerques ahí! ¡Diana, siéntate un momento! ¡Luis, por favor, dime que algo va bien!

Luis levantó la ceja.
—Va bien que no estamos electrocutados.
—¡No me tranquiliza!
—Era la idea.

Diana se colocó la máscara dorada con un gesto seguro.
Pedro la vio.
Luis también.
Ese gesto decía más que cualquier disculpa pendiente.

Los cinco minutos más largos

El viento trajo olor a mar y a café recién hecho.
La luz cambió de tono: más azul, más inquieta.
Un violinista callejero tocaba a lo lejos, la melodía deformada por la bruma.

La técnica corrió hacia ellos.
—¡Cinco minutos!

Todo se volvió más lento y más rápido al mismo tiempo.
Un segundo estirado como una cuerda tensa.

Rebeca se quedó quieta, por primera vez en horas.
Solo un instante.
Un punto de fragilidad que nadie comentó, pero todos sintieron.

Luis se acercó y le habló muy bajo.
—No tienes que estar perfecta. Solo presente.
Ella asintió, tragando un temblor que no quería mostrar.
—¿Y si sale mal?
—Entonces será verdad —respondió él.

Diana los miró desde su silla.
No había reconciliación aún, pero sí un hilo nuevo, fino, casi invisible.

Rebeca se colocó la máscara plateada.
Luis afinó una última cuerda.
Pedro levantó el pulgar, aunque no sabía si todo funcionaría.

El aire olía a lluvia y electricidad.
La plaza contuvo la respiración.

El directo sería mañana.
Y Venezia, brillante y desordenada, parecía dispuesta a sostenerlos.

Epílogo musical del capítulo

“Piazza San Marco” – Annalisa feat. Marco Mengoni

Suena Piazza San Marco.
La voz se desliza como la marea que sube,
como el reflejo de una farola sobre un charco,
como esa emoción que nadie quiere admitir
pero que vibra bajo cada respiración.

La plaza parece escuchar.
Ellos también.
Hay ruidos, risas, pasos que resbalan,
pero la música crea una burbuja ligera,
un silencio dentro del ruido,
un instante donde todo encaja aunque nada esté listo.

Las máscaras gotean.
El cielo se encapota.
Los cables tiemblan.
Sus dudas también.

Aun así, algo en la canción los sostiene:
un latido compartido,
una ternura que aparece justo antes del miedo,
la certeza de que, pase lo que pase,
Venezia sabrá abrazarlo.

En la plaza más emblemática del mundo,
entre el caos y el agua,
se enciende una chispa nueva.
Pequeña.
Frágil.
Pero luminosa.

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