PIAZZA SAN MARCO Venezia apareció entre la niebla como una ciudad que respira lento.El vaporetto avanzaba por un canal que parecía un espejo agitado, y Rebeca era la primera en bajar, empujada por una energía que no sabía contener. —¡Mirad esas fachadas! ¡Y ese azul! ¡Y ese olor! —iba señalando todo, como si la ciudad necesitara una narradora urgente. Luis la seguía con calma entrenada.Pedro trataba de no caer en cada puente húmedo.Diana, con la pierna vendada, caminaba detrás: sin prisa, sin queja, sin ser llamada. Marco no estaba.Había vuelto a Florencia por trabajo, y sin él el grupo parecía un acorde al que le faltaba una nota. Venezia, luminosa incluso empapada La ciudad era un torbellino: niños con máscaras de cartón, turistas con ponchos amarillos que se pegaban al cuerpo, tenderos que gritaban ofertas imposibles, góndolas que rozaban los muros y dejaban un eco sutil. Una cafetería expulsaba olor a café fuerte.Un músico callejero afinaba mal.Un gato cruzó con la dignidad de quien conoce todos los secretos del agua. Rebeca continuaba hablando como si el mundo dependiera de su velocidad. —¿Habéis visto ese escaparate? ¡Me muero! ¿Cuánto falta? ¿Pedro, puedes mirar el mapa sin contármelo? Diana, ¿te duele? No, […]
billetesdeida
SARÀ PERCHÉ TI AMO Subieron las escaleras del metro Colosseo como quien presiente que algo está por pasar. Y pasó. El Coliseo apareció de golpe.Sin transición.Como si alguien hubiera quitado un telón al mundo. Diana frenó. El aire se le quedó atrapado en el pecho. Luis dejó de caminar sin darse cuenta.Y Rebeca… sintió algo que no esperaba:asco de no tener palabras. El Coliseo no era un monumento.Era una declaración.Una herida hermosa que seguía respirando siglos después. —Es demasiado —susurró Diana—. No entiendo cómo puede ser tan… así. —Yo tampoco —admitió Rebeca. Y en ella, eso era equivalente a desnudarse. Y entonces, como una escena ensayada por los dioses del caos: la música. Una bocina maltratada. Un grupo de italianos —¿una despedida? ¿una familia coral?— cantando a voz limpia: «Sarà perché ti amo…» Luis ladeó la cabeza.Diana se tapó la boca, entre la risa y el colapso.Rebeca se giró con lentitud, como si esperara una explicación. No llegó. Sólo más coro. «Che confusione…» Y entonces:un hombre se arrodilló.Allí. Delante del Coliseo.Anillo. Cartel. Aplausos. Lágrimas.Una mujer gritó “sì” con todas las vocales posibles. La gente estalló.Bailaban. Lloraban. Filmaban.Era cursi.Era ridículo.Era, de algún modo, perfecto. Diana aplaudía con las mejillas húmedas. —¡Esto […]