Querid@ amig@:
Hoy me vas a permitir que tome prestada, aunque sea un instante, la voz de Fermín Romero de Torres, ese personaje inolvidable de El Cementerio de los Libros Olvidados que tanto sabía de pérdidas, supervivencias y dignidad. Fermín, con su forma tan suya de mirar la vida, entendía mejor que nadie que incluso en medio del dolor puede quedar espacio para una sonrisa torcida, una palabra certera y un poco de luz.
Creo que él te diría algo parecido a esto: que uno nunca deja del todo a quienes ama, ni ellos nos dejan del todo a nosotros. Que lo aprendido de un padre no desaparece con su ausencia. Se queda en la casa, en la memoria, en los gestos que repetimos sin darnos cuenta, en ciertas frases, en la manera de mirar el mundo.
Hay heridas que no se ven, pero que nos cambian para siempre. Cicatrices del alma que marcan un antes y un después. Y aunque ninguna palabra pueda quitar el dolor, a veces sí puede acompañarlo un poco, hacerlo menos frío, menos solitario.
Hoy, más allá de cualquier personaje o de cualquier libro, quiero hablarte desde mí: te entiendo. Entiendo ese hueco extraño que queda cuando falta alguien que formaba parte de lo que eres. No hay una forma fácil de llevar esa ausencia. El dolor aparece cuando menos lo esperas: en un silencio, en una canción, en una costumbre, en una frase que ya no podrá decirse igual.
Cada duelo es distinto, lo sé. Pero también sé que no tienes por qué caminarlo sol@.
Aquí me tienes, con todo mi cariño, para acompañarte en lo que necesites. Como farol pequeño en mitad de la tormenta, pero farol al fin y al cabo.
Con todo mi cariño,
María Ultreia