Bajo la piel de la ciudad – Capítulo I: La grieta

Dicen que la ciudad nunca duerme, pero yo sé que en las noches más hondas es cuando más quieta se queda. No por descanso, sino por vigilancia. Las luces siguen encendidas, pero parpadean, como si les costara sostener el peso del cielo. Las calles son rectas y largas, pero una vez dentro, parecen doblarse sobre sí mismas.

Aprendí, como todas, a recorrerlas sin detenerme. A cruzar la mirada solo con los charcos y las baldosas. Hay algo en el aire que enseña a las mujeres a andar rápido, a no ocupar espacio, a no deshacerse.

Sin embargo, esta noche algo cruje diferente. La ciudad parece cansada de sostenerse.

Sigo caminando. Las paredes respiran. Un murmullo se cuela entre los ladrillos. Al principio parece música, pero no es música. Es un zumbido, una vibración que viene de debajo del suelo, que atraviesa mis pies.

Y es ahí cuando lo veo: las grietas. No pequeñas, no invisibles. Grietas que recorren las aceras como venas. Grietas que no estaban antes, o que no querían que viéramos.

Las sigo. Me doy cuenta que no nacen al azar. Alguien las ha abierto.

Doblo una esquina. Otra. Y allí, al fondo del callejón, la figura. Una mujer. Encorvada, pero no débil. Cuando alza la cabeza, sus ojos son como un espejo: llevan la misma fatiga, la misma rabia contenida.

Y no está sola.

Empiezo a verlas. Una, dos, cinco, diez siluetas que emergen de las paredes, de los portales. Mujeres de todas las edades, rostros que quizás crucé alguna vez sin saber. Ninguna dice nada. Pero todas están ahí. Firmes. Inamovibles.

Entiendo, de pronto, que el murmullo era esto. Era ellas. Era nosotras. Que siempre han estado horadando la ciudad desde abajo, golpeando donde no se ve, abriendo grietas una por una. Un trabajo paciente, subterráneo.

La ciudad intentó separarnos, mantenernos aisladas, haciendo de cada calle una trampa. Pero debajo del suelo, siempre hubo una red. Y ahora se expande. Rompe.

La mujer del fondo sonríe. No es una sonrisa amable. Es la sonrisa de quien sabe que la estructura cruje. Que las grietas no se cierran.

Camino hacia ellas.
Siento cómo el suelo ya no es tan firme.
Ya no apuro el paso.
Ya no miro por encima del hombro.
Sé que, en algún lugar, las baldosas están cediendo.

La vibración se hace más fuerte.

No es música.
Es el sonido de algo derrumbándose.
Es la certeza de que no camino sola.

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