Bajé sin contar los escalones. No era necesario. La grieta en el suelo se abrió como si hubiese estado ahí desde siempre, esperando el momento exacto. El aire cambió al cruzar. Más espeso, más quieto. Sin relojes. Sin ojos que midan. Solo el murmullo de las piedras, el polvo que se adhiere a los dedos, el silencio que no exige. El túnel era angosto. La humedad descendía por las paredes, resbalando como aliento contenido. Cada paso alejaba el mundo de arriba: las luces que observan, las palabras que corrigen, los cuerpos calculados. Cuando llegué a la cámara, las vi. Mujeres. No iguales entre sí. Tampoco iguales a lo que allá arriba nos enseñan a ser. Una caminaba descalza, arrastrando la tierra con los pies, deja huellas sin apurarse a borrar. Otra tallaba piedra con manos seguras. No delicadas. Solo suyas. Una reía sin taparse la boca. Otra dormía extendida, el cuerpo sin recogerse, sin esconderse. Nadie les pedía que se contuvieran. Nadie esperaba dureza ni suavidad. No tenían que elegir entre ser frágiles o invencibles. Aquí no había papeles que sostener. El cuerpo podía simplemente ocupar espacio. Me dejé caer contra la pared húmeda. Sentí la tierra en mis palmas, […]
#cuentosobreellas
Dicen que la ciudad nunca duerme, pero yo sé que en las noches más hondas es cuando más quieta se queda. No por descanso, sino por vigilancia. Las luces siguen encendidas, pero parpadean, como si les costara sostener el peso del cielo. Las calles son rectas y largas, pero una vez dentro, parecen doblarse sobre sí mismas. Aprendí, como todas, a recorrerlas sin detenerme. A cruzar la mirada solo con los charcos y las baldosas. Hay algo en el aire que enseña a las mujeres a andar rápido, a no ocupar espacio, a no deshacerse. Sin embargo, esta noche algo cruje diferente. La ciudad parece cansada de sostenerse. Sigo caminando. Las paredes respiran. Un murmullo se cuela entre los ladrillos. Al principio parece música, pero no es música. Es un zumbido, una vibración que viene de debajo del suelo, que atraviesa mis pies. Y es ahí cuando lo veo: las grietas. No pequeñas, no invisibles. Grietas que recorren las aceras como venas. Grietas que no estaban antes, o que no querían que viéramos. Las sigo. Me doy cuenta que no nacen al azar. Alguien las ha abierto. Doblo una esquina. Otra. Y allí, al fondo del callejón, la figura. Una […]