La cafetera escupe vapor. Huele a tostado, a algo que se quedó un segundo de más al fuego. El vapor sube, empaña el cristal y, durante un segundo, dibuja una bota imperfecta antes de desaparecer. Italia siempre aparece así, en detalles mínimos: una palabra suelta, un acento que se escapa, la promesa de un viaje que no necesita fecha para existir.
La radio suena demasiado alta para ser martes. La voz de Marco Mengoni se mete entre los platos sin secar y la encimera manchada de café. Rebota contra los azulejos, pero tú no bajas el volumen. Nunca lo bajas cuando algo te atraviesa.
Hay personas que no cumplen años. Acumulan estadios llenos por dentro.
En el tuyo, hay un perro que respira despacio sobre una manta azul. Un ruido leve, húmedo. A veces mueve las patas en sueños, como si persiguiera algo que ya no existe; sabe que, mientras tú estés ahí, no tiene de qué huir. Sobre la silla descansa la bufanda del AC Milan. Rojo apagado, negro gastado en los bordes. Huele a invierno y a estadio visto desde el sofá. A domingo por la noche. A un gol gritado a solas frente al televisor.
La garganta rota. Hay victorias que no necesitan público para ser sagradas.
Dicen que eres fuerte. Lo dicen fácil, como quien señala una montaña desde lejos pero no la sube. Yo te he visto en la cocina, apoyada en el mármol frío con los ojos cerrados mientras Annalisa canta algo sobre quedarse. He visto la duda cruzarte la cara y he visto cómo te secas la mejilla para, en el mismo gesto, preguntar a los demás si han cenado.
Cuidas así. Sin ceremonia. Una mano sobre un hombro en el momento exacto en que el mundo empezaba a pesar demasiado.
La risa siempre te llega con retraso. Como esos trenes nocturnos a Roma que traen noticias de una vida que todavía te debe un viaje. Te miro a contraluz: la ventana abierta, la ciudad respirando lejos y tu pelo rubio cayendo sobre la sombra.
En el espejo, la cara de quien aprendió a sostenerse. El reflejo de alguien que, cuando la vida aprieta, se alisa el pelo, respira hondo y vuelve a ponerse en pie sin hacer ruido.
La cafetera vuelve a hervir. El mundo sigue girando fuera, pero aquí dentro, el partido nunca termina. Y tú sigues ahí.