Para un escritor que cumple años, y otro que acompaña en silencio.
Hay noches que no comienzan con la caída del sol,
sino con una presencia:
la de aquellos que saben habitar la sombra sin temerle,
que leen lo oscuro como quien relee un hogar.
Y hay vínculos que no necesitan ser nombrados para existir.
Porque cuando se mira la vida desde la gratitud de la amistad,
todo parece más vivo,
más cierto,
más profundamente nuestro.
Hoy cumple años un escritor que conoce bien ese territorio.
Un lector de Stoker,
un amigo de lo gótico,
alguien que no rehúye la penumbra,
sino que la transforma en lenguaje.
Pero esta noche no le pertenece del todo.
A su lado —aunque lejos de las luces—
se encuentra otro escritor:
alquimista de las palabras,
tejedor de lo que no siempre se ve,
pero sin lo cual, el mundo sería más frágil.
No cumple años, y sin embargo,
su presencia es parte de esta celebración.
Porque hay amistades que no necesitan fecha,
ni motivo: bastan con estar.
A vosotros dos va este texto.
A ti, que celebras un año más en la órbita de los libros.
Y a ti, que sostienes, sin pedir nada a cambio,
la atmósfera de lo compartido.
Yo, amiga de ambos, escribo estas líneas
como quien deja una carta sobre la mesa,
sabedora de que no hay mayor regalo que nombrar lo invisible.
Feliz cumpleaños, escritor de la sombra.
Que el tiempo no borre, sino afine.
Que cada historia sea una nueva estancia donde habitar.
Y que la noche, lejos de temerte,
te reconozca como uno de los suyos.
A ti, alquimista fiel,
gracias por lo que no hace ruido.
Por lo que permanece.
Por aquello que, sin ser dicho, nos sostiene.
Porque cuando se vive desde la gratitud de la amistad,
la vida —sin esfuerzo— se vuelve más vida.