LAS VIDRIERAS ROJAS – CAPÍTULO 12

El umbral partido

No había suelo. Tampoco cielo.
Solo un espacio denso, tibio y viscoso,
como si alguien hubiera llenado el mundo de líquido amniótico envejecido.

Alicia abrió los ojos, pero no se dio cuenta.
No parpadeaba. No respiraba. Solo estaba.
Suspendida en un lugar que no era ni noche ni sueño.
Era el después sin explicación.

La luz no venía de arriba. Venía de dentro.
Pequeños resplandores se deslizaban por el aire como luciérnagas oxidadas,
flotando entre fragmentos de recuerdos:
una taza rota,
un zapato de niño,
un banco de madera.
Todo incompleto. Todo real y sin peso.

Y en el centro, una silueta.

Samuel.
Tampoco respiraba.
Pero no estaba muerto.
Su cuerpo no era cuerpo. Era forma.
Su contorno titilaba,
como una llama en baja presión.

Alicia quiso hablar.
No tenía boca.
Solo intención.
Y aun así, él la sintió.

Se giró. Lento. Como si el tiempo fuera agua espesa.
Y al verla,
los bordes de su figura se estabilizaron.

¿Dónde estamos? —pensó. No dijo. Pensó.
Y Alicia lo entendió.

Donde nadie quiere quedarse.
¿Es la muerte?
No. Es lo que queda cuando la muerte todavía duda.

Samuel bajó la cabeza.
No como alguien triste.
Como alguien que al fin entendía dónde había caído.

El limbo no era negro. Era transparente con miedo.
Lo rodeaban paredes que se abrían y cerraban como membranas.
Se oían voces,
pero susurradas desde el estómago del mundo.
Una decía su nombre.
Otra decía el de ella.

No quise dejarte —pensó Samuel.
Y yo no quise soltarte —respondió Alicia—.
Pero a veces… soltar es llegar más cerca.


Ella dio un paso.
No hubo suelo que crujiera.
Pero el limbo… parpadeó.


Y entonces lo sintieron.
No era una presencia.
Era una consecuencia.


Algo que los había estado mirando desde antes.
No tenía rostro,
pero sí hambre.
No era el Fijador.
Él ya había caído,
y con él, la estructura.
Pero no el daño.


Lo que se arrastraba ahora hacia ellos
era el resultado puro del sistema destruido:

  • las memorias que nunca encontraron cuerpo
  • las emociones convertidas en residuos
  • almas sueltas, cada una con su forma de suplicar, su herida, su historia no resuelta

Algunas gateaban como insectos rotos,
otras reptaban con brazos demasiado largos
o caminaban sin pies.
Ninguna era igual a otra.
Se movían cerca unas de otras,
no por voluntad… sino por desamparo.

Y cuando rozaban a Samuel o Alicia,
dejaban atrás trozos de frío,
como si les robaran minutos de vida.


Eran presencias sueltas.
Almas incompletas.
Dolor en forma de individuo.


Algunas lloraban sin rostro,
otras susurraban con lenguas que no eran suyas.
Había ojos que miraban desde rincones donde no había forma,
y bocas que se abrían solo para gemir sin fin.


Algunas alzaban los brazos como si buscaran abrazos que ya no recordaban dar.
Otras murmuraban nombres…
pero nunca los suyos.

Cada intento de comunicación
era más doloroso que el silencio.


Ninguna de ellas podía cruzar.
No por falta de grieta…
sino porque ya no recordaban quiénes fueron.
Habían perdido incluso
el gesto con el que lloraban.


Una de ellas se aferró brevemente al tobillo de Alicia.
No con fuerza.
Su mano era delgada, traslúcida,
temblaba como si no hubiera tocado nada vivo en siglos.
Con una suavidad casi humana…
como si le suplicara que no se fuera,
o simplemente repitiera un gesto que una vez fue amor.


Nadie gritó.
Pero todo el limbo parecía susurrar con una sola voz:

“recuérdanos como fuimos,
aunque ya no quede nadie que pueda nombrarnos.”


Alicia no lloró.
Pero algo dentro de ella…
se hizo grieta.
Una grieta cálida.
Como si el amor no bastara,
pero se quedara de todos modos.


Alicia sintió sus nombres sin saberlos.
Uno había sido un niño.
Otro, una madre.
Otra, solo un grito.

Y todos querían lo mismo:
No quedarse solos.


Pero si los alcanzaban…
no los liberarían.
Los convertirían en parte de sí.
Un eco más.
Una sombra más.


Samuel retrocedió un paso sin tocar suelo.

No son culpables —pensó.
No —respondió Alicia—.
Pero no saben otra forma de quedarse.


Una grieta se abrió detrás de ellos.
No era una puerta.
Era una fisura.
Como si el espacio mismo les diera una oportunidad… o una prueba.


Pero el paso era estrecho.
Y la criatura —ese conjunto de almas—
lo supo.


Lanzó un brazo hacia ellos.
No tocaba,
pero al pasar cerca,
Alicia sintió que se le evaporaban partes del pecho.
Como si el dolor de todos los demás quisiera alojarse en ella.


Samuel gritó.
Un grito que no fue de garganta,
sino de existencia.

Y al hacerlo,
la vidriera que flotaba detrás de él —negra hasta ese momento— se encendió en rojo.


No el rojo del sistema.
Un rojo nuevo.

Como si la rabia de haber sido olvidado se convirtiera por fin en una afirmación.


¡No somos parte de esto! —pensó él.
¡No lo fuimos nunca!


Las sombras retrocedieron un instante.
Como si la idea de que alguien saliera…
les doliera más que desaparecer.


Alicia lo entendió.

Tú debes querer volver —le dijo—.
Yo solo puedo acompañarte hasta el borde.


Samuel la miró.
Había algo distinto en su rostro.
No miedo.
Tampoco certeza.
Elección.


Samuel no era una promesa.
Ni un símbolo.

Era alguien que Alicia había elegido cada vez que tuvo miedo.
Y ahora, lo elegía también en la grieta.


¿Y si salimos… y ellos se quedan así?

Alicia tembló.
No por miedo a morir.
Por miedo a dejar atrás.

Entonces volveremos cuando sepamos cómo ayudarlos —dijo.
Pero primero, tienes que vivir.


Samuel cerró los ojos.
Cuando los abrió,
el limbo parpadeó.


Las sombras chillaron en silencio.
Y en ese grito sin voz,
algo más despertó.


Una figura más alta, más oscura, hecha de la suma de todas las demás, emergió entre ellas.
Su rostro parecía hecho de cicatrices ajenas,
con ojos cosidos por hilos que temblaban
como si cada uno sostuviera una historia no contada.

No caminaba: flotaba.
Su contorno se deformaba
como si cargara todas las memorias juntas,
y a su paso,
el espacio se contraía,
como si hasta el limbo supiera que aquello no debía existir.


No se oía, pero se sentía:
como si cien voces olvidadas intentaran suplicar
desde dentro de su piel.


La grieta detrás de ellos se ensanchó.
Solo un instante.

Suficiente.


Y entonces todo se detuvo.

La luz roja del limbo comenzó a apagarse.
El aire cambió.
Más espeso.
Más lento.

El momento había llegado.
Pero el final aún no se había escrito.

Detrás, la figura extendía una mano abierta,
demasiado larga,
demasiado delgada.

No parecía querer detenerlos.
Parecía querer llevarlos con ella.

No por odio.
Por necesidad.

Y el paso que antes era una fisura…
ahora parecía una boca
que dudaba si cerrarse…
o devorarlos.

Y en esa duda…
algo —al otro lado— pareció susurrar:

“Aquí.”

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