BILLETES DE IDA (Y LO QUE VENGA) – CAPÍTULO 9

L’AMORE ESISTE

El sol de Sicilia no perdona.
En el seminario de San Cataldo, el aire olía a polvo caliente y piedra vieja.
Diana llevaba solo unas horas allí. Pedro y Marco la acompañaban, atentos pero sin poder detenerla.

La profesora los había dejado mirar, pero Diana, impaciente, quiso hacer más.
Se agachó, tomó una espátula y empezó a excavar sola.
—Solo un poco —dijo.

Un mal paso, una piedra suelta, y el cuerpo se fue hacia abajo.
El golpe fue seco.
Pedro corrió. Marco gritó su nombre.
Diana intentó sonreír, pero el dolor le subía por la pierna.

—Si mi madre se entera, me mata —dijo entre dientes.
Pedro le apretó la mano.
—Entonces que no se entere… todavía.

La ambulancia llegó en minutos.
El sol seguía alto, como si nada hubiera pasado.


En Capri, el mundo era otro.
Rebeca y Luis almorzaban frente al mar, bajo una sombrilla que se movía con la brisa.
El vino blanco, el olor a limón, la calma después del viaje.

Luis estaba callado.
Rebeca lo miró.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Cuando dices “nada”, es algo.

Ella sonríe, intentando animarlo, pero él apenas reacciona.
La brisa trae el sonido de una radio cercana, y entre risas ajenas se cuela “L’amore esiste.”
Rebeca la tararea distraída, sin saber que en unos minutos la canción significará otra cosa.

Entonces suena su teléfono.
Un número italiano.

—¿Pronto?
—Soy la profesora de San Cataldo. Diana ha tenido un accidente. La llevan al hospital. No sabemos aún qué tiene.

Luis se queda helado.
—¿Está consciente?
—Sí, pero no puede mover la pierna. Les aviso en cuanto sepa más.

Cuelga.
Rebeca lo nota al instante.
—¿Quién era?
Luis duda, respira, y por fin dice:
—La profesora del seminario…

Rebeca se queda rígida.
—¿Cómo que del seminario?
—Diana está allí.
—¿Dónde?
—En Sicilia.

El mundo se le cae encima.
—¿En Sicilia? ¡Sin decirme nada!
Luis intenta calmarla, pero ella ya está de pie, fuera de sí.
—¿Está viva? ¡Dímelo!
—Sí, sí. No parece grave.
Rebeca se lleva las manos a la cara.
El vaso cae, el vino se derrama sobre la mesa.

—No… no puede ser —susurra.
Empieza a temblar, los ojos muy abiertos, la respiración entrecortada.
—Quiero irme —dice—. Ahora mismo.
—Rebe, no podemos —responde Luis—. Estamos lejos. Solo queda esperar.
—¡Pero es mi hija!
—Lo sé.

Luis se levanta despacio y se sienta frente a ella.
—Mírame —dice en voz baja—. Está bien. Nos avisarán en cuanto sepan más.

Rebeca asiente, pero las lágrimas ya corren sin control.
Luis no busca palabras. Solo la mira, la deja llorar.
Y entonces, sin pensarlo, empieza a cantar.

Bajito. Casi sin voz.
Una melodía temblorosa, sencilla.
No para distraerla, sino para acompañarla.

El sonido la atraviesa como un respiro.
Poco a poco, el temblor de sus manos se detiene.

Luis sigue cantando, sin mirar el mar.
Cuando termina, le dice:
—Ya está.
—¿Cómo “ya está”?
—Ya la están cuidando. Ya la están atendiendo. Lo único que podemos hacer es esperar.

Rebeca lo mira, agotada.
Él le seca una lágrima del rostro.
Por primera vez en mucho tiempo, no es ella quien calma.


En Sicilia, el diagnóstico es claro: fractura leve, sin desplazamiento.
Diana, con la pierna vendada, suspira de alivio.
—Podría haber sido peor —dice.
Pedro sonríe.
—Podrías haberte caído en Florencia. Allí el suelo no es tan blando.

Marco le pasa el móvil.
—¿Llamas a tu madre?
—No —dice ella, cerrando los ojos—. No todavía.

Esa noche, en el hospital, Diana escribe en su cuaderno:
“Solo iba a mirar. Pero la tierra también te mira.
Y a veces se mueve para recordarte que no estás sola.”


En Capri, la radio del hotel suena bajito.
Entre el rumor del mar vuelve a sonar “L’amore esiste.”
Rebeca se queda en silencio, apoyada en el hombro de Luis.
Ya no puede cantarla, pero la escucha entera.
Luis, a su lado, no dice nada.

El mar respira.
El miedo, también.


Nota de Luis

No sabía qué decirle, así que canté.
No para consolarla, sino para no quedarme quieto frente al miedo.
A veces cantar no es un gesto valiente, es solo otra forma de pedirle al silencio que no se nos lleve del todo.

Epílogo musical del capítulo

“L’amore esiste” – Francesca Michielin (2015)

Suena L’amore esiste.
Habla de lo invisible que nos une,
del amor que sigue cuando el miedo se disfraza de distancia.

En el hospital, la noche es suave.
Diana duerme. Pedro y Marco respiran al ritmo de las máquinas.
En Capri, Rebeca no duerme: escucha el mar desde la ventana.
Luis, a su lado, tararea apenas una nota.

El mar brilla bajo la última luz.
Nada se ha calmado del todo,
pero algo —muy dentro— vuelve a latir.

El amor existe,
aunque duela, aunque calle,
aunque solo pueda escucharse en voz baja.

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  • María