Continuación del universo gótico de Las vidrieras rojas.
Capítulo I. El hallazgo. | Relato gótico urbano
Lo encontré por azar, en la tienda de segunda mano de mi hermana Ángela. Ella siempre decía que aquel lugar era un santuario de telas olvidadas, un cementerio delicado donde cada prenda esperaba su resurrección. Para mí, en cambio, el local siempre había olido a polvo húmedo, a madera hinchada por la humedad, a tejidos que guardaban la respiración de quienes los habían llevado antes.
Allí estaba él: un vestido de encaje blanco, colgado como un espectro luminoso entre abrigos grises y vestidos apagados. No parecía usado, y sin embargo irradiaba un cansancio antiguo, como si hubiera atravesado demasiadas vidas en silencio. Desde niña, el encaje me había fascinado. Había algo en esos hilos finísimos, en su transparencia tramada, que me hacía sentir distinta, secreta, especial. Yo no pensaba casarme, nunca lo había imaginado, y aun así, frente a aquel vestido, me descubrí incapaz de resistirme. Ángela lo señaló con una sonrisa, y yo lo tomé en mis manos, obedeciendo a una atracción muda.
Al regresar a casa, el vestido pesaba más de lo que debería. Mi piso estaba en un bloque de los años sesenta: paredes agrietadas que rezumaban humedad, pasillos largos donde la luz de los fluorescentes palpitaba como un corazón enfermo, balcones herrumbrosos donde los gatos merodeaban como sombras. Yo era la única inquilina, la última, como si hubiera heredado la ruina entera del edificio.
Apenas cerré la puerta, lo sentí. El aire cambió de golpe. El hedor conocido del bloque —tuberías oxidadas, polvo enmohecido, cemento húmedo— se vio desplazado por un perfume extraño, dulzón y marchito, como flores blancas hundidas demasiado tiempo en agua estancada. Era un aroma hermoso y nauseabundo a la vez, y me mareó.
Lo extendí sobre la cama y entonces lo supe: el vestido estaba vivo. No me pertenecía. No pertenecía a nadie. Era suyo. El encaje me devolvía la mirada, enredado en una paciencia oscura, en un silencio expectante que no era humano.
Un escalofrío me recorrió la piel. Lo aparté de mí con violencia, abrí el balcón y lo colgué fuera, como si fuese un veneno que el viento pudiera disolver. Pero el viento no lo movía. El vestido permanecía rígido, resplandeciente contra el hierro oxidado de la barandilla, como una aparición que el propio edificio sostenía en secreto.
Esa tarde bajé al herbolario. Compré palo santo, aferrada a la idea de purificar lo invisible. Al encenderlo, el humo se alzó espeso, grisáceo, y no fluyó libre: se retorcía como serpientes invisibles, se arremolinaba contra algo que no veía. Me ardieron los ojos y la garganta; el aire se volvió denso, sofocante, como si el remedio estuviera envenenando la casa. Y, a través de ese humo, el perfume dulzón del vestido regresaba más fuerte, más insolente, como si se alimentara de mi intento de expulsarlo.
Esa noche el insomnio me atrapó. Cada grieta de la oscuridad parecía tener sonido: un crujido mínimo, como dientes que rechinan o como tela que respira con calma perversa. El humo del palo santo había quedado impregnado en las paredes, mezclado ahora con el aroma agrio de flores muertas.
El vestido seguía allí. Suspendido en el balcón como una herida abierta. Y lo peor no era verlo inmóvil contra el hierro oxidado, sino descubrir que, en el fondo, yo quería que todos lo vieran.

2 ideas sobre “Encaje marchito- Capítulo I”
Muy bueno María, un inicio muy prometedor, deseando continuar. Felicidades
¡Muchas gracias! 😊 Me alegra muchísimo que te haya gustado el inicio. Espero que disfrutes también lo que viene, está escrito con mucha ilusión.