A las tres en punto de la madrugada, cuando incluso los relojes parecen dudar antes de avanzar y la ciudad se recuesta en un silencio que casi tiene pulso, tres figuras se adentraron en el camino que conducía al cementerio antiguo. Ningún mortal sensato transita esos senderos a tales horas, pero ellos tres ya habían demostrado en repetidas ocasiones que la sensatez es una flor que rara vez florece entre lectores de su calibre.La noche, despojada de luna, se extendía como un velo de terciopelo negro sobre los tejados. La humedad formaba una película helada sobre los adoquines, brillante como si la propia oscuridad hubiese ido a los talleres a estrenar su mejor atuendo ceremonial. Era una noche con vocación de presagio.Virginia avanzaba en el centro, con una compostura que nacía de un equilibrio peculiar entre la serenidad del que acepta el misterio y el buen juicio del que preferiría que dicho misterio se tomase un descanso. A su derecha, Bram mantenía la mano firme sobre la llave guardada en su abrigo: una reliquia caprichosa que parecía tener criterio propio. Edgar, un paso detrás, oteaba las sombras con la expresividad reservada a quienes han leído suficientes novelas góticas como para […]
#RelatoGótico
Continuación del universo gótico de Las vidrieras rojas. Capítulo I. El hallazgo. | Relato gótico urbano Lo encontré por azar, en la tienda de segunda mano de mi hermana Ángela. Ella siempre decía que aquel lugar era un santuario de telas olvidadas, un cementerio delicado donde cada prenda esperaba su resurrección. Para mí, en cambio, el local siempre había olido a polvo húmedo, a madera hinchada por la humedad, a tejidos que guardaban la respiración de quienes los habían llevado antes. Allí estaba él: un vestido de encaje blanco, colgado como un espectro luminoso entre abrigos grises y vestidos apagados. No parecía usado, y sin embargo irradiaba un cansancio antiguo, como si hubiera atravesado demasiadas vidas en silencio. Desde niña, el encaje me había fascinado. Había algo en esos hilos finísimos, en su transparencia tramada, que me hacía sentir distinta, secreta, especial. Yo no pensaba casarme, nunca lo había imaginado, y aun así, frente a aquel vestido, me descubrí incapaz de resistirme. Ángela lo señaló con una sonrisa, y yo lo tomé en mis manos, obedeciendo a una atracción muda. Al regresar a casa, el vestido pesaba más de lo que debería. Mi piso estaba en un bloque de los […]