A las tres en punto de la madrugada, cuando incluso los relojes parecen dudar antes de avanzar y la ciudad se recuesta en un silencio que casi tiene pulso, tres figuras se adentraron en el camino que conducía al cementerio antiguo. Ningún mortal sensato transita esos senderos a tales horas, pero ellos tres ya habían demostrado en repetidas ocasiones que la sensatez es una flor que rara vez florece entre lectores de su calibre.La noche, despojada de luna, se extendía como un velo de terciopelo negro sobre los tejados. La humedad formaba una película helada sobre los adoquines, brillante como si la propia oscuridad hubiese ido a los talleres a estrenar su mejor atuendo ceremonial. Era una noche con vocación de presagio.Virginia avanzaba en el centro, con una compostura que nacía de un equilibrio peculiar entre la serenidad del que acepta el misterio y el buen juicio del que preferiría que dicho misterio se tomase un descanso. A su derecha, Bram mantenía la mano firme sobre la llave guardada en su abrigo: una reliquia caprichosa que parecía tener criterio propio. Edgar, un paso detrás, oteaba las sombras con la expresividad reservada a quienes han leído suficientes novelas góticas como para […]
#Frannox
Se sentaron en una terraza al borde de una plaza pequeña, de esas que sólo existen si uno llega por casualidad. El banco torcido. El murmullo amable de libros y pasos. Y ellos tres, como cada 23 de abril, desde hacía tres años. Pidieron un vermut que sabía a gloria, le pusieron unas aceitunas sin hueso que devoraron porque no habían comido en todo el día. Las bolsas de tela descansaban a sus pies como si también tomaran el vermut con ellos. Cada una contenía un fragmento de alma: su ofrenda al ritual del día. —Yo he encontrado esta joya —dijo Bram, sacando con un cuidado casi reverencial una edición antigua de Drácula, en inglés, con las tapas negras como medianoche.—Pero tú no sabes inglés —dijo riendo Edgar, entrecerrando los ojos.—Precisamente por eso me gusta más. Es como tener un secreto sin saber qué dice —respondió Bram, satisfecho.—Qué misterioso —comentó Virginia, con una sonrisa de oreja a oreja. —¿Y tú, qué llevas ahí? —preguntó Bram, apuntando a la mochila de Edgar. Él sacó un pequeño tomo encuadernado a mano, con hojas amarillentas como si hubieran sobrevivido una tormenta de polvo y tiempo. —Cuentos de Edgar Allan Poe. Traducción castellana. Edición […]