☀️ TARRAGONA · AGOSTO · DEMASIADO CALOR Tarragona en agosto tenía algo de castigo bíblico. A las cuatro de la tarde, el paseo de fuera estaba prácticamente vacío y el Mediterráneo, detrás de los cristales de Radio Ráfaga, brillaba tanto que dolía mirarlo. Dentro tampoco se estaba mucho mejor. El aire acondicionado llevaba dos días averiado y el pequeño ventilador que Rebeca había rescatado de un armario se limitaba a empujar aire caliente de una esquina a otra. Luis llevaba casi veinte minutos debajo de la mesa de mezclas. —Como no salgas pronto de ahí, te voy a tener que sacar con mantequilla —dijo Rebeca. —Estoy bien. —Claro. Por eso tienes media camiseta pegada al suelo. Luis apareció por fin, arrastrándose hacia atrás. Llevaba un destornillador en una mano y una pelusa del tamaño de un conejo enganchada en el hombro. Se sentó en el suelo. —Ha muerto. —¿El aire? —El extractor. —Ah. —El aire murió anteayer. Rebeca le tendió una botella de agua. —Bebe. Luis obedeció. Luego se pasó la botella fría por la frente antes de darle un trago largo. —Esto no puede ser legal. —Estamos en agosto. —Eso tampoco debería ser legal. Rebeca soltó una risa y […]
Relatos originales
El vestido rosa de estrellas Vivimos rodeados de prisa, de cifras, de cosas que parecen urgentes, de días que pasan sin preguntar demasiado cómo estamos, como si todo consistiera en llegar, resolver, cumplir y seguir adelante. Y, aun así, el ser humano sigue ahí. Está en una mano que busca otra mano, en una risa que aligera una tarde difícil, en el cariño que permanece aunque la vida cambie de ritmo y ya no podamos vernos tanto como antes. Está en ti. Recuerdo cuando llegaste a mi vida, en una época en la que yo tenía demasiadas cosas entre las manos. Apareciste con tu dulzura, con tu buen hacer y con esa manera tan tuya de prestar atención hasta al detalle más pequeño. Confié en ti desde el primer día. Tú siempre has dudado mucho. Has vuelto una y otra vez sobre las cosas, preguntándote si estaban bien, si faltaba algo, si podrías haber hecho más. Pero detrás de cada duda estaba tu deseo de cuidar, de no fallar, de procurar que quienes estaban cerca de ti se sintieran bien. Y muchas veces acabábamos riéndonos precisamente por eso. Por los nervios, por los días que parecían empeñados en complicarse, por […]
Hay pueblos que siguen en pie, aunque ya no quede nadie para habitarlos. Desde lejos parecen abandonados, y quizá lo están. Vilanova de l’Ebre no se vació poco a poco, ni necesitó del paso de los siglos para venirse abajo; el fuego y la metralla lo reventaron de golpe. A pesar de todo, sigue en pie, aunque ya no quede nadie para habitarlo. Desde lejos parece abandonado, y lo está, pero con una ruina distinta: una donde los tejados hundidos y las puertas cedidas no son obra del tiempo, sino de los bombardeos. Ahora, décadas después, es cuando entran las zarzas, la lluvia y los animales. Las ventanas, que un día volaron por los aires, siguen rotas, y la hiedra sube por las fachadas como si quisiera tapar las cicatrices de lo que allí pasó. Pero siempre permanece algo. Un número oxidado junto a una entrada. Los muelles desnudos de un colchón. Una cazuela rota. Una silla vencida contra una pared. Objetos pequeños, humildes, que bastan para recordarnos que allí hubo manos, voces, rutinas. Que alguien cerró una puerta por última vez sin saber que era la última. Cuando se entra en uno de esos pueblos, el cuerpo lo nota […]
El aire en la bodega subterránea de Santa Marina olía a roble viejo, a humedad encerrada y a ese rastro agrio que deja el vino cuando se evapora en la sombra. Joan se apoyó en el muro de piedra oscura. La bodega se había vuelto demasiado silenciosa. Hacía meses que el Sr. Pau se había ido con el frío de enero, pero Joan todavía esperaba oír el golpe seco de las tijeras de podar sobre la mesa, o aquella voz áspera que aparecía siempre detrás de su espalda. —Así no, “noi”. Si cortas con miedo, la cepa lo nota. Lo había dicho mil veces. Y mil veces Joan había fingido no escucharlo. Sobre la repisa de madera, la botella seguía allí, sepultada bajo una capa gris de polvo: una Garnacha de 1945. Su maestro le había prometido que la abrirían al acabar la vendimia. No dijo de qué año. Pau era así. Dejaba las promesas en el aire, como si el tiempo fuera cosa de otros. Joan estiró el brazo. La mano avanzó decidida, pero, a unos centímetros del vidrio frío, los dedos se le quedaron quietos. Llevaba toda la semana bajando a la bodega para lo mismo, y toda […]
El balcón no es alto cuando lo miro ahora, o quizá sí, pero la altura no se mide en metros sino en esa inclinación de la luz que cae y no se va, que se demora como si supiera que aquí se la espera, que aquí nadie le exige avanzar, que puede apoyarse en la barandilla con la misma confianza con la que yo dejo caer los codos, tibios, un poco húmedos todavía, y dejo que el sol haga ese trabajo lento, casi obstinado, sobre la piel, como si nombrara sin palabras que estoy, que sigo estando, incluso en esta forma incompleta en la que tú ya no estás, no como antes, no con esa voz tuya que apenas era sonido y ya bastaba, ese hilo bajo que no decía nada y lo decía todo. El libro —uno de esos del oeste, de Marcial Lafuente Estefanía— permanece abierto sobre unas rodillas que no sé si son tuyas o mías o de alguien que solo existe cuando cierro un poco los ojos, lo justo para que la luz deje de ser precisa y empiece a parecerse a un recuerdo, y entonces aparece el papel amarillento, la letra apretada, tu dedo siguiendo […]
En la Albufera de los noventa, el agua no se veía primero; se sentía en la nuca como un peso húmedo. El aire venía cargado con olor a lodo removido y juncos secos, atravesado por el zumbido de los insectos que parecía el propio motor del mediodía. El camino de tierra blanca soltaba un polvo fino que se nos quedaba en las pestañas, dándole al mundo un borde desenfocado, como si todo fuera a deshacerse por el calor. Era una mezcla de arrozal, madera vieja y ese aroma a salitre estancado que subía de los canales. Nosotros íbamos con las rodillas sucias y camisetas tres tallas más grandes, dejando que la tarde se nos pegara a la piel. Atravesábamos aquello sin decir nada, como si no fuera un sitio, sino un trozo de lo que éramos: el coche mal cerrado, la cinta de casete rebobinando voces distorsionadas y el aire caliente entrando a golpes por la ventanilla. Entonces la vi. No me fijé en su cara, sino en su quietud. Parecía la única cosa en todo el marjal que no estaba sudando. Miraba el agua con una concentración rara. No hacía ningún esfuerzo; solo estaba ahí, sosteniendo un estado que […]
Hay momentos en la vida que te nombran antes de que tú decidas cómo llamarte. El mío ocurrió en noviembre, subiendo hacia O Cebreiro. Quienes han hecho el Camino saben que esa subida es una conversación a solas con tus pulmones. Aquel día, el mundo se había borrado. No había montañas, ni castaños, ni horizonte; solo una niebla espesa que parecía querer tragarse mis pasos. Caminaba en un vacío blanco, convencida de que esa soledad era mi única armadura. Subía sola. O eso era lo que yo creía. Entonces, un quiebro. La niebla se rompió. Justo cuando vislumbraba las primeras piedras rústicas y ese tejado cónico de paja y escarcha, la nieve empezó a caer. Y allí, recortados contra el blanco, estaban ellos. Mi familia. En ese instante, el frío dejó de doler. No se puede explicar con lógica lo que se siente al encontrar a los tuyos en el lugar más inhóspito, justo cuando creías que solo te tenías a ti misma. En aquel abrazo bajo los copos, entendí la gran mentira de mi autosuficiencia: yo había movido mis piernas, pero ellos habían sostenido mi meta. Llegué sola, pero no estaba sola. La nieve no fue un muro, fue […]
La cafetera escupe vapor. Huele a tostado, a algo que se quedó un segundo de más al fuego. El vapor sube, empaña el cristal y, durante un segundo, dibuja una bota imperfecta antes de desaparecer. Italia siempre aparece así, en detalles mínimos: una palabra suelta, un acento que se escapa, la promesa de un viaje que no necesita fecha para existir. La radio suena demasiado alta para ser martes. La voz de Marco Mengoni se mete entre los platos sin secar y la encimera manchada de café. Rebota contra los azulejos, pero tú no bajas el volumen. Nunca lo bajas cuando algo te atraviesa. Hay personas que no cumplen años. Acumulan estadios llenos por dentro. En el tuyo, hay un perro que respira despacio sobre una manta azul. Un ruido leve, húmedo. A veces mueve las patas en sueños, como si persiguiera algo que ya no existe; sabe que, mientras tú estés ahí, no tiene de qué huir. Sobre la silla descansa la bufanda del AC Milan. Rojo apagado, negro gastado en los bordes. Huele a invierno y a estadio visto desde el sofá. A domingo por la noche. A un gol gritado a solas frente al televisor. La garganta […]
La alarma sonó a las 05:05. Abrí los ojos y vi el cielo de golpe. Habías dejado la persiana subida del todo. Todavía quedaban estrellas en ese azul oscuro de antes de que amanezca, cuando el mundo aún está en silencio. Siempre dices que lo haces para que no nos perdamos nada, que compartir la noche cuando todavía no es día tiene algo especial. Me giré para darte los buenos días, pero ya no estabas. Tu lado de la cama seguía caliente y la almohada tenía el hueco de tu cabeza. Me quedé un momento escuchando, esperando el ruido de la cafetera, pero no sonó. Sé que nunca la enciendes hasta que me oyes aparecer; dices que el ruido es muy brusco para alguien que acaba de despertar, que no quieres que el día me caiga encima de golpe. —Buenos días —susurré. Y entonces sí: el clic. El murmullo suave de la máquina y ese olor a café que empieza a recorrer el pasillo. En la cocina estaba todo preparado, como una pequeña coreografía: dos tazas juntas, el pan sobre la encimera, el tomate en la tabla y el jamón fuera de la nevera. Nada del otro mundo, y a […]
No hubo gritos ni descorche de botellas. El salón se quedó de pronto en uno de esos silencios espesos, casi sagrados, que solo aparecen cuando la vida decide dejar de golpearte por un momento y te concede una tregua. Se miraron entre ellos con una incredulidad pesada. Ya no tenían que correr. Ya no tenían que esconderse. Estaban eufóricos, sí, pero era una euforia cansada, la de quien acaba de soltar una piedra que ha cargado durante años. Y yo, que solo estaba allí como testigo de paso, sentí que el nudo en la garganta también era mío. El peso del cielo recuperado Vi a la madre acariciar el borde de la mesa como si por fin le perteneciera. Vi al hijo mirar por la ventana un cielo que, de repente, ya no era prestado. Podían quedarse. Pero en sus ojos, bajo el brillo del alivio, habitaba una sombra: el recuerdo de los que se quedaron al otro lado del mapa, apretando el pecho como una cuenta pendiente que nunca se termina de pagar. En ese instante, me dolió España. No la España de postal, sino la de los trenes de madera y las maletas de cartón atadas con cuerda […]
Febrero no llegó con frío, sino con una claridad cruel.Mis ojos se volvieron demasiado precisos: empezaron a ver los hilos tensos de las intenciones, la humedad secreta de las mentiras. En la penumbra de la casa, incluso la luz dolía, como si mirarla fuera ya una forma de herida. No supe, entonces, cómo volver a cerrar los ojos. En las cornisas, las gárgolas gemían. Nunca fueron piedra verdadera.Eran personas que yo había detenido en el tiempo, convencida de que la inmovilidad podía enseñar lo que el mundo no había sabido. Les hablaba de igualdad, de silencio, de reflexión. Les decía que la piedra era refugio. Y mientras tanto, les robaba el movimiento con manos limpias y conciencia tranquila. Una noche, el aire se espesó.El viento dejó de obedecerme. Y desde lo alto, con la boca endurecida por el granito, una de ellas logró pronunciar una sola palabra: Injusta. No fue rabia lo que sentí, sino un terror blando, dulzón, como la revelación de una enfermedad lenta. Comprendí que mi justicia se había vuelto hambre. Que mi cuidado era control. Que los había inmovilizado no para que aprendieran, sino para que no perturbaran mi idea de orden. Los liberé antes del […]
Zona de Excavación Emocional El 28 de diciembre amaneció con esa luz indecisa típica de los días que flotan en el limbo: ya no son Navidad, pero tampoco terminan de ser Año Nuevo. Pedro abrió un ojo y se giró hacia Marco, que seguía abrazado a la almohada buscando refugio.El italiano, al sentir el movimiento, levantó la mano y el anillo brilló justo donde le daba el rayo de sol. —Amore… —susurró con voz adormilada—. Oggi è il giorno. El cumpleaños de tu arqueóloga favorita. Pedro soltó un suspiro largo, estirándose hasta que le crujieron las articulaciones. —¿Seguimos vivos? Entre México, Sicilia, Venecia y la pedida… no sé cómo mi cuerpo aguanta. Marco se rió suavemente y le apartó el pelo de la frente con cariño. —Pero sigues bellissimo. Venga, arriba. Hoy celebramos, aunque tengamos jet lag emocional. Andiamo! La misión de rescate Lo primero fue rescatar a Ron.El perro llevaba días viviendo su mejor vida en casa de la vecina. Nada más abrirse la puerta del rellano, un misil dorado salió disparado directo a las piernas de Pedro. —¡Ay, chicos, ya habéis vuelto! —exclamó Carmen, secándose las manos en el delantal y con una sonrisa de oreja a oreja—. […]
A las tres en punto de la madrugada, cuando incluso los relojes parecen dudar antes de avanzar y la ciudad se recuesta en un silencio que casi tiene pulso, tres figuras se adentraron en el camino que conducía al cementerio antiguo. Ningún mortal sensato transita esos senderos a tales horas, pero ellos tres ya habían demostrado en repetidas ocasiones que la sensatez es una flor que rara vez florece entre lectores de su calibre.La noche, despojada de luna, se extendía como un velo de terciopelo negro sobre los tejados. La humedad formaba una película helada sobre los adoquines, brillante como si la propia oscuridad hubiese ido a los talleres a estrenar su mejor atuendo ceremonial. Era una noche con vocación de presagio.Virginia avanzaba en el centro, con una compostura que nacía de un equilibrio peculiar entre la serenidad del que acepta el misterio y el buen juicio del que preferiría que dicho misterio se tomase un descanso. A su derecha, Bram mantenía la mano firme sobre la llave guardada en su abrigo: una reliquia caprichosa que parecía tener criterio propio. Edgar, un paso detrás, oteaba las sombras con la expresividad reservada a quienes han leído suficientes novelas góticas como para […]
Vuelo 7421: Destino Improvisado El móvil vibró sobre la mesa de centro con ese zumbido insistente y feo que nunca trae buenas noticias en festivo. A su lado, Ron, que dormitaba panza arriba con la desvergüenza de quien no paga alquiler, apenas abrió un ojo. Pedro, en cambio, sintió el pitido directamente en el estómago. Al leer la pantalla, el aire de la habitación pareció volverse más frío.“Baja médica imprevista. Te activamos para el BCN–MEX. Presentación en T1 a las 16:40h. Lo sentimos.” Pedro dejó caer el teléfono sobre el sofá, como si quemara.—Cazzo —se le escapó, con ese deje italiano que se le había pegado de tanto escuchar a Marco maldecir cuando perdía la Fiorentina. Ron detectó el cambio de presión atmosférica. Se incorporó, sacudiéndose la pereza, y apoyó el hocico pesado sobre la rodilla de su humano. Pedro le rascó detrás de la oreja con desgana, sintiendo ya el peso del uniforme.—Lo siento, gordo. Papá Noel no viene este año. Papá Pedro se va a servir “pollo o pasta” a doce mil metros de altura mientras tú te quedas mirando la puerta. En Radio Ráfaga… El espíritu navideño murió de una hemorragia súbita en cuanto Marco leyó el […]
Aviso de Contenido Este relato contiene elementos de terror psicológico, sensaciones corporales intensas y atmósferas inquietantes.Si eres sensible a este tipo de contenido, léelo con precaución o siéntete libre de saltarlo. La canción no empieza; te cae encima. La primera nota revienta en el local y se me clava en el pecho, justo ahí donde duele cuando te falta el aire. Nada de ventanas abiertas ni brisas suaves; es un golpe seco. Supongo que estoy tan harta de aguantar el tipo que cualquier golpe me atraviesa. Entonces sale ella a la luz. Flaca, ojerosa, con una pinta de haber visto cosas que te quitarían el sueño. No sonríe, ni saluda, ni falta que hace. Abre la boca y el bar se calla de golpe. No es respeto, es instinto. La gente no baila, se inclina hacia el escenario como si algo los arrastrara. Hasta yo, que siempre estoy a la defensiva, siento que me pesan los párpados. A mi lado, la chica de la mandíbula torcida se ha quedado quieta. Demasiado quieta. Intenta decirme algo y solo le sale un ruido húmedo, pastoso. Antes de que pueda preguntar qué le pasa, la cantante suelta otra nota. Esta no golpea. Esta […]
Después de este viaje lleno de caos veneciano, sustos sicilianos, momentos mágicos y emociones que van y vienen como las mareas… quiero escucharte a ti. Esta encuesta es para saber qué te ha tocado, qué te ha hecho reír, qué escena te dejó con el corazón apretado y cuál de estos personajes locos se ha quedado contigo más tiempo del que esperabas. Tu opinión ayuda a decidir qué vendrá después:más historias, un especial navideño, un spin-off… o ese capítulo extra que ya estás imaginando. Gracias por estar aquí.Ahora sí: cuéntame.
BIENVENIDO La plaza seguía vibrando después de la pedida de Pedro.Aplausos, luces danzando sobre los charcos, móviles levantados, turistas sin saber si estaban en una emisión cultural, en una telenovela italiana o en un capítulo de sus vidas que recordarían sin contexto. Pero Rebeca… no escuchaba nada. Solo veía el micro muerto, la emisión en pausa, y a Luis avanzando hacia el centro del escenario con esa calma de hombre que sabe que ya no puede esconderse detrás de su silencio. Luis se quitó la máscara gris.La dejó sobre un amplificador empapado.Rebeca sintió un latido extraño, como si algo dentro de ella hiciera clic. —Si la técnica falla —dijo él, mirando al público y luego directamente a ella—, seguimos con lo que nunca falla. Intentó responder, pero nada salió.Luis respiró hondo…y cantó. No fue perfecto.Ningún técnico del mundo lo habría aceptado como toma buena.Pero fue honesto.Y eso es mil veces mejor. Una voz cálida, grave, íntima.Como si en vez de cantar para una plaza entera, le cantara solo a ella. El silencio cayó sobre Venezia.Las gaviotas se callaron (lo cual, seamos realistas, ni el Papa logra).Diana llevó la mano a su corazón.Marco y Pedro se abrazaron sin darse cuenta.Un niño […]
VOGLIO VEDERTI DANZARE La tarde cayó sobre Venezia con una luz eléctrica, como si la ciudad hubiera decidido ponerse guapa para ellos.Piazza San Marco vibraba en ese modo suyo tan teatral: turistas empapados de lluvia fina, gaviotas opinando desde arriba, estudiantes con gelato en mano, y ese olor a mar que a veces parece dulce y a veces huele a “uy, se me ha mojado el calcetín”. Radio Ráfaga estaba a punto de hacer su emisión especial.El premio.El final del viaje.O, según Rebeca, “el último desafío técnico antes de que pierda la cabeza en directo”. Rebeca apareció con un vestido azul oscuro bordado en plata, tan luminoso que parecía tener luz propia.Luis llevaba traje negro y una máscara gris elegante, discreta y fatalmente favorecedora.Diana avanzaba con su capa dorada y su cuaderno apretado contra el pecho, cojeando pero digna como una heroína renacentista.Y Pedro… Pedro parecía un canapé de boda con ansiedad. Plumas rojas que explotaban con cada movimiento, máscara minúscula, traje veneciano tan saturado de color que dolía un poco verlo. Rebeca lo analizó cinco segundos en silencio absoluto. —Pedro… cariño… pareces un canapé de boda con estrés.—Es estilo veneciano —respondió él, muy digno.—Es un atentado visual.—Pues yo me […]
PIAZZA SAN MARCO Venezia apareció entre la niebla como una ciudad que respira lento.El vaporetto avanzaba por un canal que parecía un espejo agitado, y Rebeca era la primera en bajar, empujada por una energía que no sabía contener. —¡Mirad esas fachadas! ¡Y ese azul! ¡Y ese olor! —iba señalando todo, como si la ciudad necesitara una narradora urgente. Luis la seguía con calma entrenada.Pedro trataba de no caer en cada puente húmedo.Diana, con la pierna vendada, caminaba detrás: sin prisa, sin queja, sin ser llamada. Marco no estaba.Había vuelto a Florencia por trabajo, y sin él el grupo parecía un acorde al que le faltaba una nota. Venezia, luminosa incluso empapada La ciudad era un torbellino: niños con máscaras de cartón, turistas con ponchos amarillos que se pegaban al cuerpo, tenderos que gritaban ofertas imposibles, góndolas que rozaban los muros y dejaban un eco sutil. Una cafetería expulsaba olor a café fuerte.Un músico callejero afinaba mal.Un gato cruzó con la dignidad de quien conoce todos los secretos del agua. Rebeca continuaba hablando como si el mundo dependiera de su velocidad. —¿Habéis visto ese escaparate? ¡Me muero! ¿Cuánto falta? ¿Pedro, puedes mirar el mapa sin contármelo? Diana, ¿te duele? No, […]
Continuación del universo gótico de Las vidrieras rojas.En Encaje Marchito, la luz roja de aquellas vidrieras vuelve a filtrarse en una casa heredada, donde una profesora de yoga descubre que el aire también puede poseer. Un relato gótico urbano de belleza decadente, respiración y encaje. Las vidrieras han vuelto a respirar. Capítulo III. La combustión. | Relato gótico urbano El estudio duerme.Las velas se han convertido en charcos de cera endurecida; el aire huele a incienso viejo, sudor y un perfume dulzón que se aferra a las paredes.Me tumbo sobre la esterilla.Solo un minuto, pienso. Un minuto para vaciarme. El sueño llega sin aviso.No sueño nada: sólo oigo una respiración profunda, que no es la mía, subiendo desde el suelo.La casa entera respira. Despierto.El aire está caliente.La luz de las vidrieras se ha vuelto roja y espesa, como sangre que gotea sobre las baldosas.Intento incorporarme, pero algo me oprime el pecho. El vestido. Está sobre mí.El encaje, húmedo y tibio, me cubre hasta el cuello.Tiro de él, desesperada, pero la tela no cede: se amolda, se tensa, late conmigo.Cada movimiento la despierta más. El olor del incienso se mezcla con otro más fuerte: hierro, flores podridas… y humo.¿Humo? Me vuelvo […]