Continuación del universo gótico de Las vidrieras rojas.
En Encaje Marchito, la luz roja de aquellas vidrieras vuelve a filtrarse en una casa heredada, donde una profesora de yoga descubre que el aire también puede poseer.
Un relato gótico urbano de belleza decadente, respiración y encaje.
Las vidrieras han vuelto a respirar.
Capítulo III. La combustión. | Relato gótico urbano
El estudio duerme.
Las velas se han convertido en charcos de cera endurecida; el aire huele a incienso viejo, sudor y un perfume dulzón que se aferra a las paredes.
Me tumbo sobre la esterilla.
Solo un minuto, pienso. Un minuto para vaciarme.
El sueño llega sin aviso.
No sueño nada: sólo oigo una respiración profunda, que no es la mía, subiendo desde el suelo.
La casa entera respira.
Despierto.
El aire está caliente.
La luz de las vidrieras se ha vuelto roja y espesa, como sangre que gotea sobre las baldosas.
Intento incorporarme, pero algo me oprime el pecho.
El vestido.
Está sobre mí.
El encaje, húmedo y tibio, me cubre hasta el cuello.
Tiro de él, desesperada, pero la tela no cede: se amolda, se tensa, late conmigo.
Cada movimiento la despierta más.
El olor del incienso se mezcla con otro más fuerte: hierro, flores podridas… y humo.
¿Humo?
Me vuelvo hacia las vidrieras.
Afuera, algo brilla.
Una línea de fuego recorre la calle, como una lengua encendida.
Las llamas trepan por la fachada del edificio contiguo, reflejándose en los cristales: un mar de luz roja que lo devora todo.
El calor entra.
Corro hacia la puerta.
El vestido se aferra a mis piernas.
Tiro, grito, me arrastro, pero la tela me sujeta con fuerza.
Cada vez que lucho, se contrae más, como si disfrutara.
El aire se espesa; cada respiración cuesta.
Las llamas, fuera, crecen y se reflejan en las paredes.
Todo parece arder desde adentro: el estudio, las vidrieras, mi piel.
Clavo las uñas en el tejido.
Rompo una costura.
Debajo no hay piel, sino un brillo oscuro, líquido.
Sangro.
El vestido también.
El encaje se tiñe, absorbe, palpita.
El suelo tiembla.
Las vidrieras vibran con un sonido agudo, como un grito de cristal.
Por un instante creo ver a alguien reflejado en el espejo —yo, pero no del todo yo—, una figura que se mantiene erguida mientras yo caigo.
El calor me quema los pulmones.
Pienso en Ángela, en el balcón del edificio vacío, en el vestido colgado como una herida blanca que nunca dejó de mirarme.
El fuego ruge.
El aire me falta.
Intento gritar y sólo sale un suspiro largo, suave, como una plegaria.
El fuego no viene de fuera.
Viene de mí.
Y el vestido respira.