Hay pueblos que siguen en pie, aunque ya no quede nadie para habitarlos. Desde lejos parecen abandonados, y quizá lo están. Vilanova de l’Ebre no se vació poco a poco, ni necesitó del paso de los siglos para venirse abajo; el fuego y la metralla lo reventaron de golpe. A pesar de todo, sigue en pie, aunque ya no quede nadie para habitarlo. Desde lejos parece abandonado, y lo está, pero con una ruina distinta: una donde los tejados hundidos y las puertas cedidas no son obra del tiempo, sino de los bombardeos. Ahora, décadas después, es cuando entran las zarzas, la lluvia y los animales. Las ventanas, que un día volaron por los aires, siguen rotas, y la hiedra sube por las fachadas como si quisiera tapar las cicatrices de lo que allí pasó. Pero siempre permanece algo. Un número oxidado junto a una entrada. Los muelles desnudos de un colchón. Una cazuela rota. Una silla vencida contra una pared. Objetos pequeños, humildes, que bastan para recordarnos que allí hubo manos, voces, rutinas. Que alguien cerró una puerta por última vez sin saber que era la última. Cuando se entra en uno de esos pueblos, el cuerpo lo nota […]
Relato corto
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