No hubo gritos ni descorche de botellas. El salón se quedó de pronto en uno de esos silencios espesos, casi sagrados, que solo aparecen cuando la vida decide dejar de golpearte por un momento y te concede una tregua. Se miraron entre ellos con una incredulidad pesada. Ya no tenían que correr. Ya no tenían que esconderse. Estaban eufóricos, sí, pero era una euforia cansada, la de quien acaba de soltar una piedra que ha cargado durante años. Y yo, que solo estaba allí como testigo de paso, sentí que el nudo en la garganta también era mío. El peso del cielo recuperado Vi a la madre acariciar el borde de la mesa como si por fin le perteneciera. Vi al hijo mirar por la ventana un cielo que, de repente, ya no era prestado. Podían quedarse. Pero en sus ojos, bajo el brillo del alivio, habitaba una sombra: el recuerdo de los que se quedaron al otro lado del mapa, apretando el pecho como una cuenta pendiente que nunca se termina de pagar. En ese instante, me dolió España. No la España de postal, sino la de los trenes de madera y las maletas de cartón atadas con cuerda […]
#sentimientos
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