BILLETES DE IDA (Y LO QUE VENGA) – Capítulo 15: Bajar a tierra (y subir al coche)

☀️ TARRAGONA · AGOSTO · DEMASIADO CALOR

Tarragona en agosto tenía algo de castigo bíblico.

A las cuatro de la tarde, el paseo de fuera estaba prácticamente vacío y el Mediterráneo, detrás de los cristales de Radio Ráfaga, brillaba tanto que dolía mirarlo.

Dentro tampoco se estaba mucho mejor.

El aire acondicionado llevaba dos días averiado y el pequeño ventilador que Rebeca había rescatado de un armario se limitaba a empujar aire caliente de una esquina a otra.

Luis llevaba casi veinte minutos debajo de la mesa de mezclas.

—Como no salgas pronto de ahí, te voy a tener que sacar con mantequilla —dijo Rebeca.

—Estoy bien.

—Claro. Por eso tienes media camiseta pegada al suelo.

Luis apareció por fin, arrastrándose hacia atrás.

Llevaba un destornillador en una mano y una pelusa del tamaño de un conejo enganchada en el hombro.

Se sentó en el suelo.

—Ha muerto.

—¿El aire?

—El extractor.

—Ah.

—El aire murió anteayer.

Rebeca le tendió una botella de agua.

—Bebe.

Luis obedeció. Luego se pasó la botella fría por la frente antes de darle un trago largo.

—Esto no puede ser legal.

—Estamos en agosto.

—Eso tampoco debería ser legal.

Rebeca soltó una risa y se inclinó para apartarle un mechón húmedo de la frente. Luis levantó la vista hacia ella.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras pensando que resulto atractivo sudando.

—No estaba pensando eso.

—Mentira.

—Estaba pensando que hueles a técnico de mantenimiento.

—Mucho mejor.

Rebeca le dio un beso corto en la sien.


📹 LLAMADA ENTRANTE: ITALIA

El ordenador de la mesa emitió un pitido.

—Italia —dijo ella.

Luis dejó la botella y se levantó de inmediato.

—A ver si esta vez la cámara funciona.

La imagen apareció a trompicones.

Primero un techo.

Luego media lámpara.

Después un ojo enorme detrás de unas gafas.

—¿Se ve?

—Diana, ahora mismo solo vemos tu ceja —dijo Rebeca.

—Un segundo.

La imagen dio dos vueltas y terminó enfocando el salón.

—Ahora.

Diana apareció delante de la cámara, con el pelo recogido de cualquier manera y la taza negra de Indiana Jones entre las manos.

—Hola.

Luis sonrió antes incluso de darse cuenta.

—Hola, hija.

Todavía le ocurría.

Diana podía decirlo de la manera más corriente del mundo, distraída, mientras bebía café o buscaba algo en una mochila, y a él se le movía algo por dentro.

Rebeca lo sabía.

Por eso no dijo nada.

Solo le rozó los nudillos con los suyos sobre la mesa.

—¿Qué tal? —preguntó Luis.

—Calor.

—Aquí también.

—Pero nosotros tenemos aire acondicionado.

Luis la miró con indignación.

—No hacía falta presumir.

Diana se rio.

Llevaba ya unos meses en Italia por el Erasmus y se había acostumbrado bastante bien a instalarse en casa de Marco y Pedro siempre que podía.

Al principio decía que solo iba a pasar algún fin de semana.

Luego aparecieron un cepillo de dientes en el baño, dos libros sobre la mesa del salón y una bolsa llena de ropa junto al sofá.

Nadie volvió a hablar de fines de semana.


🐕 ENTRA RON. COMO SIEMPRE, SIN PERMISO.

Una sombra dorada cruzó por detrás de ella.

—No —dijo Diana, sin girarse siquiera.

Demasiado tarde.

Ron saltó contra la mesa y metió el hocico delante de la cámara.

Durante unos segundos, en Tarragona solo pudieron ver nariz, pelo y lengua.

—¡Ron!

Marco apareció detrás y agarró al perro por el collar.

—Scendi. Giù. Ron, per favore.

Ron interpretó aquello como una invitación al juego.

—Te hace muchísimo caso —comentó Rebeca.

—Es un perro muy independiente.

—Es un delincuente —dijo Diana.

Marco consiguió apartarlo y se sentó a su lado.

Llevaba una camiseta blanca y el pelo todavía húmedo.

—Ciao.

—¿Y Pedro? —preguntó Luis.

Marco señaló hacia el sofá.

Pedro estaba tumbado boca arriba, con un brazo sobre los ojos y el teléfono encima del pecho.

—¿Está vivo? —preguntó Rebeca.

—Desgraciadamente —contestó Marco.

Pedro levantó una mano.

—Os oigo.

—Pues acércate —dijo Luis.

—No tengo fuerzas.

—Pedro.

—He perdido las ganas de vivir.

Marco ni siquiera lo miró.

—Hace veinte minutos estaba comiendo helado.

—Una cosa no excluye la otra.

Pedro terminó levantándose.

Llegó a la cámara arrastrando los pies, con una camisa de lino arrugada y unas ojeras impropias de alguien que se pasaba media vida defendiendo las virtudes del contorno de ojos.

Se dejó caer en una silla.

Luis frunció el ceño.

—Tienes mala cara.

—Gracias. Qué bonito tener amigos.

—¿Has dormido?

—¿Dormir? ¿Qué es dormir, Luis? Ilústrame.

Diana escondió la sonrisa detrás de la taza.


🍝 PEDRO QUERÍA SU COME, REZA, AMA

Pedro apoyó los codos en la mesa.

—Yo me mudé a Italia por amor.

Marco levantó una ceja.

—No empieces.

—Por amor —repitió Pedro—. Dejé Barcelona, dejé mi casa, dejé a Carmen vigilándome el buzón y vine aquí pensando que iba a tener una vida mediterránea.

—Italia también es mediterránea —dijo Diana.

—No me interrumpas con geografía.

Se incorporó un poco.

—Yo me veía paseando por Roma, comiendo pasta, yendo al mercado con una bolsa de tela…

Marco soltó una risa seca.

—Tú no vas al mercado.

—¡Porque trabajas al lado de uno y compras tú!

—Exacto.

—No es el tema.

Pedro señaló a la pantalla.

—El tema es que yo quería vivir mi Come, reza, ama.

Rebeca se echó a reír.

—¿Tú?

—Yo.

—Pedro, tú durarías tres minutos en un retiro espiritual.

—Pues Julia Roberts lo hizo.

—Julia Roberts no tenía que estar localizada por una aerolínea —dijo Diana.

Pedro la señaló.

—Ahí está.

Cogió el móvil de la mesa y lo levantó como si fuera una prueba en un juicio.

—Este aparato es mi carcelero. Si vibra, se acabó la vida. Da igual que esté cenando, durmiendo o viendo una película abrazado a mi novio.

Marco lo miró.

—¿Abrazado?

—Era una manera de hablar.

—Ah.

—No desvíes el asunto.

Pedro dejó caer el teléfono otra vez.

—Estoy harto de las guardias. Harto de las reservas. Harto de no poder hacer planes porque igual a las tres de la mañana alguien decide que tengo que aparecer planchado y sonriente en un aeropuerto.

—Eso llevas diciéndolo meses —dijo Marco.

Pedro abrió la boca para responder.


📱 BZZZ.

El móvil vibró.

Todos miraron hacia él.

Pedro cerró los ojos.

—No.

Volvió a vibrar.

—Pedro —dijo Marco.

—No existe.

—Está encima de tu mano.

—Si no lo miro, no existe.

Tercera vibración.

Pedro cogió el teléfono.

Miró la pantalla.

Su expresión cambió.

—La oficina.

Nadie dijo nada.

Pedro se levantó y se alejó unos pasos mientras contestaba.

—Sí.

Pausa.

—Sí, estoy disponible.

Otra pausa.

Marco lo observaba desde la mesa.

Pedro se pasó una mano por la cara.

—Entendido.

Colgó.

Se quedó quieto.

—¿Qué? —preguntó Diana.

Pedro dejó el móvil sobre la encimera.

—Tokio.

—¿Cuándo? —preguntó Marco.

—El coche viene en quince minutos.

Marco bajó la mirada.

Fue apenas un gesto, pero Pedro lo vio.

También lo vio Diana.

Y desde Tarragona, Luis.

Pedro miró hacia el pasillo.

Luego hacia la maleta de vuelo que llevaba días preparada junto a la puerta.

Durante un instante pareció que iba a ir a por ella.

No lo hizo.

Se sentó.


✈️ —NO VOY.

—No voy.

Marco levantó la cabeza.

—Pedro.

—No voy.

—¿Qué quieres decir con que no vas?

—Que no voy a Tokio.

Luis se acercó un poco al monitor.

—¿Puedes hacer eso?

—Poder puedo. Otra cosa es lo que venga después.

—Pedro…

—Luis, no.

Su voz ya no tenía nada de teatral.

Pedro miró a Marco.

—No puedo seguir así.

Marco no respondió enseguida.

Pedro tragó saliva.

—Llevo semanas diciéndote que lo voy a arreglar y no arreglo nada. Me llaman y salgo corriendo. Vuelvo roto. Duermo dos días. Me llaman otra vez. Y tú haces como que no pasa nada.

—Porque sabía dónde me metía.

—Ya. Pero yo también.

Se hizo un silencio.

Diana dejó la taza sobre la mesa.

Pedro volvió a coger el móvil.

—Esta mañana hablé con recursos humanos.

Marco lo miró sorprendido.

—¿Esta mañana?

Pedro asintió.

—Pedí la baja voluntaria.

Ahora sí hubo silencio.

—¿Has dimitido? —preguntó Diana.

—He acordado irme.

Pedro respiró hondo.

—Me quedaban vacaciones, días acumulados y unas jornadas que todavía me debían. Lo hemos cuadrado para que las disfrute antes de la fecha efectiva de salida.

Rebeca sonrió.

—¿Y cuándo empiezan?

Pedro miró el teléfono.

Después levantó los ojos.

—Hace exactamente treinta segundos.

Diana soltó un grito.

Ron empezó a ladrar sin saber por qué.

Marco se quedó inmóvil.

—¿Lo dices en serio?

—Completamente.

—¿Y Tokio?

Pedro miró la maleta junto a la puerta.

—Que vaya otro.

Marco se levantó.

Pedro apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que lo abrazara.

—Eh —protestó Pedro, aunque enseguida le rodeó la cintura—. Cuidado, que llevo lino.

Diana aplaudió.

—Qué pesados sois.

—Tú cállate —dijo Pedro, todavía abrazado a Marco.


🏖️ PLAN PROFESIONAL DE PEDRO PARA EL FUTURO INMEDIATO: NADA

—¿Y ahora qué vas a hacer? —preguntó Luis.

Pedro se separó un poco.

—Nada.

—¿Nada?

—Nada en absoluto.

Se quedó pensando.

—Durante muchísimo tiempo.

Otra pausa.

Sus ojos fueron hacia Diana.

Después hacia Marco.

Después hacia Ron, que había conseguido meter media cabeza dentro de una bolsa de papel.

Pedro sonrió.

—Nos vamos de vacaciones.

Marco parpadeó.

—¿Cómo?

—De vacaciones.

—Pedro…

—No, no. Escúchame. Vacaciones de verdad. De las de despertarte y no saber qué día es. De las de comer mal. De las de parar el coche porque alguien ha visto un cartel absurdo en la carretera.

Diana ya estaba sonriendo.

—Me gusta.

—Claro que te gusta.

Pedro señaló a Marco.

—Tú vienes.

—Vivo aquí.

—Me da igual.

Señaló a Diana.

—Tú vienes.

—Estoy de Erasmus.

—Agosto existe también para los Erasmus.

Luego miró a Ron.

—Y ese criminal viene.

Ron ladró.

—Ves. Ha aceptado.

Marco se cruzó de brazos.

—¿Y a dónde vamos?

Pedro abrió mucho los ojos, como si la respuesta fuera evidente.

—A España.

Luis se echó a reír.

—¿A España?

—Sí. Cogemos el coche, nos plantamos en Civitavecchia, ferry a Barcelona y empezamos desde allí.

Diana ya estaba buscando algo en el móvil.

—Hay ferry mañana.

—Perfecto.

—Pedro, mañana es muy pronto —dijo Marco.

—Llevo años trabajando con horarios de aeropuerto. Mañana me parece una eternidad.


🚗 OPERACIÓN: ESPAÑA

Rebeca intervino.

—¿Y qué vais a hacer en Barcelona?

Pedro la miró.

—Recoger a Carmen.

Marco soltó una carcajada.

—No.

—Sí.

—Pedro.

—Le prometí un viaje.

—Le prometes cosas cuando bebes vermut.

—Las promesas con vermut siguen siendo legalmente vinculantes.

Diana levantó la vista del teléfono.

—¿Carmen sabe algo de esto?

—Todavía no.

—Entonces no está invitada.

—Carmen no necesita invitación.

Pedro empezó a contar con los dedos.

—Llegamos a Barcelona. Pasamos por mi piso. Recogemos ropa. Recogemos a Carmen.

—¿Por qué das por hecho que Carmen quiere venir? —preguntó Luis.

Todos lo miraron.

Luis levantó las manos.

—Vale. Pregunta absurda.

—Exacto —dijo Pedro—. Después bajamos a Tarragona.

Rebeca ladeó la cabeza.

—¿Para qué?

Pedro la miró como si acabara de hacerle daño.

—Para recogeros.

—Nosotros trabajamos.

—Estamos en agosto.

—La radio sigue existiendo en agosto.

—Pues que deje de existir unos días.

Luis miró alrededor de la cabina.

El ventilador escupió aire caliente.

Un piloto rojo del equipo técnico parpadeó dos veces.

—No sería el peor momento —dijo.

Rebeca lo miró.

—Luis.

—¿Qué?

—No puedes cerrar la radio porque Pedro haya dimitido.

—No he dicho cerrar.

—Lo estabas pensando.

—He pensado muchas cosas.


🌊 ESPAÑA ENTERA. COCHE. PLAYA. PUEBLOS. COMIDA. NINGÚN HORARIO.

Pedro se acercó a la cámara.

—Rebeca.

—No.

—Ni siquiera he preguntado.

—Pero vas a hacerlo.

—España entera. Coche. Playa. Pueblos. Comida. Ningún horario.

Rebeca se quedó callada.

Pedro sonrió.

—Y Carmen.

Rebeca miró a Luis.

Luis se encogió de hombros.

—Yo no he dicho nada.

—Tienes cara de querer irte.

—Tengo cara de llevar cuarenta minutos arreglando un extractor a treinta y nueve grados.

—Eso también.

Desde Italia, Diana levantó una mano.

—Yo voto que sí.

—Tú no votas —dijo Rebeca.

—¿Por qué?

—Porque eres parte interesada.

—Entonces voto dos veces.

Marco se echó a reír.

Ron volvió a saltar contra la mesa.

La cámara tembló.

Durante unos segundos solo se vio un trozo de pared, el brazo de Diana y el hocico del perro.

—¡Ron!

Luis miró la pantalla torcida.

Luego el extractor abierto.

Después a Rebeca.

—Podríamos pedir unos días.

Rebeca no contestó.

—Pocos —añadió él.

—Ajá.

—Una semana.

—Ajá.

—O dos.

Rebeca terminó sonriendo.

—Eres facilísimo.

Pedro recuperó la cámara.

—¿Eso es un sí?

Rebeca señaló la pantalla.

—Eso es un “hablaremos”.

Pedro dio una palmada.

—¡Es un sí!

—No es un sí.

—Marco, haz las maletas.

—Pedro…

—Diana, tú también.

—Ya estoy mirando ferris.

—¡Esa es mi niña!

Luis señaló el monitor.

—No la metas en tus planes sin preguntar.

—Es mayor de edad.

—Eso no ayuda.

Pedro ya no escuchaba.

Había empezado a caminar por el salón mientras hablaba solo.

—Barcelona, Tarragona… luego podríamos bajar por Valencia…

—Ni siquiera hemos llegado al ferry —dijo Marco.

—Hay que pensar en grande.

—Hay que pensar en gasolina.

—Siempre arruinándolo todo con economía doméstica.

Diana volvió a levantar el móvil.

—Hay camarotes que aceptan perros.

Pedro miró a Ron.

—Pues ya está.

Ron estaba mordiendo la bolsa de papel.

—Toda la familia.

Marco sonrió.

—¿Toda?

Pedro se quedó quieto.

Miró a Marco.

Luego a Diana.

Luego al perro.

Después, en la pantalla, a Luis y Rebeca.

—Toda.


❤️ TODA.

Y por primera vez en bastante tiempo, cuando el teléfono volvió a vibrar sobre la mesa, Pedro ni siquiera lo miró.

Fuera, Italia seguía achicharrándose bajo el sol de agosto.

En Tarragona, el extractor seguía muerto.

Y en Barcelona, sin saberlo todavía, la señora Carmen estaba a menos de veinticuatro horas de recibir una llamada que acabaría con ella metiendo media casa en una maleta de flores y preguntando si en el coche habría sitio para una fiambrera grande.

O seis.

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