BILLETES DE IDA (Y LO QUE VENGA) – CAPÍTULO 4

PODRÍAMOS REGRESAR

No era volver. Era escucharse por primera vez.

Luis se apartó sin hacer ruido.
Sin excusas.
Solo se deslizó entre turistas y farolas.
Como quien busca sombra, no porque huya del sol,
sino porque necesita ver mejor.

Diana señalaba piedras como quien busca pistas.
Rebeca discutía con el GPS como si Roma la desafiara.
Luis quería otra cosa.
Aire.
Y un poco de sí mismo.


Había querido cantar.
No por escenario.
Por instinto.

Tenía una voz grave, templada.
Con algo de madera y de eco.
Una vez, una mujer le dijo:
“Cuando cantas, parece que todo va a salir bien.”

Él no supo qué contestar.
Y después eligió no cantar más.

Su madre empezó a confundir nombres y horarios.
Luis se quedó.

No por cobardía.
Por amor.

Y lo que no se canta, a veces, se guarda tan hondo
que uno olvida que sigue ahí.


Era moreno, de espalda ancha y barriga honesta.
Ojos entre marrones y verdes, como tierra mojada.
Camiseta de algodón, reloj con correa gastada.
El cuerpo de alguien que no compite.
Pero sostiene.

Y cuando cantaba, no cambiaba.
Se volvía más nítido.


Esa tarde entró en una papelería estrecha,
con campanilla en la puerta y olor a cartón viejo.
Compró un cuaderno negro.
Tapa dura, sin líneas.
Lo metió en la mochila como si llevara algo frágil.
O recién nacido.


En el hotel, la ducha empañaba el espejo.
Se secó el pelo con la toalla, aún descalzo.
La ventana abierta dejaba entrar los murmullos de Roma:
motores lejanos, una moto acelerando, alguien riendo abajo.

Encendió la luz pequeña de la mesilla.
Se sentó en la cama.
Abrió el cuaderno.
Y entonces, casi sin pensarlo,
cantó.


Si alguna vez me miras
como si el mundo se callara,
quédate.
No digas nada.

Si alguna vez respiras
como si aún valiera la pena,
quédate.
No cierres nada.

Porque nací para eso:
no para ser visto,
sino para ser mirado así.


La melodía era sencilla.
Pero la voz…
sonaba a presente.


En la habitación de al lado,
Rebeca levantó la cabeza.

Había estado a punto de dormirse.
La piel aún húmeda del baño.
El ventilador del techo murmurando.

Sin embargo, esa voz la cruzó.
No fuerte.
No buscada.
Pero inevitable.

Luis.
Cantando.

Sintió algo que no quiso pensar.
Ni tristeza.
Ni deseo.
Ni nostalgia.

Solo eso.

«No sé por qué me tocó tanto.
Pero me tocó.»

No encendió la luz.
Ni se movió.
Solo escuchó.
Como si al otro lado hubiera alguien
que no sabía que estaba cantándole.


🎧 Epílogo musical del capítulo

“Podríamos regresar…”

Luis se tumbó con los auriculares puestos.
La toalla aún colgaba de la silla.
El cuaderno sobre la almohada.

No pensaba en volver.
Ni en empezar.
Solo supo que no todo estaba perdido.
Y que su voz, al menos,
aún sabía regresar.

«Podríamos regresar” interpretada por Tiziano Ferro. Vídeo original en YouTube.

Así termina este capítulo 4 de Billetes de ida (y lo que venga): Podríamos regresar.
Una canción. Una voz. Y lo que aún espera ser dicho.

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