BILLETES DE IDA (Y LO QUE VENGA) – CAPÍTULO 5

DIREZIONE LA VITA

El mensaje llegó con un pitido agudo y una vibración que hizo bailar el móvil sobre la mesa del desayuno.
Diana lo leyó primero. Pedro se asomó por encima de su hombro con la familiaridad de quien ya había probado su helado, su paciencia y parte de su playlist.

—Es la Asociación Dante —anunció con la boca aún llena de cornetto—. Han enviado el itinerario oficial.

—¿Y bien? —preguntó Rebeca desde la ventana del hotel, donde intentaba confirmar si la señora de abajo era o no Laura Pausini de incógnito.

—Nos esperan en Venecia dentro de tres días. Grabación en directo. Disfrazados. En la plaza de San Marcos.

—Naturalmente —murmuró Rebeca—. Porque nada dice “profesionalidad cultural” como una peluca frente a una basílica.

Luis alzó una ceja desde la cafetera italiana, que trataba con la prudencia de quien desactiva un artefacto histórico.

—¿Y qué más?

Diana deslizó el dedo por la pantalla.

—Nos dan libertad para explorar otros destinos italianos, para “respirar la belleza” y preparar contenidos. Florencia, Verona, Pompeya, Capri… lo que inspire.

Pedro la miró de reojo.

—Florencia suena bien. Te acompaño.

—¿En serio? —Diana ladeó la cabeza, entre divertida y tentada.

—Totalmente. Hay algo allí que quiero volver a mirar. Y Marco puede alcanzarnos también. Haremos una ruta de slow life con museo y limonata.

—¿Marco es…? —empezó Rebeca.

—Mi novio. Italiano. Profesor de teatro. Habla como si estuviera en un monólogo permanente. Está loco por mí. No lo culpo.

Luis se sirvió más café sin levantar la vista.

—¿Y tú, Rebeca?

—Capri —dijo, como quien defiende un hechizo que el mundo insiste en romper—. Ya no está escondida, lo sé. Pero cuando el mar calla y las terrazas se quedan vacías, fuera de temporada, Capri todavía brilla como un paraíso. Y yo quiero llegar antes de que esa magia se me borre de la piel.

—¿Vas sola?

Luis intervino sin mirar a nadie:

—Pompeya me llama. Podríamos coordinar.

Rebeca asintió. No sonrió. Pero tampoco evitó el gesto.

—Perfecto —dijo Pedro, palmeando la mesa—. Dos expediciones. Norte y sur. Inspiración por zonas. Y nos reencontramos en Venecia para la emisión. Con disfraz, drama… y algo de poesía en directo. Que suene profesional, pero excéntrico.

—Y después… veremos —añadió Rebeca.

Lo dijo sin ironía.
Lo dijo como alguien que vive una reinvención después de los 40, aunque aún no lo admita.


La pulsera

Tomaron un taxi para acercarse al centro. Ventanas abiertas, radio en italiano, olor a coco envejecido.

Rebeca hablaba sin pausa: recuerdos de viajes, cantantes pop con nombres imposibles, detalles de arquitectura barroca maldita.
Luis iba en silencio, en su estado natural de observación callada.

Cuando todos bajaron, fue el último.
Y en el asiento trasero, algo brilló.

La pulsera de Rebeca.
La de los dos colgantes. La de siempre.

Luis la tomó. Estaba algo sucia.
La limpió con el borde de su camiseta.
La guardó en el bolsillo.

En la entrada del hotel, antes de separarse, se acercó a ella y se la tendió sin dramatismo.

—Se te cayó esto.

Rebeca la reconoció al instante. La sostuvo entre los dedos.

—Ni cuenta me había dado.

—Ya lo sé.

—¿La limpiaste?

Luis alzó una ceja. No dijo nada.

Y siguió caminando.

Rebeca se puso la pulsera.
Como quien recuerda algo que había olvidado que necesitaba.


Pedro

Pedro caminaba por una calle tranquila, buscando señal con el móvil en el aire.
Conectó la videollamada justo cuando Marco apareció en pantalla con manchas de témpera y un mechón rebelde.

—Amore —dijo Marco—. ¿Estás actuando… o sobreviviendo?

—Depende de la iluminación.

Marco sonrió. Detrás, pupitres, carteles con citas de Brecht, caos amable de escuela pública.

—¿Y tú?

—Hoy logré que una alumna dijera “teatro” sin reírse. Me siento invencible.

—En dos días estoy en Florencia. ¿Te unes?

—Si llevas vino y algo que no tenga sentido, sí.

—¿Qué te traigo?

—Algo que no sirva para nada… pero que te recuerde por qué fuiste.

No dijo nada.

Pero sonrió.
A veces, lo más inútil es lo que más sentido tiene.


Rebeca

Via del Corso brillaba sin pedir permiso.
Fachadas limpias. Escaparates de perfección.
Todo parecía diseñado por un algoritmo para gente bonita haciendo cosas inútiles.

Y ella, en medio, como una frase suelta en un idioma que ya no dominaba.

Se sentó en un banco, frente a una tienda donde los maniquíes vestían como si la vida no doliera.

A su lado, una mujer italiana discutía por teléfono.
Moño deshecho, bolsas colgando, gafas resbaladas.

—Non ce la faccio più! Sempre urlano, litigano, rompono tutto! E io? Un fantasma in casa mia!

¡No puedo más! ¡Siempre gritan, se pelean, lo rompen todo! ¿Y yo? ¡Un fantasma en mi propia casa!

Rebeca no se movió.

La mujer siguió:

—E poi… “mamma, mamma, mamma” cento volte! Ma quando mi ascoltano davvero?

Y encima… “mamá, mamá, mamá” cien veces. Pero ¿cuándo me escuchan de verdad?

Y entonces, algo le dolió.

No envidia.
No alivio.
Sólo ese golpe sordo de quien ya no escucha su nombre dicho en voz íntima.

Diana no le decía “mamá” cien veces.
A veces, ni una.
Últimamente, hablaban de cosas. Pero no de ellas.

La mujer cruzó la calle.
Rebeca se quedó quieta.

Y sin darse cuenta, se llevó la mano a la muñeca.
Tocó uno de los colgantes.
Una, dos veces.
Como quien tantea el borde de una herida sin abrirla.

Sacó el móvil.
Escribió algo en una nota.
Lo borró.

No sabía qué decir.
Pero empezaba a saber lo que le faltaba.

🎧 Epílogo musical del capítulo

“Direzione la vita” – Annalisa
Una canción que habla de no saber exactamente a dónde vas… pero ir.
De dar un paso, aunque tiemble.
De sentir algo por dentro y dejarse arrastrar un poco.

👉 Escúchala aquí, en el canal oficial de YouTube:


Nota: La canción “Direzione la vita” es una obra original de Annalisa. Su mención y enlace se realizan con fines narrativos y culturales, sin ánimo de lucro. Todos los derechos pertenecen a su autora y sello discográfico.

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  • María