PEDRO (O EL ARTE DE IRRUMPIR CON OLOR A MANDARINA)
A las 8:47, la Terminal 1 de Barcelona olía a perfume barato, nervios de domingo y croissants del día anterior.
Rebeca ya había cumplido con su ritual matinal como una sacerdotisa del caos elegante:
había declarado que el duty free era “una Venecia decadente con olor a Chanel”, perdido el pasaporte dentro de una guía de Florencia subrayada con furia, y corregido —por cuarta vez ese mes— la pronunciación de Trastevere:
“Como quien ha amado en Roma y llorado en Florencia. Todo en el mismo fin de semana.”
Vestía un vestido de limones, vaporoso como una promesa de verano.
Llevaba gafas de sol sobre la cabeza —a pesar del techo— y un bolso que sonaba a biblioteca.
En los labios: carmín rojo.
En las muñecas: perfume cítrico.
Capri embotellado, con nostalgia de decisiones no tomadas.
Caminaba como si el mundo le debiera una banda sonora de Mina. O al menos un piano de fondo.
Luis avanzaba con la mochila ajustada.
Como si la estupidez del mundo moderno solo pudiera combatirse con cables y micrófonos.
Miraba todo con la atención escéptica de quien ha arreglado demasiadas máquinas para confiar en las personas.
Y con la resignación de quien sabe que los vuelos de bajo coste no incluyen fe.
Diana observaba. Y escribía.
Llevaba el pelo recogido con un lápiz robado a su madre “solo por hoy”.
Las gafas torcidas caían con precisión sobre el puente de su nariz.
Cada silencio era una nota. Cada desastre, material.
Entre los tres, sumaban cinco pares de gafas:
unas para leer, unas de sol, unas progresivas, unas sin aumento por estética, y otras —las más necesarias— para mirar el mundo con distancia cultural.
Cataluña, al fin y al cabo, entrena bien la mirada.
Diana no estaba nerviosa por el vuelo. Estaba emocionada por pisar tierra italiana.
Quería ver ruinas, frescos, columnas con inscripciones sin traducir.
Soñaba con tocar piedra milenaria. Confirmar que el pasado no era una página, sino un lugar.
—¿Por qué hay moqueta en todas partes? —preguntó Rebeca, ajustándose la bufanda como quien entra en una gala olvidada.
Ella también estaba feliz.
Italia, para Rebeca, era un collage de películas antiguas, cartas no enviadas y promesas con olor a albahaca.
—Para que las tragedias familiares suenen suaves —dijo Diana.
—Para que uno no escuche cómo paga tres euros por un café con leche —añadió Luis.
Y justo cuando parecía que el caos ya tenía nombre, apareció Pedro.
No caminó: irrumpió.
Como si el suelo fuera un escenario y él, el prólogo de una ópera en zapatillas doradas.
Alto. Pelo castaño oscuro peinado hacia atrás con precisión arquitectónica.
Sonrisa de ensayo general. Dientes tan blancos que parecían patrocinados.
En el pecho: “Pedro A.” bordado en dorado, como si su chaqueta asistiera a misa por él.
Las puertas se abrieron como telón.
Los pasajeros, actores de reparto, comenzaron a formar la fila con esa coreografía pasivo-agresiva que es universal.
—Señores Contreras, Márquez y Márquez —entonó Pedro, con voz de musical a cámara lenta—. La Asociación Dante ha asignado un asiento en clase business. Uno solo.
Rebeca se giró como si la estuvieran enfocando.
—Adelante —dijo, ofreciendo el cuello como quien entrega su destino.
—El señor Contreras.
Estatua. Silencio. Incredulidad compartida.
Pedro no esperó reacción:
—Y por protocolo… se asignan dos vacantes más en business a… el joven que canta Despacito y su madre, ya ubicados en la fila 23.
El niño se levantó como si lo hubieran llamado al escenario de su película favorita.
Camiseta con dinosaurio feliz. Pollitos con gafas de sol. Todo encajaba.
Saludó como una estrella animada. Su madre lloró como si lo enviara a Eurovisión Kids.
Rebeca no pestañeó. Diana tragó en seco. Luis bajó la mirada.
Nadie aplaudió. Nadie ganó.
—¿Luis? ¿En business? ¿Y nosotras qué somos? ¿Una influencer y su versión outlet? —dijo Rebeca.
Pedro sonrió como quien ofrece incienso.
—Cita textual del comité: “El equilibrio emocional del grupo.”
Al parecer, Luis estabiliza.
—Luis no estabiliza, Pedro. Luis sobrevive —corrigió Rebeca.
Luis tomó la tarjeta como un mártir laico.
Como quien recibe una absolución que no pidió.
En su billete: Roma-Fiumicino.
No dijeron nada. Pero todos lo pensaron.
Diana apretó su cuaderno contra el pecho.
Ya se veía frente al Foro, recitando en latín como si las piedras le fueran a contestar.
Rebeca ya olía a Vespa y a helado de pistacho.
Y Luis, que fingía indiferencia, pensaba que esa sería su primera vez fuera de España.
Guardó la servilleta con el mensaje en el bolsillo de la camisa.
Como si fuera un documento oficial. O un mapa para no perderse.
Ya a bordo
Tras un embarque que incluyó a una señora con bolso en forma de gamba y al niño de Despacito cantando en bucle, Rebeca y Diana se miraron como dos exiliadas con doctorado en ironía.
Sabían que acabarían junto al baño, con la dignidad deshidratada.
Una mujer discutía con la auxiliar por intentar subir una caja de calçots como “souvenir emocional”.
—Esto no es clase turista —murmuró Rebeca, cerrando los ojos—. Es un homenaje al cine neorrealista.
Pedro reapareció, más terrenal.
—Toallita refrescante. Mandarina. Sin alcohol —anunció como si ofreciera una tregua.
—¿Tú quién eres? ¿Un auxiliar de vuelo o un emisario del Vaticano? —preguntó Rebeca.
Pedro apenas sonrió.
—Los miércoles interpreto a Adriano Celentano en un musical comunitario. Teatro pequeño. Vistas al mar. Público entusiasta, presupuesto menos.
Diana lo miró como si acabara de salir de una novela aún sin editar.
—¿Y entre función y función… vuelas?
—Todo artista necesita estabilidad laboral —respondió, ofreciéndole la toallita como si fuera un pacto.
—Y yo, vacaciones —dijo Diana, aceptándola como quien firma un poema.
Rebeca resopló.
—Esto es una conspiración con aroma cítrico.
Pedro inclinó la cabeza, casi solemne.
—O una oportunidad narrativa.
Diana apuntó con su boli morado:
Pedro es un dibujo renacentista harto del mármol.
Ahora actúa en verano.
Huele a mandarina, a ropa planchada y a pregunta sin respuesta.
Un niño golpeó el respaldo. Rebeca cerró los ojos:
—Esto no es volar. Es interpretar a Monica Bellucci sin cámara… ni gloria.
Por un segundo, nadie supo si bromeaba…
o si estaba a punto de llorar.
Mientras tanto, en business
Luis observaba su asiento como quien entra por error a una instalación de arte moderno.
No se sentía cómodo. Se sentía infiltrado.
Le ofrecieron frutos secos en un cuenco de cerámica. Prosecco en copa seria.
Tocó el botón del reposapiés: tres posiciones. Sonrió, apenas.
Sobre la bandeja: una servilleta. Letra conocida. Solo decía:
“Ni el cielo te salva del ridículo. —R.”
Luis la leyó dos veces.
La dobló con cuidado y la guardó junto al pasaporte, como se guarda un fósil:
sin entenderlo del todo, pero sabiendo que tiene valor.
—Pero lo decora con lino —murmuró.
Desde la cabina, Pedro lo miraba.
Alisaba otra bandeja como quien afina una partitura.
Las turbulencias más reales no iban por el aire.
Y desapareció entre las filas, dejando solo perfume de mandarina…
y una ausencia cuidadosamente coreografiada.
Epílogo no declarado
Diana garabateó algo en su cuaderno.
Rebeca olía a Vespa.
Luis, por primera vez, pensaba en lo que dejaba atrás.
Aún no habían despegado.
Pero ya estaban viajando.
🎧 Banda sonora emocional del capítulo
Para quienes aún tienen mandarina en los dedos o un asiento junto al baño, esta canción es el epílogo perfecto.
Pedro no la eligió, pero podría haberla tarareado.
Rebeca no la pidió, pero quizá la susurre cuando nadie mire.
Y Diana ya la ha subrayado en su cuaderno invisible.
👉 Escúchala aquí — (video oficial en YouTube) Pedro de Jaxomy x Agatino Romero x Raffaella Carrà.
La canción no me pertenece. Solo la comparto como parte del viaje emocional del capítulo.
Porque a veces, volar no es despegar.
Es dejarse llevar.
✈️🍊
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