VOGLIO VEDERTI DANZARE
La tarde cayó sobre Venezia con una luz eléctrica, como si la ciudad hubiera decidido ponerse guapa para ellos.
Piazza San Marco vibraba en ese modo suyo tan teatral: turistas empapados de lluvia fina, gaviotas opinando desde arriba, estudiantes con gelato en mano, y ese olor a mar que a veces parece dulce y a veces huele a “uy, se me ha mojado el calcetín”.
Radio Ráfaga estaba a punto de hacer su emisión especial.
El premio.
El final del viaje.
O, según Rebeca, “el último desafío técnico antes de que pierda la cabeza en directo”.
Rebeca apareció con un vestido azul oscuro bordado en plata, tan luminoso que parecía tener luz propia.
Luis llevaba traje negro y una máscara gris elegante, discreta y fatalmente favorecedora.
Diana avanzaba con su capa dorada y su cuaderno apretado contra el pecho, cojeando pero digna como una heroína renacentista.
Y Pedro…
Pedro parecía un canapé de boda con ansiedad.
Plumas rojas que explotaban con cada movimiento, máscara minúscula, traje veneciano tan saturado de color que dolía un poco verlo.
Rebeca lo analizó cinco segundos en silencio absoluto.
—Pedro… cariño… pareces un canapé de boda con estrés.
—Es estilo veneciano —respondió él, muy digno.
—Es un atentado visual.
—Pues yo me veo guapísimo.
—Tú te ves guapísimo siempre, y esa es parte del problema —intervino Luis, riendo.
Pedro dio una vuelta como un pavo real mojado.
El técnico levantó la mano:
—Cinque… quattro… tre…
Rebeca tragó saliva.
Luis le apretó la mano un segundo.
Diana enderezó la espalda.
Pedro intentó recolocar una pluma que ya tenía vida independiente.
El directo comienza
—Tre, due, uno… in onda!
Rebeca respiró hondo y habló con una voz más firme de lo que esperaba.
—Buonasera, Venezia. Hoy transmitimos desde Piazza San Marco para cerrar un viaje que empezó como un juego… y nos cambió a todos.
Aplausos, móviles grabando, una gaviota que decidió posar como invitada especial.
Diana sonrió.
Luis asintió con esa cara suya de “bien hecho”.
Pedro saludó como si fuera el embajador de San Remo.
Y entonces…
chasquido. crujido. silencio absoluto.
El micro 3 murió en directo.
—¡NO! ¡Otra vez no! —Rebeca levantó los brazos al cielo como si fuera a pedirle explicaciones a San Marcos en persona.
El técnico corrió.
Apretó cables, sopló, rezó.
Nada.
Rebeca sintió cómo el pecho se le deshacía.
—Mamá —susurró Diana, tocándole el brazo.
Rebeca giró la cabeza.
Tenía los ojos muy abiertos, la voz quebrada.
—No puedo… no puedo perder este momento…
—No lo perderás —dijo Diana con una serenidad nueva—. Estoy aquí.
Luis escuchó esa frase y algo le vibró por dentro, como si Venezia hubiera encendido de golpe todas sus luces sobre ellos.
Rebeca respiró.
Por primera vez en minuto y medio.
Y entonces… Marco.
Una figura cruzó la plaza con máscara dorada, traje perfecto y una energía de “he venido a cambiarlo todo”.
Marco.
Pedro dejó caer una pluma.
—No puede ser…
Luis ahogó una risa.
Diana murmuró:
—Ay, madre.
Marco subió al escenario como quien sube a una escena OBLIGADA por el destino.
Se quitó la máscara.
Agarró a Pedro de la mano.
Y se arrodilló.
Ahí. En medio de la plaza.
Con 150 personas grabando como locas.
—Pedro… ¿quieres casarte conmigo?
La plaza entera hizo un “ohhhhhhh” perfectamente coreografiado.
Pedro lloró.
Rió.
Chilló.
Lloró más.
—¡SÍ! ¡CLARO QUE SÍ! ¡MIL VECES SÍ!
Gritos.
Aplausos.
Un turista alemán llorando.
Una señora italiana santiguándose.
Rebeca lloraba también.
Diana la abrazaba por detrás.
—Ay… —susurró Rebeca—. Yo no estoy preparada para tanto amor en directo.
—Pues acostúmbrate —dijo Diana con una sonrisa—. Porque vienen curvas.
Pero el micro seguía muerto.
El técnico regresó derrotado.
—Niente. Il micro tre non riparte.
Rebeca sintió que el corazón se le desplomaba otra vez.
—¡Pero no puedo hablar! ¡No puedo hacer el directo! ¡No puedo…!
—Mamá —Diana le sujetó los hombros—. Mírame.
Y se miraron.
Ahí.
Madre e hija.
Sin ruido.
Sin armaduras.
Solo verdad.
—Estás conmigo —dijo Diana.
Rebeca tragó lágrimas.
—Sí… estoy contigo.
Luis vio ese gesto.
Y supo que era el momento.
Epílogo musical
“Voglio Vederti Danzare” – Franco Battiato
Cuando todavía hay plumas flotando en el aire y la emoción de la pedida tiembla en el pecho de todos, la versión original de Battiato empieza a deslizarse por la plaza.
No se escucha realmente.
Se siente.
Los violines excéntricos, casi mágicos, envuelven las columnas como una niebla curiosa.
Las máscaras brillan.
El agua refleja luces imposibles.
Una gaviota pasa volando como si formara parte de la coreografía.
Es una música rara, deliciosa, totalmente veneciana:
poética, surreal, divertida sin querer serlo.
Por un instante, Piazza San Marco parece una escena firmada por Fellini.
Todo es excesivo, torpe, hermoso.
Todo encaja en su caos brillante.
Y mientras suena Battiato, es como si la canción susurrara:
“Bailad. Aunque no salga como esperabais. Bailad igual.”
Y ellos, sin darse cuenta, lo hacen.
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