Este capítulo está dedicado a una persona muy especial: positiva, vital, enamorada de Italia y de todo lo que allí late con belleza.
VIVERE A COLORI
La estación de Santa Maria Novella latía como un corazón gigantesco y un poco desbocado. Olor a café recalentado, bollería industrial, anuncios distorsionados de trenes con retraso y un enjambre de maletas rodando como si tuvieran vida propia. Todo vibraba con un caos magnético, casi teatral.
Diana bajó del tren con los ojos tan abiertos que parecía absorber la ciudad entera en un solo parpadeo. Pedro cargaba la maleta con la sonrisa intacta, saludando a cualquiera que se cruzara.
—¿Preparada para el Renacimiento? —le guiñó un ojo.
—Preparadísima —contestó Diana—. Pero si me da un ataque de síndrome de Stendhal, me sujetas.
Pedro rió con ganas.
—Prometido. Y haré fotos para documentarlo.
Unos metros más allá, Marco los esperaba, apoyado en un pilar, con un abrigo oscuro y la mirada tranquila. Tenía la postura de quien ha aprendido a esperar sin inquietud, y cuando los vio acercarse, su expresión se suavizó, apenas.
—Benvenuti —dijo con voz grave y pausada—. Habéis llegado en el tren correcto, al menos.
Pedro le soltó un golpecito en el hombro, expansivo.
—¡Marco! ¿Preparado para lidiar con dos locos?
—Me temo que sí —respondió Marco, con una sonrisa pequeña, casi cómplice—. Florencia está lista para vosotros.
Salieron juntos hacia la calle, donde la luz les acarició la cara como una promesa. Diana se detuvo un instante, respirando hondo, notando el aire cargado de historia.
Marco señaló el horizonte con un gesto sobrio.
—Primero iremos a la iglesia —explicó—. Hay menos gente a esta hora, y… bueno, merece ser vista con calma.
Pedro alzó una ceja.
—¿Siempre tan solemne?
Marco se permitió una sonrisa más amplia.
—Solo con lo que respeto —respondió, y les hizo un gesto para que lo siguieran.
Entraron en Santa Maria Novella y, de inmediato, el aire cambió. Olía a incienso de cedro, denso y suave. Las pisadas quedaban atrapadas por la piedra húmeda, como si el suelo quisiera conservar el eco de cada paso.
Diana sintió que los hombros se le aflojaban. Apoyó la mano en el mármol frío de una columna y un cosquilleo le recorrió la palma. Como si algo, desde muy atrás en el tiempo, le respondiera.
Un guía hablaba con voz monótona, aunque no sin ternura, como quien ya no recita, sino recuerda:
—…y aquí, bajo la nave norte, se descubrió un esqueleto medieval, con un anillo de cobre todavía en el dedo. Nadie sabe su nombre. Nadie conoce su historia completa…
Diana se quedó quieta, apretando el cuaderno contra el pecho.
Una historia dormida, pensó.
Esperando a alguien que la despierte.
Pedro la observó desde un banco cercano. Sonreía, pero con una ternura distinta, casi silenciosa.
—No empieces, arqueóloga catalana —murmuró.
—Pedro, ¿no lo entiendes? —susurró Diana, sin apartar la vista del mármol—. Podría ser yo quien le devuelva su nombre.
Pedro se encogió de hombros, exagerado.
—Podrías. Cobrando mil euros al mes.
Y le revolvió el pelo, con ese gesto entre protector y payaso que solo él sabía hacer.
Marco se había mantenido unos pasos atrás, mirando una capilla lateral. Se acercó sin hacer ruido.
—No es tan raro lo que dices, Diana —dijo en voz baja—. A veces una ciudad necesita ser contada de nuevo, desde otros ojos.
Pedro lo miró, sorprendido.
—Tú sí que estás poético.
Marco alzó una ceja.
—No. Estoy cansado. Y cuando uno está cansado, deja de fingir que nada le importa.
Hubo un pequeño silencio. Uno de esos que no incomodan, sino que invitan a quedarse un poco más.
Diana abrió su cuaderno y garabateó algo en la esquina de una página. Solo una frase:
«Debajo de las piedras hay voces que no han olvidado su idioma.»
Pedro se asomó por encima del hombro.
—¿Eso es tuyo?
—Todavía no lo sé —dijo ella.
Marco asintió, apenas. Y durante un segundo, los tres quedaron unidos por algo que no necesitaba explicación.
Horas más tarde, caminaban sin rumbo por Florencia, buscando un sitio para cenar o un motivo para seguir andando. Rebeca había mandado un audio desde el apartamento, en tono de falsa alarma:
“Luis acaba de hacer pasta sin mirar la receta. Peligro real.”
Fue entonces cuando lo vieron: un cartel manuscrito en la vitrina de una librería, sujeto con celo y esperanza.
“San Cataldo – Jornada de Puertas Abiertas – Departamento de Arqueología
HOY, 11:00 – Entrada libre – Estudiantes internacionales bienvenidos.”
Diana se detuvo, con los ojos brillando.
—¿Veis esto?
Pedro asintió, solemne.
—Claramente una señal cósmica.
—San Cataldo… eso suena a edificio universitario, ¿no? ¿Una sede? ¿Una facultad?
Marco leyó el cartel sin especial entusiasmo.
—Podría ser. ¿Dónde?
—¡Pisa! Tiene toda la pinta de estar en Pisa.
Diana sacó el móvil sin esperar réplica.
—Hay tren en veinte minutos.
Pedro ya corría.
—Cambio de planes. ¡Cambio de tren! ¡Cambio de vida académica!
Marco se quedó un segundo atrás, indeciso.
—Esto es una locura.
—La vida también —dijo Pedro, sin girarse.
A las 10:58 estaban frente a la torre de Pisa. Inclinada, blanca, perfecta.
También completamente irrelevante.
Diana revisaba la web en el móvil.
—Pone “Polo Universitario di San Cataldo”.
Marco se acercó, leyó por encima de su hombro… y frunció el ceño.
—Eso está en Sicilia. Provincia de Caltanissetta.
Pedro se giró.
—¿Cómo que Sicilia?
—Sicilia Sicilia.
—¿Y no puede haber… una sucursal? ¿Un San Cataldo satélite?
Diana se encogió de hombros.
—Pero el cartel estaba en Florencia. ¡Florencia! Eso debería tener algún tipo de control de calidad poética.
Pedro ya estaba sentado en un banco.
—Nos hemos equivocado de isla. Y de jornada.
Marco volvió con tres helados, sin mediar palabra.
—La belleza también se equivoca de tren —dijo, al entregarlos.
Pedro hizo una foto. La torre torcida. Los tres en fila. El helado empezando a derretirse.
Diana escribió debajo:
“Estudio de campo en la cultura del error.”
Y, por una vez, nadie intentó corregirla.
Después de todo, vivir a colores también incluía equivocarse a lo grande.
Epílogo musical del capítulo
“Vivere a colori” – Alessandra Amoroso
Una canción que no pide certezas, solo coraje.
Habla de saltar sin mapa, de dejar atrás el gris,
de sentir a lo grande… aunque no todo encaje.
Porque a veces vivir a colores también es equivocarse de tren.
Escúchala aquí, en el canal oficial de YouTube:
Nota: La canción “Vivere a colori” es una obra original de Alessandra Amoroso. Su mención y enlace se realizan con fines narrativos y culturales, sin ánimo de lucro. Todos los derechos pertenecen a su autora y sello discográfico.
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4 ideas sobre “BILLETES DE IDA (Y LO QUE VENGA) – CAPÍTULO 6”
Buen relato con ese encanto que te atrapa con ganas de seguir leyendo enorabuena.
Muchas gracias🥰
Muy bueno María, ya teníamos ganas de Viaje. Enhorabuena.
Yo también 😜 muchas gracias 🥰