Hay momentos en la vida que te nombran antes de que tú decidas cómo llamarte. El mío ocurrió en noviembre, subiendo hacia O Cebreiro. Quienes han hecho el Camino saben que esa subida es una conversación a solas con tus pulmones. Aquel día, el mundo se había borrado. No había montañas, ni castaños, ni horizonte; solo una niebla espesa que parecía querer tragarse mis pasos. Caminaba en un vacío blanco, convencida de que esa soledad era mi única armadura. Subía sola. O eso era lo que yo creía. Entonces, un quiebro. La niebla se rompió. Justo cuando vislumbraba las primeras piedras rústicas y ese tejado cónico de paja y escarcha, la nieve empezó a caer. Y allí, recortados contra el blanco, estaban ellos. Mi familia. En ese instante, el frío dejó de doler. No se puede explicar con lógica lo que se siente al encontrar a los tuyos en el lugar más inhóspito, justo cuando creías que solo te tenías a ti misma. En aquel abrazo bajo los copos, entendí la gran mentira de mi autosuficiencia: yo había movido mis piernas, pero ellos habían sostenido mi meta. Llegué sola, pero no estaba sola. La nieve no fue un muro, fue […]
#Escritora
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